El malecón, donde el arte y el mar se funden en Manzanillo

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Por Luis Carlos Frómeta Agüero | 8 junio, 2026 |
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Foto Tomada de Internet

Manzanillo, ciudad bañada por las aguas del Guacanayabo, despliega a nativos y visitantes un malecón sencillo, que no es solo una franja de mar, piedra y brisa, es  crisol de historias, arte, música y sabores, donde pasado y presente dialogan a la orilla del Guacanayabo.

Ubicado en la histórica avenida Bartolomé Masó, anteriormente conocida como Camino de la Caimanera, el singular Paseo, paralelo a la orilla marina, guarda  relatos que se anidan en el tiempo.

En 1819, sus aguas testificaron el ataque de corsarios, enfrentados por pobladores que defendieron su tierra con valor inquebrantable. Más tarde, en 1932, este espacio fue sede del matadero municipal destruido por el devastador ciclón que arrasó Santa Cruz del Sur.

Sin embargo, por ese tiempo, florecieron: el balneario y el Club Diez, actual Unidad Docente Deportiva Alfredo Utset Bertot.

El malecón es, además, una joya social erigida en los albores de la Revolución cubana, construida con la recaudación económica promovida por el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), cuyo proyecto original se extendía más allá del tramo actual, ampliando el abrazo del mar a la ciudad.

Esta arteria urbana se distingue también como un lienzo artístico, donde los escultores manzanilleros Ramón Cisnero Tamayo y Wilfredo Milanés Santiesteban, imprimieron su talento. Lozas de barro y mármol conforman un mural que combate la erosión salina, fusionando arte y naturaleza en una sinfonía visual.

Durante el verano y la temporada carnavalesca, el malecón cobra vida refrescante junto a la estatua del Bárbaro del ritmo, Beny Moré, un  homenaje local al genio musical que inmortalizó el tema A la bahía de Manzanillo. La lisetera Cayo Confite, una minipizzería y el Bar Restaurant Brisas del Marm completan esta experiencia sensorial.

No lejos de allí, descansan los vestigios de la emblemática fábrica de conservas La Manzanillera y la de hielos, testigos de épocas que sustentaron la economía local.

En tiempos más contemporáneos, otro protagonista gastronómico emergió: El Cangrejo Loco, fruto de un Proyecto de Desarrollo Local, con un menú inspirado en la cultura culinaria de los mambises. Nombres curiosos y pintorescos conformaron la carta menú inicial: Migajas de gato, El cura se desmayó, María Moñito o La Macha.

Aún falta mucho por contar, pero las agujas del reloj compiten con el tiempo. Cae la tarde, cuando el sol tiñe de dorado el horizonte y la brisa marina acaricia el rostro del siempre recordado terruño.

La despedida es inevitable, no obstante, el malecón insiste en revelar su esencia más profunda: un santuario donde las palabras devienen poemas, los suspiros amorosos encuentran refugio y cada tramo encierra un fragmento vivo de historia y de cultura.

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