Las cremas de Galeno

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Por Luis Carlos Frómeta Agüero | 2 noviembre, 2026 |
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En la antigua Roma, donde cada mal tenía su remedio y cada remedio tenía un olor sospechoso, vivía Galeno, médico famoso, filósofo ocasional y enemigo declarado de las digestiones complicadas.

Tras una ingesta, llegó un senador a su consulta doblado por el dolor de estómago, al parecer  debido a  una sobrecarga de pequeños roedores llamados lirones,  rellenos de nueces y miel: una auténtica delicadeza.

—¡Doctor, siento como si un hipopótamo estuviera bailando dentro de mí! —se quejó.

Galeno lo examinó con mucha seriedad, le tocó la frente, le miró la lengua y finalmente preguntó:

—¿Ha probado usted el agua donde se lavan los pies?

El senador abrió los ojos.

—¿Perdón?

—El agua de lavar los pies —repitió Galeno—. Según algunos estudiosos, es excelente contra el dolor de estómago. Naturalmente, debe estar tibia, serenada durante tres noches  y, sobre todo, procedente de pies honorables.

El senador miró a su esclavo, que llevaba unas sandalias bastante gastadas.

—¿Y si los pies no son honorables?

—Entonces el remedio puede convertirse en castigo —respondió sonriente Galeno.

A pesar de sus dudas, el senador bebió un pequeño sorbo. Hizo una mueca tan terrible que el médico decidió escribirla en sus notas como “expresión de extrema eficacia terapéutica”. Para sorpresa de todos, al cabo de unos minutos el paciente comenzó a sentirse mejor.

—¡Funciona! —exclamó—. ¡Mi estómago ya no duele!

—Por supuesto —dijo Galeno satisfecho—. El cuerpo, al recibir semejante amenaza, olvida cualquier otra molestia.

Sin embargo, Galeno no confiaba únicamente en remedios de dudoso sabor. También preparaba una famosa crema fría con cera blanca que calentaba con cuidado, añadía aceite, agua, y removía hasta obtener una pomada suave.

—Esta crema refresca la piel, calma la tos, el nerviosismo, la picazón en los ojos, las irritaciones y , sobre todo, deja un brillo en la piel ,digno de la mejor estatua del mundo—explicaba.

—¿Y sirve para el dolor de estómago? —preguntó el senador.

—No directamente. Pero si se la aplica en el abdomen, o en la planta de los pies,  quizá el estómago se sienta tan elegante y agradecido que volvería a ingerir lirones en cantidades potenciales.

Cuentan que aquella receta se volvió tan popular, que os romanos acudían a Galeno por toda clase de males: dolores de cabeza, picaduras de insectos, indigestiones., como tratamiento contra los parásitos y hasta por problemas causados por comer demasiado garum, la famosa salsa de pescado que podía perfumar de flatus una habitación durante tres días.

Galeno siempre tenía una solución para cualquier enfermedad. En determinados casos recomendaba hierbas; en otros, reposo; y para los más difíciles, una combinación de crema de cera blanca, agua de pies y una larga conferencia sobre la importancia de masticar bien los alimentos.

Con el tiempo, sus pacientes aprendieron una valiosa lección: si  algún médico les ofrecía una medicina extraña, debían preguntar primero de qué estaba hecha. Y si les hablaba de agua para lavar pies, lo mejor era asegurarse de que  fueran los propios, limpios y, sobre todo, que nadie hubiera caminado recientemente sobre estiércol de mamut.

Galeno, por su parte, continuó experimentando, convencido de que la medicina tradicional avanzaba gracias a la observación, la paciencia y, en ocasiones, una buena dosis de imaginación. Aunque nunca logró descubrir un remedio contra los altos precios de entonces y el empacho administrativo, sí dejó una regla que sus discípulos repitieron durante años:

—Antes de curar al paciente, averigüen qué ha comido. Y antes de beber cualquier remedio, indaguen quién se lavó antes  los pies.

 

 

 

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