Una mujer que enamora

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Por Osviel Castro Medel | 11 enero, 2020 |
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FOTO/ Tomada de Cubadebate

La noticia golpeó a un país entero: a las 11:50 de la mañana de aquel plomizo viernes, 11 de enero, Celia Esther de los Desamparados Sánchez Manduley, había dejado de respirar.

Subieron, enseguida, nudos a múltiples gargantas, y hubo manos tapándose la cara de dolor ante la mala nueva, y hubo lágrimas de pueblo en pueblo por la partida de una mujer que estaba a cuatro meses de cumplir 60 años.

Si una nación completa quedó tan abatida por el suceso fue porque esa criatura incansable, que siempre tenía tiempo para los detalles y ocuparse de lo grande o lo pequeño, vivía incrustada en el corazón de Cuba, en las líneas de las manos de los campesinos, en los humildes que solían escribirle cuando surgían problemas o hasta simples dudas, en los secretos más grandes del Estado.

Si hubo tantas reacciones espontáneas de amor, en campos, en ciudades, fue porque ya se había convertido en mito, un mito terrenal, amante de las mariposas y los caracoles, del mar y los helechos, incapaz de mirar por encima del hombro a un semejante; que no temía a nada, excepto a los ratones, y se atrevía a cruzar líneas vedadas desde los tiempos en que en su Media Luna natal se deleitaba con bromas tremendas -como la de pintar un caballo y asustarlo- u ocurrencias únicas, como acostar a una niña de meses en una tabla de planchar.

Supo hacer, en toda época, lo increíble: cuando junto a su padre y varios alumnos habaneros, en el Año del Centenario del Apóstol, subió el rostro de Martí al Turquino; cuando ayudó a salvar a los dispersos de un naufragio guerrillero en un diciembre duro; cuando se “disfrazó” de embarazada para poder cumplir un encargo clandestino; cuando para burlarse de una persecución feroz tuvo que meterse en un tupido marabuzal, donde se llenó de espinas la cabeza; cuando subió otra a vez la Sierra Maestra para ser la primera guerrillera en el Ejército Rebelde.

Hoy, 40 años después de aquel estremecimiento popular, ella, la que fue “luz para Fidel”, diputada de la sencillez y la ternura, viene a recordarnos que sigue habitando en los paisajes, en los ojos de su padre amado, que continúa siendo madrina de los necesitados y referencia de nuestros empeños y gestas. Viene asida a la historia y al trabajo, poniendo  la cabecera de su cama la modestia, hecha Flor y gaviota, repitiendo a su paso un nombre que enamora: Celia.

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  1. Como todo niño nacido al triunfo de la revolución crecí escuchando a los mayores hablar de los hombres y mujeres combatientes de la Sierra Maestra, aquí en Manzanillo las anécdotas e historias sobre la venerada Celia Sánchez era realmente muy frecuente, no solo de su vida como combatiente sino también de su ayuda a los que menos tenían, a los hijos y familiares de los combatientes caídos durante la lucha contra la tiranía, luego vinieron los libros y las clases de historia donde hablar de la lucha guerrillera sin mencionar a Celia resultaba imposible|||| Sus manos, su pensamiento y su corazón están presente en no pocas obras constructiva realizadas por la Revolución el Palacio de Convenciones, el Coopelia, el Parque Lenin, las plantaciones de árboles en alrededores del Palacio de la Revolución, en el cubanísimo toque que le imprimió a la decoración del Salón de Ceremonia del Palacio de la Revolución donde se unen helechos y almacigo. Haciendo honor su nombre Celia de los desamparados ayudó a miles de personas quienes nunca vacilaron en acudir a ella y ella nunca lo defraudó.\\\ Recuerdo muy bien que en la Habana el 11 de enero de 1980 el día había amanecido como un típico día de invierno, un cielo plomizo y algunas nubes grises. Al llegar el medio día la terrible noticia de la muerte de Celia con el dolor de todo el pueblo, la inmensa fila de personas para rendir tributo a la Heroína de la Sierra y del Llano, aquellas interminable fila que se mantuvo durante todo el tiempo que sus restos estuvieron expuestos en el Memorial a José Martí, ese Martí que tanto amó, el frío no pudo detener el homenaje que en prueba de gratitud y amor infinito, desde toda la geografía cubana los agradecidos le fueron a rendir, no fueron pocos los que llegaron allí en silla de ruedas, con bastón o con muleta para rendirle homenaje. El dolor por la pérdida era generalizado. Ni los más fuertes podían evitar una lágrima, presente en mi mente se mantiene el momento en que en una de las varias veces que Fidel llegó allí, al pasar a mi lado con sumo dolor y desconsuelo con voz quebrada expresó “HA MUERTO UNA MADRE”, luego junto a Pepín Naranjo se traslado a la parte posterior del Memorial, donde este tal vez para consolarlo le colocó su brazo en los hombros, sus escolta se limitaron a hacer un circulo al alrededor de ello, sin interrumpirlo. Esas palabras de Fidel sin lugar a dudas simbolizaban el amor que los cubanos agradecidos sentíamos por Celia. Luego ese mismo amor le podido sentirlo conversando con los campesinos de la Sierra. Su ejemplo de sencillez, modestia, amor, honestidad, fidelidad y sinceridad debe ser el norte de todo cubano. Saludos Osvaldo.