
Desde niño, Rafael Fuentes Rojas descubrió que podía mirar el mundo de otra manera. Mientras otros encontraban en la realidad una sucesión de objetos, rostros y paisajes cotidianos, él comenzaba a conquistar líneas ocultas, formas posibles y figuras que parecían emerger de la imaginación.
El dibujo, el modelado en barro y el tallado fueron sus primeros caminos hacia el arte, puertas iniciales por las que entró a un universo que, con el tiempo, estaría marcado por el surrealismo, la tendencia que con mayor fuerza define su lenguaje creativo.
Sin embargo, en determinadas piezas aparecen también rasgos del impresionismo, sobre todo en el tratamiento de la luz, las atmósferas y ciertas vibraciones cromáticas. Esta combinación revela a un artista atento a las posibilidades expresivas de la pintura, capaz de transitar entre distintas influencias sin perder la identidad que ha ido consolidando a lo largo de los años.En sus cuadros conviven la realidad y el sueño, la memoria y el símbolo, lo reconocible y aquello que apenas se insinúa. Su pintura no parece conformarse con reproducir el mundo: intenta transformarlo, interrogarlo y devolverlo al espectador convertido en una experiencia distinta.
Una huella decisiva en su formación fue la época en que estudió bajo la orientación de Cosme Proenza, reconocido dibujante, pintor, ilustrador y muralista holguinero. De aquel magisterio heredó conocimientos técnicos, disciplina de trabajo y una concepción rigurosa del oficio.
Más de tres décadas de trabajo intenso dan cuenta de una carrera sostenida por la constancia, el estudio y la necesidad de crear.
Durante mucho tiempo, su obra transitó por una gama dominada por los grises y los ocres. Esos tonos, sobrios y terrosos, contribuyeron a crear atmósferas de recogimiento, paisajes interiores donde cada figura parecía guardar una historia.
En los últimos años, no obstante, el artista ha incorporado con mayor decisión el color. Los azules, rojos y amarillos aparecen entonces como señales dentro de la composición, acentos que iluminan el silencio de la escena y amplían sus posibilidades simbólicas.
Fuentes Rojas ha dicho que cada obra representa “un encuentro con algo que no estaba premeditado, una sorpresa”. En esa afirmación se resume buena parte de su poética. Para él, pintar no consiste únicamente en ejecutar una idea previamente concebida, sino también en escuchar lo que ocurre durante el proceso creativo. El cuadro se convierte así en un espacio de diálogo entre la intención y el azar, entre lo que el artista busca y aquello que la propia obra termina revelando.
Dentro de ese universo simbólico, la bandera cubana ocupa un lugar recurrente. No aparece solamente como emblema nacional ni como elemento decorativo. Para el creador, representa “un ideal personal en la obra”: una presencia cargada de memoria, pertenencia y esperanza, se convierte, de ese modo, en una imagen íntima y colectiva a la vez, capaz de remitir a la historia de Cuba y también a las convicciones personales del artista.
Entre los momentos significativos de su recorrido destaca el Premio en la XIII Jornada Territorial de Literatura y Artes Plásticas “Regino Boti” 1993, celebrada en Guantánamo. Aquel reconocimiento confirmó la presencia de un artista que ya venía desarrollando una voz propia y que comenzaba a ganar espacio en el panorama de las artes visuales de la región.
Desde entonces, sus obras han sido presentadas en más de un centenar de exposiciones colectivas y en alrededor de catorce muestras personales.
La presencia de su obra trasciende las fronteras de Cuba. Piezas suyas forman parte de colecciones privadas en Puerto Rico, Canadá, Francia, Holanda y Estados Unidos. Otras integran importantes instituciones patrimoniales de su provincia, entre ellas el museo Casa Natal de Carlos Manuel de Céspedes y el Museo Provincial Manuel Muñoz Cedeño.
En el camino de Rafael Fuentes Rojas aún perdura la curiosidad de quien descubrió, de niño, que el mundo podía dibujarse de otra manera.
