
José Fornaris y Luque, quizás sea el poeta cubano más prolífero de su tiempo. Sin dudas, alcanzó un puesto distinguido en la creatividad poética y ha quedado como uno de los grandes escritores del siglo XIX.
Los críticos contemperaos, como el bayamés Juan Clemente Zenea y el habanero Manuel de la Cruz destacaron su condición de versificador espontáneo y fácil, con versos inspirados, fluentes y correctos. Sin embargo, ambos no le perdonaron que a causa de la premura afloraran otros versos con el carácter impersonal de la vulgaridad y la puerilidad, de la que no supo despojarse a tiempo.
En particular, De la Cruz, acuñó dos términos en la crítica a la producción de Fornaris: “su mal gusto” y una “notoria inferioridad mental”, con respecto a otros líricos contemporáneos, los cuales sentaron las bases para el ejercicio crítico de la literatura en general. La reacción al “mal gusto” se impuso con la fundación de la Revista Habanera de Zenea en 1863.
No obstante, el propio crítico reconocía la influencia literaria de Fornaris en otros bardos de su tiempo como Juan Cristóbal Nápoles Fajardo (El Cucalambé) Alfredo Torroella y Ramón Vélez. Es decir, el autor de Cantos del Siboney, a pesar de algunas imperfecciones poéticas, alzaba su cetro de maestro.
NACIMIENTO Y PRIMEROS PASOS LITERARIOS
El poeta, abogado, periodista y profesor José Fornaris nació el 18 de marzo de 1827, hace 199 años, en la villa de San Salvador de Bayamo. Era hijo del abogado y regidor del Cabildo de Bayamo don José Bueno de Jesús Fornaris, un destacado abogado liberal e independentista, fallecido en agosto de 1831.
A los ocho años se trasladó a la ciudad de Santiago de Cuba para cursar estudios en el seminario conciliar San Basilio El Magno. En 1840 ingresó en el colegio de San Fernando, en La Habana. Entre sus profesores tuvo a Nicolás Garrido y José Antonio Echevarría, que le animaron por el camino de las letras.
Luego, en septiembre de 1841, pasó a la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, donde en marzo de 1844 obtuvo el título de bachiller en Leyes.
De regreso a Bayamo, tomó posesión del cargo de regidor del ayuntamiento, que le había tocado por herencia de su padre.
En junio de 1848, regresó a La Habana para matricular la carretera de Derecho en la Universidad de La Habana. Al tiempo que se ejercitaba en el dominio de la jurisprudencia, enviaba sus trabajos poéticos y algunos relatos a varias revistas de La Habana, entre ellas, La Abeja, dirigida por José Antonio Cortés.
En marzo de 1850 apareció en La Habana su primera colección de poemas, con el título Poesías de José Fornaris, con prólogo de Eduardo Lebredo. El periódico habanero La Prensa, comenzó a publicar, desde comienzos de 1851, sus poemas y ensayos literarios.
A petición de su pariente Francisco del Castillo Moreno compuso junto a Carlos Manuel de Céspedes la preciosa canción La Bayamesa, cantada el 27 de marzo de 1851 en la ventana de la joven María de la Luz Vázquez y Moreno, una pieza excepcional del cancionero cubano.
EL CONSPIRADOR
Participó en la conspiración de 1851, junto a su familiar Carlos Manuel de Céspedes. Enseguida, se hizo sospechoso, conjuntamente con otros bayameses, de tomar parte en una conjura contra España. Las autoridades coloniales le vigilaban estrechamente, por cuanto en las paredes y muros de la ciudad aparecían sarcásticos epigramas condenando el despotismo hispano.
El teniente gobernador de Bayamo, coronel Toribio Gómez-Rojos, pensando que era obra de los poetas invitó a un festejo real a Céspedes, Fornaris y Francisco del Castillo, el 12 de febrero de 1852. Durante el convite fueron combinados a improvisar. Los versos de Fornaris retrataron las circunstancias del momento, suavizando el caldeado ambiente existente. Sin embargo, los versos de sus compañeros fueron explosivos, condenando al régimen colonial y señalando el derecho de Cuba a ser libre y soberana.
Por esa razón, fueron detenidos y encerrados en la cárcel de Bayamo. Al otro día, los lanceros los condujeron a Santiago de Cuba, siendo llevados directamente para el castillo del Morro.
El 21 de febrero, los entrevistó el gobernador de Oriente, brigadier Joaquín del Manzano, los entrevistó interesado en conocer en detalles los motivos de la prisión. Ese mismo día, los condenó a 40 días de destierro a la aldea de Palma Soriano, siendo puestos en manos del capitán pedáneo de esa localidad, el teniente de infantería Isidro Prieto.
