BAYAMO, Granma.- Bajo la aparente calma que en este julio caluroso envuelve el actual parque museo Ñico López se esconden los ecos de una madrugada que no han dejado de
resonar.
En realidad, en esas paredes altas del antiguo cuartel Carlos Manuel de Céspedes se guardan los secretos de 21 jóvenes que hace 73 años atacaron la otrora fortaleza militar, entonces sede del escuadrón 13 de la Guardia Rural.
No es ocioso repetir hoy que esta acción del 26 de julio de 1953 jamás fue «otro asalto», como a veces se ha dicho, porque la de Bayamo, como aclaró el mismísimo Fidel, estaba
indisolublemente ligada a la del Moncada y los edificios adyacentes, en Santiago de Cuba.
¿Sabemos lo suficiente sobre el comando que atacó el cuartel de la Ciudad Monumento? ¿Cómo vivieron la experiencia aquellos jóvenes? ¿Por qué fracasó la acción? A estos temas debemos acercarnos con más frecuencia y no solo en las cercanías de la
efeméride.
El guía que no regresó
«Los problemas comenzaron cuando nuestro jefe (Raúl Martínez Arará) autorizó a Elio Rosete para que saliera unos minutos. Ese hombre, clave a la hora de la ejecución del ataque, no volvió», contó años después Agustín Díaz Cartaya, el autor de la Marcha del 26, a la periodista Heydi González Cabrera.
Rosete era un matancero que llevaba siete años viviendo en Bayamo y conocía a los guardias del cuartel. Esa familiaridad era lo que lo convertía en la pieza clave del plan, porque debía llegar por la puerta delantera acompañado de dos asaltantes vestidos de militares, con el pretexto de que necesitaban descansar antes de continuar viaje a Santiago.
Una vez dentro, los falsos uniformados neutralizarían a los soldados y abrirían la puerta al resto del comando.
Pero el guía pidió permiso para despedirse de su familia, no regresó, y aunque años después, desde el exterior, negó su participación, lo cierto es que su ausencia cambió todo, al punto que algunos de los comprometidos también se ausentaron a última hora, no porque fueran cobardes sino porque el miedo, en momentos como esos, es una fuerza que no puede medirse con la razón.
Esas ausencias explican por qué en varios documentos se recoge que fueron veinticinco los asaltantes, pero las investigaciones de José Leyva Mestre, quien dedicó más de dos
décadas a indagar sobre estos hechos, demostraron que en realidad fueron veintiuno.
Aunque todavía hay preguntas sin responder, lo que sí se sabe sin objeción es que la tensión estaba a flor de piel aquella noche de preparativos, el 25 de julio de 1956 en el hospedaje Gran Casino, a dos cuadras del cuartel, donde los jóvenes esperaban la orden final.
«Estábamos muy tensos —recordó Díaz Cartaya—. A las 12 de la noche nos ordenaron vestirnos con uniformes. Faltaban pocas horas para la acción».
Fidel había pasado por Bayamo antes con destino a Santiago y, reunido con los jefes del comando, había ordenado sincronizar los relojes para que el ataque fuera simultáneo al del Moncada (5:15 de la mañana), pero cuando llegó la hora y los jóvenes avanzaron por las calles de Bayamo, llevando escopetas de caza y armas calibre 22, ya sabían que el factor sorpresa se había perdido, pensaron que quizás los estaban esperando; y, sin embargo, no dieron marcha atrás.
!Ríndete!
Poco después de las cinco de la madrugada, cuando los jóvenes llegaron a la cerca de alambre que rodeaba el cuartel, ocurrió lo inesperado: tropezaron con un vertedero de latas vacías, y ese ruido metálico fue suficiente para despertar a los caballos, que relincharon, y a los perros, que empezaron a ladrar.
Pronto, el cabo Indalecio Estrada, experto tirador, preguntó quién andaba ahí. Le respondieron con una pequeña ráfaga y un grito de «¡Ríndete!», pero Estrada ya tenía su ametralladora en las manos y la madrugada se llenó de fuego.
Obviamente, el combate fue desigual y breve, de apenas quince o veinte minutos, porque los ocho militares de la guarnición, tenían la posición y el armamento;, y los jóvenes, inexpertos y mal armados, se vieron obligados a retirarse.
En el repliegue, uno solo resultó herido: Gerardo Pérez Puelles, quien recibió un balazo mientras intentaba cubrir la retirada de sus compañeros, y aunque no fue mortal, esa herida se convirtió en un símbolo de la resistencia de aquellos que no lograron su objetivo pero tampoco se rindieron.
La cacería y los ayudantes anónimos
Momentos después de la desorganizada retirada, el cuartel se llenó de militares, mientras en las calles de la ciudad comenzaba el revuelo.
El teniente Juan Antonio Roselló Pando, cumpliendo órdenes superiores, mandó a sus subordinados a matar a diez insurgentes por cada soldado caído. Había un soldado muerto, el sargento Gerónimo Suárez, al que Antonio Ñico López había fulminado con su escopeta desde detrás de la estatua de Tomás Estrada Palma.
Por desdicha, la orden se cumplió sin piedad. Pero mientras los militares perseguían a los jóvenes, muchos bayameses anónimos (se han calculado que unos 100) tejieron una red de solidaridad, escondieron a los perseguidos en sus hogares, les dieron ropas y alimentos, los guiaron por distintos caminos para que pudieran salir de la ciudad.
Aun así, diez jóvenes fueron asesinados, incluyendo algunos que se habían alistado en la acción, pero no participaron. Entre los masacrados estaba Pablo Agüero Guedes, de apenas 17 años, el más joven del grupo. Los otros nueve fueron Mario Martínez Arará, José Testa Zaragoza, Rafael Freyre Torres, Lázaro Hernández Arroyo, Luciano González Camejo, Ángel Guerra Díaz, Rolando San Román de la Llana, Hugo Camejo Valdés y Pedro Véliz Hernández.
Para ilustrar la crueldad de los verdugos, basta decir que uno de los asesinos anduvo varios días con su uniforme manchado de sangre, como si eso fuera un mérito y no una deshonra.
El lugar que aún habla
Hoy, el antiguo cuartel Carlos Manuel de Céspedes es el Parque Museo Ñico López, Monumento Nacional desde 1978. En su salón principal se conservan los objetos de los asaltantes y de los soldados que los persiguieron: una linterna Hunter, platos, cucharas, botones, uniformes, una hebilla, un carné de identidad, una filarmónica, libros, una gorra, armas y la cámara con que fueron fotografiados los diez mártires.
En el centro del salón, dos mesas de mármol fueron diseñadas para recibir las cenizas de Fidel el 2 de diciembre de 2016, cuando el pueblo de Bayamo desfiló durante toda la noche para rendir tributo al Comandante en Jefe en su viaje hacia Santiago de Cuba.
Las especialistas del museo suelen recordar esa noche con la emoción de quienes saben que la historia no está solo en los libros sino también en los lugares donde ocurrieron los hechos y dejaron episodios que estremecen.
Definitivamente los muros del antiguo cuartel siguen hablando de los 21 jóvenes que
convirtieron aquella madrugada de la Santa Ana, como en el Moncada, en una chispa para prender el fuego libertario.
