
Tubal Páez camina por estos espacios en los que trabajó durante 20 años como si hiciera realidad, otra vez, esos fragmentos de la memoria. Basta verle los ojos, con ese brillo inherente a la nostalgia. Señala con el dedo y cuenta cómo eran las cosas antes: la redacción abarrotada de periodistas, niños correteando por todas partes, las visitas de Fidel y el ruido constante de las rotativas.
«¿Por qué será que uno a veces recuerda las voces de la gente y no los rostros?», dice mientras se detiene en cada una de las fotografías que evidencian su paso por Granma –ese lugar que fue casi como su hogar–, preservadas en el Centro de Documentación y Archivo del periódico.
Sin embargo, es ágil para recordar nombres y contar anécdotas, enriquecidas con los testimonios de los colegas de aquella época, que aún engrosan las filas del rotativo y le guardan un enorme respeto. Imposible saber cuántas horas de su vida habrá dedicado a este sitio, que conocía tan al detalle «que podía caminar a oscuras, sin peligro de tropezar con nada».
La memoria puede ser traicionera y quizá guarde sentimientos encontrados al comprobar que el rotativo, como tantos otros lugares, no ha escapado a los cambios que imponen los años. Sin embargo, el sentimiento no cambia:
«Es el mismo Granma que conocí. Cuando leo el periódico, compruebo que está a la altura de cuando yo trabajaba aquí. Quizá no sienta el olor de la tinta o la emanación del plomo, que eran parte del antiguo sistema de impresión, pero me noto con la frescura de lo nuevo, de la edad que tenía cuando ingresé».
Lo hizo en 1966, apenas unos meses después de haberse inaugurado el rotativo, el 3 de octubre de 1965. Sus primeros trabajos –no los olvida– fueron una serie de caricaturas con motivo de los x Juegos Centroamericanos y del Caribe, en 1966. La firma es muy pequeña, casi no se distingue, pero no olvidaría esos trazos jamás, y se conmueve ante aquellos primerizos trabajos de un recién llegado.
Pero ese joven nacido en Jaruco en 1940 había defendido a Cuba mucho antes de soñar con ser periodista. En sus raíces familiares, y en sus padres de ideas liberales encontró la inspiración para luchar en la clandestinidad contra las fuerzas de Fulgencio Batista, ni siquiera rebasaba la mayoría de edad.
Su primera acción –dice– fue participar en una colecta para costear los pasajes de dos expedicionarios del yate Granma: Tomás David Royo Valdés y Noelio Capote Figueroa. «Ellos fueron para mí una inspiración». Otros hechos, como la huelga del 9 de abril de 1958, tampoco le fueron ajenos; y no pocas veces sufrió encarcelamientos y torturas.
«Me gustaba mucho leer las ilustraciones de los periódicos, en los suplementos de historietas» (¿allí se encuentra la semilla de su pasión periodística?). También fue asiduo a textos como El presidio político en Cuba, del Apóstol, su primera lectura política: «Martí te llega profundo y te revuelve la vida, porque tiene una manera muy particular de describir a los personajes durante su estancia en prisión».
Luego del triunfo de la Revolución, fue elegido para la dirección del Movimiento 26 de Julio y cumplió altas responsabilidades en su natal municipio. En La Habana, participó en las estructuraciones del Partido Comunista de Cuba –del cual se le considera fundador– y fue seleccionado para estudiar en la escuela Ñico López.
El azar es misterioso, y cierto día Isidoro Malmierca, director fundador de Granma, en una de sus visitas a la escuela, le propuso, junto a otros compañeros, estudiar en las mañanas y trabajar en las tardes en el Órgano Oficial del Partido.
Maestros como Martha Rojas, Juan Marrero, Elio Constantín, Cardosa Arias y Gaspar Jorge García Galló formaron a ese joven que, desde 1966 hasta la década de los ochenta, ocupó los cargos de diseñador y redactor, jefe de la página ideológica, jefe de redacción y de información, y, finalmente, primer subdirector durante casi 12 años.
En esas noches de todo podía pasar, revisiones a última hora, erratas y sustos de todo tipo: «Vivía cerca del periódico; si las rotativas paraban, yo sentía el ruido. ¡Eso era que se habían encontrado con un error! Mi mujer decía que se había casado con uno de China, porque vivíamos en horarios diferentes».
Atesora momentos de gran júbilo, como las tiradas de un millón de ejemplares, y esas ocasiones en que Fidel trasladaba al periódico el centro de situaciones complejas para el país. De ahí surgió la costumbre de que dirigentes como Manuel Piñeiro, Celia Sánchez y Raúl Castro visitaran el rotativo, y él pudiera escuchar sus experiencias.
Cuando lo trasladan a Bohemia, en 1987, añoró entonces las bondades del diarismo. Allí debía preparar hasta cuatro números a la vez, y estar pendiente de las portadas, los reportajes y de que todo, con tanta antelación, se cumpliera. La estancia fue breve: lo designaron director de El Habanero en 1988, predecesor de los semanarios de Artemisa y Mayabeque, que recuerda como «un periódico pequeño, pero de gran influencia, y muy seguido por Fidel».
Otros 20 años estuvo al frente de la Unión de Periodistas de Cuba, en los que recorrió cada esquina del país y, al mismo tiempo, se volcó por completo al Parlamento cubano, donde luego asumió la Dirección de Comunicación con responsabilidades en diversas organizaciones.
Tras una vida de tantos empeños, sigue «prendido de las noticias; no puedo dormir si no me informo, si no estoy al tanto de lo que está pasando en el mundo». Y reflexiona que lo más valioso de nuestra realidad está en las experiencias más duras, que pueden ser aprovechadas para estar más cerca de la gente y hablar el lenguaje cotidiano.
Para el futuro no tiene deseos ambiciosos: «ser recordado como un buen cubano, una buena persona y un buen vecino». Habrá que recordarlo, también, como un indispensable del periodismo cubano y por esa temprana vocación de servicio que lo llevó, siendo un muchacho, a juntar dinero para que dos expedicionarios pudieran embarcarse hacia la libertad.