Suspendido el destierro, el 1 de marzo, regresaron a Bayamo. Entonces Fornaris pudo viajar a La Habana, con el objetivo de defender su título de abogado. El examen lo realizó en julio, obteniendo las máximas calificaciones.
De regreso a Oriente, estuvo en la ciudad de Puerto Príncipe, en cuya Audiencia Territorial revalidó el título de Licenciado en Derecho Civil ante sus magistrados y realizó el juramento de rigor.
Su bufete en Bayamo fue muy concurrido, tomando parte en pleitos y juicios, los que los proyectaron como un abogado de mucho talento.
Pero de nuevo, Fornaris fue implicado en los hechos de desafección a la Corona ocurridos en Bayamo. En noviembre de 1853 apareció acuchillado un retrato de la reina Isabel II de Borbón, situado en el salón principal de la Sociedad Filarmónica, durante el desarrollo de un baile.
Muchos de los asistentes fueron interrogados entre ellos Fornaris, quien se mantuvo en la institución hasta altas horas de la noche. El Gobierno Español lo consideró el principal sospechoso y ordenó su destierro a México. Sin embargo, ya en La Habana, el capitán general le conmutó la pena por su permanencia en la capital.
EL POETA Y SUS LECTORES
Para Fornaris fue fácil insertarse en la vida artística y literaria habanera, donde pronto alcanzó gran prestigio como hombre culto y patriota. Dedicó todo su talento a la literatura y el periodismo.
Ingresó como redactor en el periódico quincenal habanero El Almendares, que dirigía Idelfonso Estrada y Zenea y donde colaboraba su coterráneo Juan Clemente Zenea. Escribió ensayos que vieron la luz en el periódico La Prensa y en la revista El Iris.
En enero de 1855, publicó un cuaderno de poesías, con prólogo del poeta y maestro Rafael María de Mendive. En una de sus secciones, titulada “Los cantos del Siboney”, dedicados al bayamés José F. Ruz, aparecían varias leyendas y tradiciones cubanas, que como las escritas por Longfellow en su Hiawuatha, sorprendieron por su colorido y naturalismo. Algunas eran verdaderos cuadros de costumbres, como “Oneya”, “El valle del Yumurí” y “El cacique de Ornofay”. Además, contó con una explicación de las palabras indígenas usadas en estos cantos. En sentido general presentó la vida apacible de los primeros habitantes de Cuba y su lucha contra los conquistadores españoles y la forma brutal en que fueron sometidos a la esclavitud.
En sentido general, resaltaron por su originalidad tanto en los temas como en la forma estrófica, por la creación virginal y la vocación nacional. En su pluma de artista apasionado, los indios adquirieron caracteres de rebeldes, enérgicos. De esta manera quedaron mostrados a la faz pública no solo sus sufrimientos, sino también las luchas de resistencias.
En sus testimonios sobre la monumental obra, Fornaris abordó el momento creativo y la prepotencia de las autoridades coloniales, datos de un gran interés histórico: “Los Cantos del Siboney fueron escritos en el pueblo de Bayamo en 1850, pueblo en el que predominaba la ignorancia. No se permitían gimnasios, imprentas ni periódicos, nada de lo que pudiera vigorizar el cuerpo ni dar luz al espíritu…”.
El romancero de esta obra mostraba no un pasado muerto, sino unas circunstancias vivísimas para el necesario paralelo entre los dos tiempos.
El inequívoco talento creativo de Fornaris dio un nuevo carácter al cosmos lírico cubano, en que más que despertar la predilección por un gusto, creó un movimiento literario de frondosa cepa. El siboneyismo no fue un simple gusto por revivir el sucedido doloroso de los primitivos habitantes isleños, sino un grito político y cultural de profundas resonancias.
No había que ser muy ingenioso para percibir que era la misma realidad que parecía la sociedad criolla cubana en esos momentos.
No por casualidad, la obra fue acogida con mucho fulgor por el público teniendo cinco ediciones entre 1855 y 1863 con el título de Cantos del Siboney y el autor ganó con justeza el título de primer siboneyista de Cuba, que devino un movimiento literario.
Ese matiz políticos de la versificación de aquellos temas, molestaron sobremanera a las autoridades coloniales. El capitán general José Gutiérrez de la Concha llamó a Palacio a Fornaris y le manifestó que se fuera a cantar sobre los indios a otra parte.
El libro trató de ser recogido, pero había desaparecido de las librerías. Sin dudas, estamos ante un best–seller. A través del espíritu levantisco de los siboneyes, Fornaris logró expresar un espíritu latente de rebeldía, y en ese plano se encontró con ávidos lectores.
FUENTES: Francisco Calcagno: Diccionario biográfico cubano (1878); José Fornaris: Poesías (1888); Juan J. Remos: Poetas cubanos: José Fornaris (1918); Julián del Casal: Prosas (1963); Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía (1970); Ambrosio Fornet: El libro en Cuba (1994).
