
Hay olores que no se olvidan. El olor del pan recién hecho, el de la lluvia sobre el asfalto caliente y el del tabaco en la ropa de mi abuelo.
Mi abuelo fumaba en el portal de su casa, sentado en un taburete, con un cafecito al lado y el periódico sobre las rodillas. Fumaba despacio, como quien no tiene prisa por llegar a ningún sitio. Yo lo miraba desde lejos, con esa fascinación que los niños sienten por los adultos.
Nadie me dijo que mi abuelo tosía por las noches, que había dejado de subir escaleras y que el médico le había dicho que eligiera entre el tabaco y sus piernas. Solo veía el humo, la calma, la elegancia de un hombre que parecía dueño de su tiempo.
Murió de un infarto a los 68 años. En su velorio, alguien dijo: “fumaba mucho”. Y nadie más habló del tema. Como si el tabaco fuera un detalle menor en la historia de su vida. Como si no hubiera estado presente en cada una de sus fotos, de sus tardes y de sus toses.
Yo, como muchos miembros de la familia, seguí la tradición de mi abuelo. No recuerdo exactamente cuándo fumé por primera vez. Hay un cigarro que no cuenta, otro que fue por curiosidad, otro para no quedar mal, y de pronto un día te das cuenta de que llevas diez años fumando y no sabes cómo llegaste hasta ahí.
Con los años, el tabaco se volvió parte de mi geografía cotidiana. Fumaba en el balcón de mi casa, en la parada del ómnibus, después de comer, de discutir, de reír, de llorar.
El fumador vive en pausas. Pausas para fumar antes de comer, dormir, entrar al trabajo. Para hacerlo cuando está contento, triste y cuando no tiene nada que hacer.
Dejé de fumar muchas veces. La primera, durante tres días. La segunda, durante una semana. La tercera, un mes entero. En cada intento, me convencí de que era el definitivo. En cada recaída, me odié un poco más.
Los primeros días sin fumar fueron horribles. No voy a mentir. Estaba irritable, ansioso, insomne. Me sudaban las manos. Me dolía la cabeza. Soñaba que fumaba y me despertaba con culpa. Me enfadaba con cualquiera, sin causa. Mi cuerpo pedía nicotina como un niño perdido pide a su madre.
Aprendí que el tabaquismo no es un vicio de débiles. Es una trampa perfectamente diseñada. La industria del tabaco lo sabe desde hace décadas. Sabe que la nicotina es una de las sustancias más adictivas que existen. Cuanto más joven empiezas, más difícil resulta salir.
Dejar de fumar no constituye un acto heroico, sino de dignidad. Significa recuperar el tiempo que se pierde en las pausas, el dinero que se quema en cenizas, la salud que se va en humo. Uno puede recaer, pero eso no significa que hayas fracasado. Recaer forma parte del proceso para muchas personas. Lo importante no es no caer, sino levantarse una vez más.
No hay una sola forma de dejarlo. Hay quien lo deja de golpe, quien lo deja poco a poco, quien lo deja con parches, con chicles, con terapia, con grupos de apoyo, con fe, con miedo, con amor. Cada quien encuentra su camino. Lo importante no es el método: es la decisión.
No hace falta fumar para ser interesante. El cigarro no te hace más adulto, ni más libre, ni más profundo. Los verdaderos rebeldes no son los que fuman, sino los que no necesitan fumar para sentirse rebeldes.
Descubrí que el cigarro no me calmaba, me quitaba la ansiedad que él mismo me había creado. En vez de ayudar a concentrarme, me interrumpía cada media hora. Y no me hacía más interesante, me hacía más dependiente. Me relata hoy mi papá que sí lo siento toser y me estremezco.
