
La Granjita Siboney es un patrimonio histórico que honra al Comandante en Jefe Fidel Castro y a la Generación del Centenario, además de gran simbolismo para los cubanos, porque allí se organizaron y proyectaron los últimos detalles de la gesta del Moncada, al constituir cuartel general de la aguerrida tropa que protagonizó la épica acción, el 26 de julio de 1953, en Santiago de Cuba.
A las puertas del aniversario 73 del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, se evoca la presencia de Fidel en ese sitio de obligada estancia para él, siempre que visitaba la Ciudad Heroína, cuando se percibía en su rostro y en sus palabras la emoción al pisar un lugar entrañable y crucial en sus aspiraciones libertarias.
Aún conmueve recordar por su fuerza y agudeza el Manifiesto del Moncada, de la autoría del poeta Raúl Gómez García, leído por el joven antes de los asaltantes partir, desde la Granjita Siboney hacia la segunda fortaleza militar del país, el Día de la Santa Ana convertido en Día de la Rebeldía Nacional; dispuestos a morir para que el Apóstol José Martí siguiera viviendo en el alma de la patria.
Cuando los participantes estuvieron listos se dio a conocer el contenido del documento, en el cual se justificaba la acción contra el cuartel Moncada como continuación de la lucha por la plena independencia y soberanía de la nación, además se plasmaban los principios revolucionarios y los objetivos del movimiento.
Nombrada antes Villa Blanca, esa edificación fue el sitio escogido por orden del joven abogado Fidel Castro para reunir a los combatientes la noche anterior a la arriesgada empresa, prevista para ejecutarse en domingo de Carnaval, fiesta a la que usualmente asistían personas de distintas partes del país, por lo cual la presencia de jóvenes de otras provincias no levantaría sospecha.
Ernesto Tizol tuvo la responsabilidad de alquilarla y, una vez arrendada, en la casa ocupada a principios de julio de 1953 por Abel Santamaría Cuadrado, segundo jefe de la acción, instalaron en su extenso patio una supuesta granja destinada a la crianza de pollos.
En realidad, los presuntos gallineros ocultaron los autos que trasladaron a los combatientes la noche del 25 de julio hacia el Moncada durante la madrugada del 26.
A un costado de la vivienda, Abel y Renato Guitart Rosell, joven santiaguero que desempeñaba un papel primordial en los preparativos del asalto, construyeron el brocal de un pozo seco, que se utilizaría para ocultar las armas, mientras un recipiente metálico, lleno de tierra y cubierto por plantas, enmascaraba el hoyo.
De la Granjita Siboney, según se lee en una placa situada a la entrada del recinto, salieron hacia el Moncada 135 combatientes; al frente de ellos, Fidel y Abel. En los últimos minutos antes de la partida, el jefe de la tropa se dirigió a los revolucionarios para decirles entre otras palabras:
“… Si vencemos mañana, se hará más pronto lo que aspiró Martí. Si ocurriera lo contrario, el gesto servirá de ejemplo al pueblo de Cuba, a tomar la bandera y seguir adelante. El pueblo nos respaldará en Oriente y en toda la isla. ¡Jóvenes del Centenario del Apóstol! Como en el 68 y en el 95, aquí en Oriente damos el primer grito de ¡Libertad o muerte!”
Hasta ese instante, casi la totalidad de los allí reunidos no conocía cómo sería la acción; después de explicada, se dio la oportunidad de desistir en la participación, pero la abrumadora mayoría asumió con valentía la misión. En ese momento de tanta tensión, el criterio de Abel ofrecería firmeza y convicción:
“Es necesario que todos vayamos mañana con fe en el triunfo; pero si el destino nos es adverso, estamos obligados a ser valientes en la derrota, porque lo que pase en el Moncada se sabrá algún día, la historia lo recogerá y nuestra disposición a morir por la Patria será imitada por todos los jóvenes de Cuba. Nuestro ejemplo merece el sacrificio y mitigará el dolor que podamos causarles a nuestros padres y seres queridos. ¡Morir por la Patria es vivir! ¡Libertad o muerte!”
Así la Villa Blanca, cuya construcción data de 1945, pasó de casa campestre de recreo a una reliquia de la historia patria: la Granjita Siboney, inaugurada como museo el 23 de julio de 1965 y por el valor que atesora la declararon Monumento Nacional el 26 de julio de 1979; entre los galardones que atesora está la réplica del Machete Mambí del Generalísimo Máximo Gómez.
Para beber de esa fuente inspiradora, el museo cuenta con siete salas de exposición que permiten conocer sobre los preparativos y las consecuencias de la acción, mediante muestras fotográficas, paneles y exponentes entre los que se hallan el fusil M-1 semiautomático de culata plegable, de las pocas armas de potencia que llevaron los revolucionarios a la acción, y rifles de tiro deportivo.
Allí se conservan valiosas piezas, como las camas individuales en las cuales durmieron Haydée Santamaría y Melba Hernández, heroínas del Moncada; ropas manchadas de sangre de asaltantes asesinados; zapatos, casquillos utilizados en las prácticas de tiro, documentos personales y llaves de automóviles y el radio receptor por medio del cual Fidel escuchó las primeras noticias tras el asalto.
En ese sagrado escenario parece sentirse aún el eco de los versos del Poeta de la Generación del Centenario, Raúl Gómez García: Por nuestro honor de hombres, ¡Ya estamos en combate!/ pongamos en ridículo la actitud egoísta del tirano/ luchemos hoy o nunca por una Cuba sin esclavos/ sintamos en lo hondo la sed enfurecida de la Patria/ pongamos en la cima del Turquino ¡la Estrella Solitaria!
Como se sabe, luego del revés del Moncada, Fidel da la orden de retirada, él y varios jóvenes revolucionarios regresan en autos a la Villa Blanca para evadir la persecución y no ser apresados por el ejército; deciden continuar la lucha desde las montañas más cercanas pertenecientes a la Cordillera de La Gran Piedra, donde reciben la ayuda del campesinado de la zona.
Pero el primero de agosto de 1953 capturaron al jefe de la gesta moncadista y otros compañeros, al ser sorprendidos durmiendo, por el teniente Pedro Manuel Sarría Tartabull y su tropa, en un bohío de la finca Las Delicias, propiedad de Manuel Leizán, cerca de Santiago de Cuba.
Sarría tenía órdenes de proteger la vida de Fidel Castro y sus acompañantes; sin embargo, un soldado bajo su mando quería matar a Fidel en el acto, pero el oficial se opuso y dijo la conocida frase: “Las ideas no se matan”, y los llevó detenidos al Vivac de Santiago de Cuba.
Nuevas páginas escribió el Comandante en Jefe Fidel Castro para enaltecer la gloria de Cuba, que no acabaría el primero de enero de 1959, con el triunfo de la Revolución, sino que sigue hoy con la fuerza de su legado y su ejemplo.
