La casa sin abrazos

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Por Yoenis Pompa Silva | 18 abril, 2026 |
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FOTO/ Imagen ilustrativa

“Mi abuela encendió la televisión para que el ruido de la sala le diera la sensación de que alguien más estaba en casa y, cuando me lo confesó, entendí que la soledad no siempre se nombra, se siente en el silencio, entre palabra y palabra”.

Así comienza la historia de una anciana, viuda desde hace años, que vive sola en un pequeño apartamento, rodeada de fotos, recuerdos y una jubilación que apenas alcanza para las necesidades básicas.

La televisión, el radio, incluso la alarma de un celular, se convirtieron en sus compañeros de rutina, en ese fondo sonoro que amortigua la idea de que, durante horas, no entra ni sale nadie del hogar.

A pesar de la red de apoyo social y comunitaria, existen abuelos que terminan pasando la mayor parte del día sin compañía, sin una mano que los acompañe, por ejemplo, a la farmacia, o sin un nieto que se sienta a escuchar, otra vez, el mismo cuento de la infancia.

La doctora Raida Rodríguez Rodríguez, especialista de Segundo grado en Psiquiatría, en el Hospital general provincial Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo, resume que la soledad dañina, sobre todo en la ancianidad, es la que no se acompaña, la que no se supervisa, la que se oculta tras una sonrisa o una frase: “Yo estoy bien, no me hagan caso.

“En la narrativa de esas familias, la soledad no llega de un día para otro, surge con cada partida de un ser querido, familiares que emigraron, o el nieto que se encerró en el móvil u otras distracciones tecnológicas”, subraya.

La soledad no deseada en la vejez es un problema de salud, pero también de decisiones familiares, de ritmo de vida, de prioridades; es, además, una experiencia subjetiva de carencia emocional, en la cual

el adulto mayor siente que tiene menos contacto social, apoyo y afecto del que necesita, aunque viva acompañado.

Para ejemplificar mejor este fenómeno, recordemos el cuento infantil de la Caperucita roja: la mamá manda a su hija a visitar la abuela que casi no conoce, como si el deber familiar se redujera a un gesto ocasional, y no a una presencia cotidiana.

De igual manera, está el abuelo o abuela que vive en la misma morada, pero que se siente invisible, surge así el síndrome del “abuelo fantasma”, que ya nadie le pide su opinión, su recuerdo, su consejo y son vistos como “irrelevantes” o problemáticos.

Los adultos mayores que no tienen más compañía que la soledad, deja consecuencias profundas en la salud mental y física, la que se asocia con mayor riesgo de depresión, ansiedad, trastornos del sueño, pérdida de memoria y deterioro cognitivo.

También sufren de estrés permanente que eleva el cortisol, la presión arterial, aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares y debilita el sistema inmunológico.

Por otro lado, se traduce en conductas de riesgo: menor autocuidado, abandono de la medicación, mala alimentación y reducción de la actividad física.

En Cuba, el adulto mayor vulnerable se atiende dentro de un marco de salud pública organizado que establece estrategias de prevención, promoción y rehabilitación.

Tal es el caso del Programa Nacional de Atención Integral al Adulto Mayor, presente en el Médico de la familia, los policlínicos, los hospitales y los servicios sociales, asimismo, en los Círculos y Casas de abuelos, Talleres diurnos y hogares de ancianos, instituciones que ofrecen actividades recreativas, culturales, físicas y psicosociales.

A todo lo anterior, corresponde a la  familia una responsabilidad moral y social, no solo cuidar de la parte material y de confort que debe acompañar a los ancianos, sino, igualmente, reconstruir el vínculo afectivo de quienes son el resultado de años de experiencias, trabajo, sacrificio y amor.

Recuperar los domingos, en casa, las tertulias, las anécdotas, las recetas de la abuela, los relatos de la infancia y la juventud, un abrazo, o un te extraño sincero, son algunos consejos de la doctora Raida.

La soledad de nuestros abuelos puede ser el espejo de nuestro futuro.

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