La luz de Perucho

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Por Yelandi Milanés Guardia | 17 agosto, 2019 |
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Monumento erigido en la plaza de la Revolución de Bayamo a Perucho Figueredo FOTO/ Rafael Martínez Arias

Cuantos hombres en su vida han luchado incesantemente por inscribir su nombre en la eternidad, logrando apenas nada. Sin embargo, hay otros que investidos de humildad y amor a sus semejantes, han cincelado su nombre con trazos de inmortalidad.

Entre estos últimos se encuentra Pedro Figueredo Cisneros (Perucho), quien jamás imaginó que su marcha guerrera convertiría su figura en una imagen imperecedera, pues su intención solo era complacer a los eufóricos bayameses con la letra de un himno, que tras la emancipación de la ciudad, lo pedían a gritos para cantarlo a viva voz y con el pecho insuflado de libertad.

Su accionar revolucionario y patriótico fueron sin dudas excepcionales, pero su composición musical evidentemente eclipsó otras facetas y méritos de este ilustre hijo de la Ciudad Antorcha.

Quizás algunos desconozcan que por sus dotes artísticas y literarias cuando fue a estudiar a La Habana lo apodaban «El Gallito Bayamés», o que su nombre figuraba en una lista de sospechosos por infidelidad al gobierno colonial, porque su casa era el centro principal de la conspiración iniciada para destronar a España.

Al formarse el gobierno provisional revolucionario lo nombraron jefe del Estado Mayor y, en Guáimaro, fue designado subsecretario de la Guerra del Gobierno de la República en Armas con grado de Mayor General. También se desempeñó como jefe de despacho del presidente Carlos Manuel de Céspedes.

Afortunadamente en su prole encontró seguidores, como es el caso de su hija Canducha Figueredo, designada como abanderada de su tropa.

Cayó prisionero el 12 de agosto de 1870 y cinco días después lo despertaron los españoles para que caminara al lugar de la ejecución.

Perucho protestó, porque muy enfermo, débil y con llagas no podía caminar, y pidió algún sostén. Los captores se burlaron diciendo que con gusto ofrecerían al independentista un asno, a lo cual aceptó diciendo: “No será el primer redentor que cabalga sobre un asno”.

Sin embargo, lo que no pudieron los hispanos fue evitar que a partir de entonces brillara con esa luz intensa que solo emana de los seres singulares, pues al decir de Martí: “Cuando un hombre grandioso desaparece de la tierra, deja tras de sí claridad pura”.

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