Guanabacoa era, sin duda, su lugar en el mundo; ese mundo que luego conquistaría a todo lo ancho, sin dejar de volver a la villa. Quizá en cualquier otro lugar se habría perdido el talento del niño de hogar humilde y familia numerosa, pero allí la cultura –y la música, sobre todo– era parte natural del fluir de la vida.
Ignacio Jacinto Villa Fernández había nacido el 11 de septiembre de 1911; y, ya para su juventud, los estudios musicales le ofrecían un dominio extenso del piano. Sus verdaderos sueños, no obstante, no iban por ese lado. Quería hacerse maestro, pero cuando la dictadura de Gerardo Machado cerró la Escuela Normal, hubo de buscar otra forma de vivir.
Marta Valdés escribió de esos inicios: «La música siempre lo había acompañado, es decir, el piano donde lo mismo soltaba al aire un pasaje lleno de octavas melodiosas en lo más agudo, que acolchonaba un ritmo casi de tambores en los bajos, sin dejar que se escapara el mínimo, breve, suficiente sentido armónico».
Luego de algunos naturales fracasos, y del primer contrato profesional, ocurrió un encuentro definitorio: Rita Montaner quedó impresionada por sus cualidades, y lo contrató como acompañante. Me miraba, contó él a Miguel Barnet años después, y yo sabía dónde poner el acento o callar el pedal del piano. Con ella partió de gira a México, donde cantaría ante miles por vez primera, para no alejarse del éxito nunca más.
Su carrera sería hasta el fin una sucesión de países, escenarios, grabaciones… Bola de Nieve no era solo un intérprete, sino un personaje, que combinaba actuación y canto, y hacía de la originalidad absoluta el pan de todos los días. Algunos lo acusaron de excéntrico, pero fueron mayoría los seducidos.
Entre ellos, Harold Gramatges dijo que su auténtica musicalidad, su amplia cultura y una gracia sin medida hacían de él un personaje singular dentro del arte que cultiva; «por eso es universal nuestro cubanísimo Bola». Pablo Neruda lo definió con tintes poéticos: «Bola de Nieve se casó con la música y vive con ella en esa intimidad de pianos y cascabeles, tirándose por la cabeza los teclados del cielo. ¡Viva su alegría terrestre! ¡Salud a su corazón sonoro!».
Autor de canciones legendarias, a la manera de Drumi, Mobila y Si me pudieras querer, Villa no tenía muy en alto su condición de compositor (algo en lo que evidentemente se equivocaba): «De las cosas que así me salieron, cancioncitas de esas baratas que yo hago, hay algunas que han gustado. Creo que lo que mejor me califica es mi personalidad de intérprete. No soy exactamente un cantante, sino alguien que dice las canciones, que les otorga un sentido especial, una significación propia, utilizando la música para subrayar la interpretación».
Y ofreció otras pistas sobre su arte: «Cuando interpreto una canción ajena no la siento así. La hago mía. Yo soy la canción que canto; sea cual fuere su compositor. Por eso, cuando no siento profundamente una canción, prefiero no cantarla. (…) Yo entiendo por arte dar las cosas como uno las siente, poniendo al servicio del autor la propia personalidad, y establecer esa corriente que hace que el público ría o llore, o guarde silencio».
Enfermo de diabetes, asma, y del corazón, la muerte lo sorprendió en México el 2 de octubre de 1971, camino a Perú, donde se le haría un homenaje. En la despedida de duelo, Nicolás Guillén aseguró que se le vería siempre triunfador, «Bola con su piano, Bola con su frac en las grandes noches de mundana etiqueta. Bola con su sonrisa y su canción».
A 115 años de su nacimiento, este septiembre los homenajes llegaron hasta la tumba en la natal Guanabacoa. Barnet rememoró los versos de su Orikí para Bola de Nieve: Vamos, despréndete de los cascos, / salta estremecido del Puente a la Alameda / y déjanos tu capa de lagarto raída, / tu ronquera ancestral, tu canto antiguo.
Autoridades del Instituto Cubano de la Música y del Ministerio de Cultura, y otras personalidades como Nancy Morejón estuvieron también en la Casa de la Cultura Rita Montaner, donde un espectáculo enalteció al músico; y en el restaurante Monseñor, del Vedado, en el que tantas veces actuara, se develó una placa en su honor.
No coqueteando con la eternidad, sino instalado en ella, Bola de Nieve persiste en el canto, con ese «algo» que no hace falta explicar, mientras nos repite: Deja que Dios o que el destino quieran / Y entonces la vida también lo querrá.
