¡Las heroínas de Epigran!

Share Button
Por Anaisis Hidalgo Rodríguez | 3 octubre, 2026 |
0
FOTO/ Anaisis Hidalgo

La industria pesquera no era un lugar para mujeres, o al menos, eso le dijeron a Sara Rosales Alarcón cuando se interesó por ser parte del sector. El rumor de las máquinas, el filo de los cuchillos, el peso de las cajas, el frío metálico de las cámaras, el olor a sal y a marisco que se incrusta en la piel… todo estaba pensado para manos de hombre.

Pero Sara llegó, y con ella entraron otras féminas interesadas en desafiar los prejuicios. Vinieron sin cartas de presentación, sin oficio aprendido, sin más armas que la necesidad y la determinación.

SARA ROSALES ALARCÓN

Llegó en 1981. Ya era «pollona», como dice ella, con cinco hijos a cuestas y la vida llena de urgencias. Su madre tejía atarrayas para los pescadores y su padre era pescador. En su casa, limpió ostiones para los Valdonados, hasta que el Combinado tomó el establecimiento y se produjo una explosión de mujeres.

«Entré buscando esa oportunidad de tener ingresos para sostener a la familia. La jornada exigía tres kilogramos, pero yo procesaba 12, 15, 18. Me capacité en todas las líneas de proceso: camarón, pescado, pero la que más me gustaba era el ostión.

«Es un trabajo difícil y fuerte. Una se protegía con guantes de manila para usar el abridor y no lastimarse, pero a veces viene un ostión duro y hay que hacerle fuerza con el pecho para que salga».

Como prueba de esa porfía entre ella y la concha, enseña sus manos veteranas con deformaciones en los nudillos. Se vivieron jornadas intensas que se extendían hasta las seis y las siete de la tarde.

«Cuando llegaba a la casa me esperaba otro desafío mayor: atender a la familia. Eran cinco hijos, imagínese. Mis noches eran otro turno: cocinar, lavar, preparar el almuerzo de madrugada. Había veces que eran las doce de la noche y yo seguía trajinando en el hogar. Nunca me quejé … Esa ha sido mi virtud: trabajar».

Aquella sumatoria de entregas, desvelos y dedicación laboral durante tres décadas desencadenó la distinción Heroína del Trabajo y la Orden Lázaro Peña de segundo grado, que recibió en 1996 de manos del máximo líder de la Revolución Cubana.

«Al ver llegar al Comandante, me puse nerviosa. Las piernas se me aflojaron. No todos los días uno tiene ante sí una figura tan magnética y de semejante estatura internacional. Al ponerme la medalla, le dije: ‘Fidel, casi me pincha’. Él se echó a reír».

MARÍA ORTEGA GARCÍA

Llegó a los 21 años, procedente de Campechuela, sin conocer el laboreo del camarón ni del ostión. De hecho, el olor a pescado y a marisco siempre le despertaba una mueca. Aprendió a clasificar y se quedó en el sector por 43 años.

«Me desempeñé como clasificadora del camarón de exportación, tanto en la máquina procesadora como de forma manual. Un trabajo muy lindo, bello y técnico; a diferencia del ostión, que es de fuerza».

María tenía vista de lince y mano precisa para el corte. Nunca había visto un ostión, sin embargo, sus manos aprendieron a abrirlo, desmenuzarlo y convertirlo en mariposas.

«Las jornadas eran extenuantes. Un 27 de septiembre entramos a las ocho de la mañana y salimos el 28 a las nueve de la mañana. Y a la una de la tarde, de vuelta. Mayormente eran jornadas de doce horas, porque el camarón no espera. Recibíamos en un día hasta doce y diecisiete toneladas de camarón procedente de Cienfuegos y Santa Cruz del Sur.

«Éramos 21 clasificadoras, 12 envasadoras: un ejército de mujeres. Vivimos un hermoso clima laboral. En los momentos libres participábamos en chequeos de emulación, construcción de viviendas, recogida de café, siembra de caña. Esto es bello. Si yo volviera a nacer, volvería a hacer lo mismo, porque me encanta mi trabajo».

El premio a cuatro décadas de servicio lo recibió de manos de José Ramón Machado Ventura, quien colgó en su pecho, en 2016, la distinción de Heroína del Trabajo.

SALVADORA LÓPEZ RIVERA

Entró con apenas 17 años a la industria, en 1976. Para su suerte, había muchas personas con experiencia —como Sara— y vanguardias en el trabajo que la inspiraban a buscar ese mismo camino.

«Mi suegra levantaba una caja con mucha habilidad, y yo me decía: ‘yo también tengo que levantarla’. Me desempeñé como descoladora de camarón; mis manos no se veían de la habilidad que alcancé. Después me formé como envasadora, pesadora… De cada etapa recibí lecciones.

«Me enamoré de la limpia del camarón, porque es de mucha dedicación. Ahí no puede haber ni una basurita, ni una caguarita. Había que fijar mucho la vista. Todos los oficios de aquí son de entrega y concentración. Yo digo que no hay mayor enseñanza que la del ejemplo».

En 2018, Salvadora vio colmados sus esfuerzos con la distinción de Heroína del Trabajo, convirtiendo a Epigran en la única empresa del país con tres mujeres que ostentan este lauro.

Las Heroínas llegaron e impusieron su ritmo, dejaron huella y pasaron a ser memoria viva de un oficio que no se aprende en los libros, sino entre el salitre y el mar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *