Hablar sobre deportes en cualquier latitud e intentar abarcarlo todo, mediante un solo artículo periodístico, resultaría imposible. Habría que responder tantas preguntas, desde quiénes fueron sus iniciadores (o fundadores) o sus mejores exponentes, hasta su legado.
Surgirían innumerables incógnitas, unas tras otra, aun cuando el propósito fuese solo plasmar la vida deportiva de un pequeño punto de la geografía, como Jiguaní.
Y tampoco dejaría de ser un entramado, al tratar el accionar de campeones y promotores, al igual que el papel fundamental de entrenadores, atletas y especialistas en distintas ramas.
Tampoco sería justo ni ético dejar en el anonimato tanto protagonismo, máxime cuando hay historias que merecen ser rememoradas. Sería la oportunidad para reconocer a hombres y mujeres que alcanzaron la cúspide o estamparon sus huellas; realzar sucesos que trascendieron.
Incontables campeones del deporte cubano nacieron en esta villa, pero resultaría imperdonable no empezar por el voleibol, tal vez la disciplina de más arraigo en esta porción de Granma.
Hace muchos años, allí emprendieron una ardua labor, como el acondicionamiento de áreas para su práctica y la creación de implementos deportivos rudimentarios, dígase balones y net.
Celso Valdés, Arnoldo Moreno y Aníbal Boronat, junto a Carlos Estrada, Carlos Hernández, Francisco Ríos, Salvador Oliva y Alcides Barcaz, fueron algunos de los iniciadores, en la década de los años 50, del siglo precedente.
La historia recoge en un reporte periodístico, que el 24 de junio de 1967 se inauguró un tabloncillo en el consejo voluntario Juan de Dios Vargas, con un doble juego entre elencos femeninos de Cuba y Bulgaria y, en el masculino, un tope de Cuba y la antigua Checoslovaquia.
Esos desafíos correspondían a una Serie de voleibol internacional, que del 18 de junio al 2 de julio, inició y terminó en la Universidad de La Habana, con la participación también de equipos de Cárdenas, Santiago de Cuba, Camagüey y Santa Clara. Era la muestra inequívoca del tremendo prestigio de la malla alta de la localidad por aquellos tiempos.
Es inevitable recurrir a dos placas develadas en la cancha Luis Antonio Leal, primera remodelada por la Revolución, luego de adaptarse sobre un lugar abandonado y en ruinas. Ese sitio evoca a los fundadores, donde se inscribieron atletas que protagonizaron el primer y gran destello del voleibol jiguanisero, durante la década de los años 60, del anterior siglo.
Entre ellos, destacó Alberto “Lico” Báez Pérez (1939-2025), miembro del conjunto nacional desde 1962 a 1965, antes de erigirse artífice en la práctica y continuidad del voleibol en esta zona, hasta convertirse -por mucho tiempo- en un excelente captador de talentos, preparador y estratega.
Pero Lico también sobresalió como fiel vigilante de la disciplina en sus jugadores y como formador de varias generaciones de atletas.
Por cierto, una de las anécdotas que más trascendió fue la de un adolescente que andaba descalzo y le dijo, “Vamos”. No se equivocó con Carlos Dilaut Reytor, lo llevó a la cúspide, al equipo Cuba (1968-1975). De hecho, Dilaut fue el primer atleta jiguanisero que asistió a unos Juegos Olímpicos, los de Munich 1972, en Alemania.
Junto a Carlos, también descolló Baltazar Cabrera Diéguez, de excelentes condiciones y quien llegó a pasearse entre los mejores zurdos de Cuba, con un ataque potente, y Calixto Moreno Barcaz, ambos integrantes de la preselección cubana en 1969.
Una pléyade de voleibolistas hacían del territorio una potencia regional, cuya nómina envidiable y respetada competía de “tú a tú” con equipos de San Luis y Manzanillo, poderosos rivales del oriente cubano, y con otros de La Habana, sobre todo en Luyanó.
Varios éxitos retumbaron, como ganar el Torneo nacional de primera categoría, en 1962, tras derrotar en la final -con el nombre de Oriente- a Industriales, con parciales de 15-6, 15-4 y 16-14, en el Círculo Social Obrero Patricio Lumumba.
Victoriano Moreno y Lico Báez fueron clave en ese triunfo, permitiéndoles representar a Cuba, ese mismo año, en una gira por algunos países del extinto campo socialista, como Rumania, Hungría, República Democrática de Alemania, Bulgaria y Checoslovaquia.
En ese período hubo otros que despuntaron, tanto hombres como mujeres. En esa larga lista, sobresalió Alice Ramírez Oduardo, que en 1968 hizo el equipo Cuba B para el Torneo Esperanzas Olímpicas, en La Habana.
Y junto a las coterráneas Orla Tamayo, Silvia Tamayo y Nerza Rabaza, Alice participó en los primeros juegos juveniles nacionales, pero en el auge de la rama femenina intervinieron, además de Lico Báez, otros entrenadores, como Santo Calante, José Baldoquín, Carlos Hernández y Enrique Figueredo.
Pero lo más importante fue la reputación que cobró el deporte de la malla alta, después de 1970, cuando ya se ubicaba entre los más practicados, incluyendo el voleibol de playa.
Por supuesto, que desarrollar esa modalidad resultaba insólito y asombroso, pues por aquellos lares las playas más cercas estaban a cientos de kilómetros. Lo mejor estaba por llegar y, en 1996, para la cita bajo los cinco aros de Atlanta, el jiguanisero Juan Rosell Milanés hizo pareja con el santiaguero Francisco Álvarez Cutiño.
Wilfredo Villar, Rolando Milanés, Ángel Sánchez y Freddy Hernández también formaron parte de aquella generación exitosa, que colocó a Granma entre las mejores del país.
CONTAR LA HISTORIA
Por cierto, Lico Báez, además de seguir trabajando en la formación de nuevos atletas y de crear la copa Esperanza pioneril, ayudó a contar la historia del voleibol jiguanisero y cubano.
Compiló publicaciones, difundió textos como Historia del voleibol en Cuba (1905-1959), de su coterráneo e integrante de la selección nacional (1954-1959), Olegario Moreno Ríos; y El genio triunfador de Eugenio George, de Juan Velázquez Videaux.
Gracias a él, a sus estadísticas (y de antecesores) pueden avalarse más de 30 años fecundos y una colosal masividad del voleibol jiguanisero.
