Fidel en el vórtice del Flora

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Por Luis Carlos Frómeta Agüero | 25 abril, 2026 |
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FOTO/ Revista Bohemia

El río aún no había desbordado sus límites, cuando, de repente, una masa de agua sucia se precipitó con furia imparable. Caseríos enteros quedaron sepultados, como víctimas silenciosas de un desastre anunciado.

Nadie presagió que el Flora, sexto ciclón de 1963, dejaría tras de sí una estela de muerte, pérdidas materiales incalculables, relatos desgarradores y profundas enseñanzas para nuestro pueblo.

El municipio de Río Cauto testificaba la tragedia. El 5 de octubre, cuando Flora descargó su furia en la desembocadura del río Cauto, bloqueó su paso hacia el mar, el desastre se desató con brutalidad. Las lluvias torrenciales, que duraron más de 120 horas ininterrumpidas, elevaron las aguas a niveles nunca antes vistos, extendiéndose hasta 20 kilómetros más allá de su cauce habitual.

En medio de la desesperación, la normalidad se rompió: los camiones cedieron paso a los tractores, que a su vez lo hicieron con los botes y, finalmente, estos fueron sustituidos por helicópteros de las Fuerzas Aéreas Revolucionarias que volaban incansables, rescatando a centenares de familias: unas atrapadas en los techos de sus casas, otras aferradas a las copas de los árboles.

Allí, entre tanta incertidumbre, Fidel echaba a un lado su traje de gala para vestir el uniforme verde olivo. En su empeño por ayudar, el carro anfibio que lo trasladaba se hundió, a punto de provocar una tragedia mayor si no fuera por la rápida acción de campesinos y soldados que lo salvaron de la muerte.

Cuando las aguas comenzaron a retirarse, quedó al descubierto una escena dantesca: casas destruidas o semidestruidas, cuerpos sin vida dispersos por doquier, cosechas arrasadas, animales domésticos exterminados y un barro que cubría casi un metro de altura el interior de las pocas viviendas aún en pie.

La penetrante pestilencia se mezclaba con la visión de personas atrapadas y clavadas en cercas, mientras vecinos lloraban y enterraban a sus muertos, muchas veces en el mismo sitio donde fueron hallados, otros buscaban desesperadamente a familiares desaparecidos.
A pesar de los esfuerzos titánicos, alrededor de 750 vidas se perdieron en la zona del Cauto. El país entero sentía el peso de daños materiales valorados en cientos de millones de pesos. La devastación  parecía insuperable.
En medio de aquella catástrofe estaba el Comandante, compartiendo el dolor de su gente, asumiendo riesgos, tomando decisiones y hasta hubo quien dijo:

-El miedo le cogió miedo a Fidel.
Solo cuatro días después del huracán, el 12 de octubre, con voz firme y decidida, el Líder cubano multiplicaba su voz desde La Habana:
“El dolor de uno es el dolor de todos, las pérdidas de uno son las pérdidas de todos. Reconstruiremos todo lo destruido, y lo haremos mucho mejor. El país se levantará con mayor fuerza y pujanza”.
La amarga experiencia del Flora devino símbolo de resistencia y victoria. Dos años más tarde, en octubre de 1965, por indicación suya, se inauguraba el Instituto de Meteorología y, en julio de 1966, se establecía el Sistema de Defensa Civil y las aguas en Río Cauto retomaban el cauce, como testimonio del espíritu indomable de un pueblo que sufrió desgarradores momentos, acompañado por su Máximo Líder.

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