
El niño tendría unos diez años, tal vez menos. Se llamaba Héctor Rodríguez González y era hijo del conserje del edificio 7, de la habanera calle Humboldt.
Ese sábado, 20 de abril de 1957, se encontró con algo que ningún niño debería ver: un reguero de sangre que bajaba por la escalera como una cascada roja que no terminaba de secarse.
Juan Pedro Carbó Serviá acababa de ser ametrallado allí, y los esbirros del jefe policial Esteban Ventura Novo lo habían arrastrado, dejando aquel río sanguíneo, delator de la crueldad.
Como contó en detallada reseña el articulista Jorge Oller Oller, en Cubaperiodistas, un fotógrafo de la prensa capturó ese instante, y la imagen le dio la vuelta a Cuba: la inocencia frente al crimen, un pequeño aprendiendo, sin querer, cuánta monstruosidad podían sembrar unos seres que poco tenían de humanos. Así quedó grabada para siempre la masacre de Humboldt 7.
Mientras tanto, no lejos de allí, en el pasillo de una agencia de automóviles, otro joven con los tobillos rotos intentaba ponerse de pie sin conseguirlo. Se llamaba José Machado Rodríguez, pero todos le decían Machadito. Había saltado desde una ventana de unos ocho metros para escapar de los policías que reventaban la puerta del apartamento donde estaba escondido.
Su amigo, Fructuoso Rodríguez Pérez, quien también saltó desde esa altura, cayó cerca, inconsciente. Machadito, con los huesos inferiores fracturados, buscaba algo donde agarrarse, pero no podía. Un trabajador de la agencia automovilística le hizo señas: iba a buscar la llave del candado de la reja para ayudarlos. Pero los esbirros llegaron antes. Machadito vio las ametralladoras asomarse entre los barrotes. «¡No nos maten, que estamos desarmados!», gritó. Cualquier ser humano hubiera dudado. Los sicarios de Ventura hicieron lo contrario. Dispararon con placer.
Pero antes de que todo eso ocurriera, antes de que la sangre de Juan Pedro bajara las escaleras y de que Machadito cayera con los tobillos rotos, había ocurrido la primera muerte. Joe Westbrook Rosales, el más joven del grupo, apenas 19 años, fue el primero en caer. Cuando los cerca de 60 policías rodearon el edificio, Joe saltó al apartamento vecino, calmó a la señora que lo ocupaba y abrió la puerta para hacerse pasar por un visitante, pero fue reconocido. La mujer imploró para que no le hicieran nada. Apenas dio un paso al pasillo, una ráfaga de ametralladora lo asesinó a quemarropa.
El periodista Luis Hernández Serrano, al referirse a ese asesinato escribió en Juventud Rebelde: «Dicen que su rostro quedó intacto, que en el ataúd parecía dormido. ¡Su corazón era la única arma que portaba al ser asesinado!».
La muerte de todos nació de una delación de Marcos Armando Rodríguez Alfonso, al que le decían Marquitos. Horas antes Juan Pedro le había ganado una discusión sobre el uso de las armas para derrocar al tirano. Marquitos se fue del apartamento resentido, con el odio encendido, y al día siguiente dio los detalles a Ventura, según relató Oller.
Los cuatro jóvenes llevaban 38 días huyendo, desde el asalto al Palacio Presidencial del 13 de marzo. Juan Pedro, Machadito y Fructuoso andaban juntos y cada tres días cambiaban de escondite, porque la persecución era implacable y los soplones estaban en todas partes. Pero esa noche, en Humboldt 7, creyeron estar a salvo.
Joe, quien había estado en la toma de Radio Reloj junto a José Antonio Echeverría, les había facilitado ese escondite y se fue con su novia pensando resguardarse en otro lugar, pero algo salió mal y regresó. Regresó, paradójicamente, para morir primero.
A Fructuoso Rodríguez Pérez le faltaban 13 días para cumplir 24 años y estudiaba Agronomía. Era fiel compañero de José Antonio Echeverría, y cuando el líder cayó, él asumió el mando del Directorio Revolucionario.
Juan Pedro Carbó Serviá era veterinario, el mayor del grupo, 30 años, callado, pero con una autoridad que infundía respeto.
Machadito era de Manzanillo, tenía 24 abriles y había llegado con lo justo a La Habana, trabajó en oficios humildes mientras estudiaba, y en la Universidad brillaba jugando fútbol rugby y béisbol.
Joe, habanero, era el más joven, casi un niño, fundador del Directorio, lector de Martí y de Dostoievski.
Los cuatro murieron con las manos vacías. Murieron y fueron arrastrados por el pelo, exhibidos en la acera como trofeos de caza.
El niño de la fotografía creció. Nunca pudo borrar de su memoria esa imagen de la sangre. La fotografía se convirtió en un símbolo: la barbarie mirando a los ojos de un infante que no pidió verla.
Machadito, Joe, Juan Pedro, Fructuoso son cuatro nombres que no están en las grandes estatuas, pero que andan fijos en la memoria de quienes saben que la patria los contempla con orgullo y dolor.
