
El 23 de junio de 1805, nace en La Habana Domingo de Goicuría, hijo de padres vizcaínos, una familia de comerciantes de muy buena posición económica. Quienes a los siete años lo envían a España.
Inicia sus estudios en el Colegio Santiago, de Bilbao, y los continúa en La Coruña, teniendo como profesor a Antonio Casas.
Años después, regresa, para posteriormente viajar a los Estados Unidos, donde estudia y trabaja.
Al cabo de algún tiempo de permanencia en ese país, retorna a Cuba, pero el ambiente político no le es grato y viaja a Inglaterra, donde vive tres años, espacio de tiempo que influyeron en la formación de su carácter y temperamento.
Vuelve a La Habana, donde se afilia como socio de una casa de comercio.
Al cabo de unos meses deja Cuba nuevamente y sale rumbo a Europa, donde permanece por tres años. Al regreso es nombrado secretario de la Junta de Fomento, donde intenta conseguir reformas útiles para el país.
En 1844 propone al gobierno abrir los puertos de Cuba a la emigración blanca, pensando a su juicio, que mientras los brazos de los blancos faltaran, no era posible pensar en la emancipación de los negros. De acuerdo con el Capitán General O’Donnell, se embarca para España, con el encargo de establecer corrientes emigratorias.
Pero a su llegada a la península ibérica fue totalmente diferente a lo que tenía planificado, una atmosfera densa y cargada de situaciones adversas existía allí.
Regresa a La Habana, establece una fábrica de clavos, en sociedad con un inglés y con Manuel Parejas, Procurador de la Reina María Cristina.
Luego compra dos cafetales, dedicándose a la agricultura y a la crianza de caballos.
Se une a Narciso López en el empeño de obtener recursos y organizar una expedición para contribuir a la misma. Fracasado el empeño Goicouría es detenido y encerrado en el Castillo del Morro, y más tarde enviado en calidad de deportado a Sevilla, de donde logra escapar.
Viaja a los Estados Unidos y su llegada coincide con la creación de una junta cubana, de la cual entra a formar parte.
En Cuba, apenas se enteran las autoridades coloniales le confiscan sus bienes y lo juzgan y condenan a muerte en ausencia.
La Junta Cubana lo designa su tesorero. Gracias a él se logran reunir unos doscientos mil pesos con objetivo de financiar nuevas expediciones.
Se establecen negociaciones entre él y el general americano Quitmnan, para que se hiciera cargo del mando de una expedición a Cuba. El proyecto fracasa al éste comprender que este militar jamás vendría a Cuba.
Disuelta la Junta, por sus contradicciones internas, dadas sus tendencias anexionistas, viaja a México, ansioso del apoyo necesario para el logro de sus ideales de independencia para su patria, lo que no es posible debido a las revueltas internas que existentes allí.
En 1867 viaja al Brasil, a visitar a su hija, y en noviembre de 1868, sabe que en Cuba había estallado una revolución capitaneada por Carlos Manuel de Céspedes, en pro de la independencia.
Decidido y valiente, se embarca para los Estados Unidos, acompañado de su hijo Valentín, quien posteriormente muere en combate en Cuba.
En 1870, logra arribar a Cuba y entrevistarse con Carlos Manuel de Céspedes, quien le pide marche al extranjero a conseguir ayuda y comprar armas. Atrevido y audaz por lo que se ofrece viaja a México con ese fin.
En compañía de los hermanos Agüero, sale rumbo a Cuba. Sorprendidos por una tormenta, la embarcación amenaza zozobrar, desembarcan en Cayo Guajaba, en territorio cubano.
Allí, separado de sus demás compañeros, se interna en el bosque, y permanece una semana alimentándose de cangrejos crudos y pasando sed, hasta que es hecho prisionero por oficiales de la cañonera española Gacela, que lo conduce a Puerto Príncipe, y posteriormente conducido ante la presencia del Capitán General Caballero de Rodas.
Interrogado, contesta con altivez y valentía negándose a aportar ninguna información. Posteriormente, lo envían a La Habana, donde es juzgado. Pide ser fusilado, pero le niegan esa posibilidad. Era condenado a morir a garrote vil. Es el 7 de mayo de 1870.
Preguntado por los jueces del tribunal qué había venido a hacer a Cuba, contesta: “¿Acaso lo ignoráis? A expulsaros de ella.”
Cuando llegaron al lugar de la ejecución y se detuvo el coche, subió rápido los escalones del patíbulo, desde donde se dirigió a la multitud para hablarle.
Pero el redoblar fatal de los tambores ahogó su voz. No obstante, se sabe que las últimas palabras que pronunciara fueron éstas: Muere un hombre, pero nace un pueblo.
Días antes de la ejecución escribe una carta a su hermano donde se lamentaba no haber caído en un enfrentamiento con las fuerzas españolas, pero le manifestó que sabría morir como los que defienden los derechos del hombre y contento porque la independencia de Cuba no era más que cuestión de tiempo.
