-¡Cangrejito con guayaba! ¡Ricos que están los cangrejitos con guayaba! -pregonaba, desde su bicicleta, aquel simpático vendedor de dulces, que alborotaba a los chicos del barrio y a los grandes también.
La escena se multiplicaba cada tarde en determinados puntos de espera, como en aquellos tiempos en que circulaban los ómnibus urbanos.
-¡Cangrejito con guayaba! ¡Ricos que están los cangrejitos con guayaba…! Aquel ritual vespertino nos preparaba para el abordaje, hasta que la advertencia del vendedor cambió el matiz folclórico del asunto:
-A partir de mañana, los cangrejitos cuestan seis pesos y no tres como hasta ahora.
-¿Y eso por qué? -indagamos.
-La harina se ha puesto difícil- Y enfiló con su pregón hacia la plazoleta que conduce al río.
Aquella propuesta generó disímiles comentarios y, como la orden estaba dada, no hubo más alternativa que aceptarla. El nuevo precio no era tan abusivo como otros que circulaban en el mercado.
Llegó la fecha pero… a lo lejos la voz familiar del vendedor anunciaba un producto diferente.
-Veneno para cucarachas y un cuento adicional. ¡Arriba!, ¡arriba!, todos los bichos mueren…Veneno para cucarachas y un cuento adicional.
En pocos minutos, detuvo su bici en uno de los acostumbrados puntos y la respuesta ante el cambio no se hizo esperar.
-La harina no llegó a tiempo -aseguró. Echó hacia atrás el sombrero de yarey y con melodiosa voz volvió a la carga:
-¿Vas a llevar algo?
-No, respondí.
¿Tienes nieta?
-Tampoco.
El viejo vendedor multipropósito me miró con picardía y dijo:
-Mira, como eres cliente fijo te regalo un veneno para cucarachas.
-¿Y el cuento adicional?
-Va incluido en la oferta -dijo extendiéndome un pequeño sobre de papel con el insecticida en polvo:
-Prepárate que ahora viene el cuentecito -afirmó- resulta que Aliuska, mi nieta, siempre espera mi regreso para preguntarme sobre cualquier tema:
-Abue… ¿Cómo nací yo?- inquirió con la marcada inocencia de sus años.
-Mira, mi amor, un día corté la flor más hermosa del jardín, la metí en una cajita de cartón, luego en el armario y esperé nueve meses. Al abrirla estabas tú.
Y como en sus juegos quería tener un bebé, fue al jardín, cortó una flor, la colocó en la caja de cartón donde trasladaba los cangrejitos con guayaba y cuidadosamente la resguardó en el armario.
Cumplidos los nueve meses, se acercó en puntica de pie al closet. Muy despacio corrió la puerta para no despertar al bebé, destapó la caja, y de ella salió disparada una cucarachita.
Mi nieta, alarmada, se quitó uno de sus zapaticos y la persiguió hasta tenerla cerca. La miró con tristeza y dijo en voz baja:
-Si no fueras mi hija, juro por mi abuelo, y por sus cangrejitos con guayaba que te aplastaría.