José Martí, Máximo Gómez, Antonio Maceo y otros próceres de la historia de Cuba, desarrollaron faenas meritorias y tenaces en la lucha por conquistar la verdadera emancipación de la Patria. Tuvieron infortunios, obstáculos y reveses, pero no cejaron en sus firmezas, no se amilanaron, un ejemplo inspirador para las actuales y futuras generaciones de cubanos.
De los empeños y sueños que fraguaron juntos Martí y Gómez sobresale la firma del Manifiesto de Montecristi, el 25 de marzo de 1895, un documento oficial del Partido Revolucionario Cubano (PRC), que expone las ideas elaboradas básicamente por El Maestro y que, a su vez, manifestaba el sentir del Generalísimo, Antonio Maceo y otros dirigentes, para organizar la guerra de independencia reiniciada ese año.
En aras de evitar inconvenientes de división y caudillismo comunes en las dos contiendas precedentes, que coadyuvaron al fracaso de las ansias independentistas, por primera vez en la historia de Cuba se dirigían las fuerzas revolucionarias mediante la concertación de una organización superior, el PRC, que unificó el liderazgo de los líderes veteranos en unión de los Pinos Nuevos.
Iniciadas las hostilidades contra el poder colonial español, el 24 de febrero de 1895, en aquel manifiesto se mostraban las causas por las que se lanzaban a la lucha, se hacía un llamamiento al levantamiento en armas de la población contra el gobierno español, imperante en el país durante más de tres siglos, y se puntualizaba el programa del movimiento revolucionario cubano.
Ambos líderes, una vez en Cuba, adonde llegaron luego de pasar por varias dificultades desembarcaron el 11 de abril por Playitas de Cajobabo, en Guantánamo, se convirtieron desde el 6 de mayo en las más altas autoridades de la revolución: José Martí como jefe supremo de la contienda y Máximo Gómez como general en jefe de las fuerzas independentistas.
Porque, según afirman especialistas, el Manifiesto de Montecristi tampoco resultó un ejercicio teórico de pensadores lejos de la acción del campo de batalla.
El documento era abarcador, pues igualmente se plasmaban las ideas esenciales del nacionalismo defendido por el Apóstol: la denuncia del mantenimiento del orden colonial, el sentimiento antiimperialista, la reivindicación de la sangre vertida en la Guerra de los Diez Años, la demanda a la voluntad nacional y la mentalidad abierta hacia los elementos étnicos y culturales en favor del mestizaje.
Además, tendía la mano a los españoles en Cuba, al dirigirse a ellos en los siguientes términos: “Los cubanos empezamos la guerra, y los cubanos y los españoles la terminaremos. No nos maltraten, y no se les maltratará. Respeten, y se les respetará. Al acero responda el acero, y la amistad a la amistad”.
En el ámbito internacional de finales del siglo XIX pocos proyectos proclamaron con tanta luminosidad como el Manifiesto de Montecristi los principios para comenzar una insurrección, que solo sería “terminable por la victoria o el sepulcro” y conducida por próceres sin odio.
“Cuba vuelve a la guerra con un pueblo democrático y culto, conocedor celoso de su derecho y del ajeno; o de cultura mucho mayor, en lo más humilde de él, que las masas llaneras o indias con que, a la voz de los héroes primados de la emancipación, se mudaron de hatos en naciones las silenciosas colonias de América.”, expresaba en una parte.
Martí estudió y conoció de primera mano en sus viajes por Nuestra América el lastre del caudillismo, las tiranías y las guerras civiles en que no pocas veces terminaron las repúblicas hermanas, germinadas de las revoluciones en el primer cuarto de siglo, por eso en su proyecto emancipador no dejó de anunciar sus peligros y la manera de evitarlos.
Ese ideal antiimperialista del Apóstol, esbozado en Montecristi, poco después, notoriamente completado y expresado en carta a su amigo Manuel Mercado, horas antes de caer en combate, el 19 de mayo de 1895, suceso que dejaría inconcluso su legado para edificar una Cuba realmente independiente.
Desde entonces aquellos principios de rechazo al imperio, recogidos someramente en el Manifiesto, se incluyeron y profundizaron en su memorable misiva en la que confiesa que toda su obra y lo que hará es para impedir la extensión a Latinoamérica del “norte revuelto y brutal que nos desprecia”. Un legado de plena vigencia.
El optimismo, la intransigencia de principios y la firme confianza en la capacidad de los cubanos para cumplir su destino histórico, no podían faltar en tan significativo documento, que a 131 años sigue convocando al continente y, especialmente, a los hijos e hijas de Cuba a la unidad y a la batalla por preservar su independencia y soberanía.
