La esperanza que llegó con la luz del Sol

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Por Frank Fonseca Espinosa | 2 marzo, 2026 |
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FOTO/ Frank Fonseca Espinosa

Una habitación del hogar de Clara Kenia Garcés Pascual se ha adaptado como una sala de hospital para el cuidado especial de la menor Dashly García Garcés, de siete años de edad. Su diagnóstico clínico: encefalopatía hipóxico-isquémica, en estado neurovegetativo con atrofia muscular, amerita que la niña esté conectada 24 horas al día a un ventilador pulmonar mecánico, alimentado con electricidad que le permite mantenerse con vida.

Los momentos más difíciles para esta familia eran cuando el servicio eléctrico fallaba y se producía un apagón, nos cuenta su abuela, que por siete años ha cuidado de su nieta con la devoción de una madre desde el trágico accidente que le provocó tan lamentable estado de salud. Por ende, uno de los momentos más tranquilizadores de Kenia Garcés fue la sorpresa de ver llegar a los trabajadores de la brigada de la Filial Territorial de Copextel en la provincia de Granma con los sistemas fotovoltaicos autónomos de 1200 W.

“Yo había escuchado que iban a priorizar algunos casos con estos sistemas, pero la verdad no me lo esperaba. Me tomaron de sorpresa un día, me llamaron y me dio tremenda alegría”, confiesa Clara, aún con el asombro en la mirada.

El vértigo de la incertidumbre

Antes de que aquellos paneles llegaran a su vida, cada nube en el cielo podía significar una carrera contra el tiempo. El matrimonio vivía en vilo, pendientes de las dos rayitas, los dos puntitos de carga que indicaban cuánta energía quedaba para mantener con vida a Dashly.

“Mi esposo es nervioso. Cuando ya veía el panel que tenía dos rayitas, dos puntitos nada más, él ya estaba nervioso. Y a veces tenías que llamar al SIUM y reportar al hospital”, recuerda Clara.

La peor experiencia la vivieron durante el paso del último ciclón. El cielo encapotado, la llovizna pertinaz y esa angustia de saber que los paneles no se cargaban lo suficiente. “Yo me confié, no me fui para el hospital. Me quedé con un punto de carga. Al otro día, en la madrugada, ya habían cortado el sistema eléctrico, no había cómo llamar al SIUM. Eso fue tremendo. ¿Qué hago? Qué desespero. Desesperante”, relata con la voz aún quebrada por el recuerdo.

Fueron los vecinos, esa red de solidaridad que sostiene a muchos cubanos en la adversidad, quienes la auxiliaron. Uno de ellos la llevo hasta casa de su hermana en Ciro Redondo y le prestó un ecoflow.

 El oxígeno de la tranquilidad

Hoy, Clara muestra los dos paneles instalados como quien exhibe un tesoro. El primero, con sus dos baterías, y el más reciente, que vino a completar la seguridad energética del hogar. “Ya ahora, imagínese usted, ya está muy tranquilo. Yo sé que ya tengo suficiente energía para abastecer el equipo de la niña”, dice con un suspiro de alivio.

El sistema es sencillo pero vital: los paneles alimentan exclusivamente el ventilador mecánico, la aspiradora para las secreciones, el colchón anti escaras y, cuando el calor aprieta, un ventilador para confort de la pequeña. Nada más. “Eso aquí en la casa no se utiliza en nada más”, aclara Clara, consciente de que cada watt está destinado a mantener un latido.

“Fíjese que ya yo digo: con esto es el bálsamo que faltaba. Porque si se descarga este, puedo utilizar el otro. Pues ya tengo el otro en reserva”, explica mientras señala los equipos.

Tres años en un sillón

Detrás de la tranquilidad actual hay una historia de sacrificio que Clara narra con la entereza de quien ha aprendido a vivir con el dolor. Dashly no es su hija, es su nieta. La madre de la niña está fuera del país, y desde el accidente —una caída en una cisterna cuando apenas tenía un año y medio—, Clara asumió el cuidado.

“Llevábamos tres años viviendo en el hospital hasta que el gobierno nos acondicionó la casa con todo lo necesario para poder traerla para la casa y descansar. Porque imagínese, vivimos tres años en un hospital, en un sillón allí. Eso no fue fácil”, rememora.

Ahora su hogar es una extensión de la terapia intensiva. Un cubículo adaptado con el rigor de una sala hospitalaria, donde cada elemento tiene una función precisa para mantener con vida a Dashly. “Es una extensión, puede decirse, de la terapia”, asiente Clara, agradecida.

 El amor que desafía la ciencia

Aunque los médicos aseguran que su nieta no puede percibir el mundo que la rodea, Clara sostiene una verdad más profunda, tejida en la intimidad del cuidado diario.

“El diagnóstico médico, ellos dicen que no. Pero yo sí siento que ella me conoce. Yo la cargo y yo siento que ella… el equipo está tranquila. Usted llega: ‘Mamá, estoy aquí, te voy a dar la papita’, y ella es como que hace un suspiro, el equipo suena. Aunque los médicos digan que no, por mi parte yo sí siento que ella sabe que yo estoy ahí con ella”.

Y en ese diálogo silencioso, Clara encuentra la fuerza para continuar. Cuando la rigidez de la atrofia muscular tensa el cuerpo de la niña, la abuela le habla: “Mamá, afloja la articulación, mamita. Afloja, ponte suavecita”. Y entonces, asegura, la pequeña responde.

“Eso me da más fuerza, saber que ella me escucha”, dice Clara, y en sus ojos se refleja esa certeza que ninguna tomografía puede desmentir.

 Un agradecimiento que abraza

Sentada junto al equipo que ahora garantiza el sueño tranquilo de su nieta, Clara no olvida agradecer. A Dios primero, luego al gobierno, a las instituciones, a los vecinos, a esos trabajadores de Copextel y la Empresa Eléctrica de Granma que un día tocaron su puerta con la esperanza hecha panel solar.

“Estoy muy agradecida de tener mi niña aquí, no tener esa mortificación, ese suspenso de si me voy o no me voy. Muy agradecida estoy, y muy tranquila”, repite como una letanía que celebra la vida.

Afuera, el sol cubano sigue su curso, indiferente a las tragedias y alegrías que ilumina. Pero dentro de esta casa, en ese cuarto convertido en terapia, cada rayo que se transforma en electricidad es un latido más, un suspiro más, una noche más de tranquilidad para Clara y su nieta.

La esperanza, definitivamente, llegó con la luz del sol.

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