MANZANILLO, Granma.–El persistente trajín entre devanados y chapas metálicas, impone su propia melodía en la nave, una sinfonía de resistencia que ahoga cualquier intento de parálisis.
Esta antigua sala de generadores, que antaño llevara el sello de empresas norteamericanas, alberga hoy el taller de transformadores de Manzanillo.
Perteneciente a la Empresa de Producciones Electromecánicas (EPEM), el taller se ha convertido en un punto neurálgico para el oriente del país. Aquí, equipos de distribución del sector residencial (de 10 a 167 kilovoltio-amperio) que llegan dañados, son sometidos a una minuciosa «cirugía técnica» que logra devolverlos a la vida recuperando entre el 80 % y el 90 % de sus componentes.
«Nosotros reconstruimos anualmente entre 1 200 y 3 000 equipos. Cada mes, rehabilitamos entre 80 y cien transformadores que van desde Camagüey hasta Guantánamo», explica a Granma el ingeniero eléctrico y director de la instalación, Ángel Rafael García, quien con 39 años de experiencia ha visto renacer esta obra de sus propias manos, y ha ayudado a levantar otras en Villa Clara, La Habana, además en países como Venezuela y Antigua y Barbudas.
REUTILIZAR
Miguel Moreno Licea es el encargado de la recepción de los transformadores. Con sus manos marcadas por la grasa, desmonta lámina por lámina el núcleo de los colosos metálicos.
«Recuperamos todo lo posible porque sabemos la situación de la economía del país. El cobre es esencial, y el secundario es el corazón del equipo. La labor es dura. No hay horarios fijos cuando la demanda aprieta. Mientras haya trabajo, estamos aquí», afirma sin dejar de separar meticulosamente las partes.
El proceso abarca múltiples etapas: recepción, desarme, fabricación de bobinas, ensamblaje del núcleo, secado, montaje final y pruebas de calidad.
En el área de bobinas, tres máquinas fabricadas por los propios trabajadores enrollan el cobre con precisión. Aquí se confecciona el alma del transformador. El aceite dieléctrico, vital para el aislamiento, es reutilizado gracias a máquinas Mecafilm que le devuelven su vida útil, un ahorro sustancial en divisas para la nación.
«Partimos de un equipo en explotación y lo devolvemos prácticamente nuevo. Gracias a la recuperación de materiales, el costo de producción no supera los 2 000 dólares, frente a los más de 5 000 que costaría adquirir uno en el mercado internacional», explica el directivo.
EN MEDIO DE LA ESCASEZ
La historia del taller está marcada por la creatividad. Fundado a finales de los años 80 y reinaugurado recientemente tras un breve periodo de inactividad, ha tenido que reinventarse ante la falta de recursos.
Gran parte de su equipamiento ha sido fabricado por los propios trabajadores.
«Aquí todo es innovación. Si se rompe una máquina, la reparamos; si falta un recurso, buscamos la alternativa. Incluso el aceite dieléctrico, vital para el funcionamiento de los transformadores, se recupera mediante tecnologías disponibles, prolongando su vida útil.
La necesidad de este taller crece a la par de la demanda energética de los hogares cubanos.
«Actualmente la causa fundamental del daño de los transformadores está en la sobrecarga. Los cubanos hemos aumentado nuestro nivel de equipamiento en los hogares, y eso trae como consecuencia que los transformadores se sobrecarguen», advierte el Director.
Pero ante la falta de recursos, la respuesta nunca ha sido cruzarse de brazos.
«Si no nos entra nada para hacer un transformador nuevo, nos dedicamos a darle mantenimiento. Alargarle la vida útil es muy importante. Esa es la variante que hemos asumido para mantener la vitalidad del taller», explica García y destaca que su rehabilitación le garantiza a los equipos entre cinco y ocho años más de explotación.
RELEVO GENERACIONAL
El taller no solo repara máquinas, también forja hombres. Hernando Arévalo Meza, técnico medio en Electricidad, es el ejemplo vivo del relevo.
«Mi abuelo trabajó aquí, mi padre también fue enrollador. Nací y me crié en este taller. Desde pequeño fui familiarizándome con el oficio y aquí hice mis prácticas», confiesa Hernando, quien hoy es uno de los encargados de la calidad final en el laboratorio de pruebas.
«Mi labor consiste en verificar que cada transformador cumpla los parámetros técnicos antes de salir al sistema eléctrico. Ya en el laboratorio, donde se aplican pruebas de aislamiento, polaridad y relación de transformación, la concentración es clave. Aquí no pueden existir fallos», afirma, consciente de que un error puede comprometer la vida y el servicio.
La instalación, reconocida con la condición de Vanguardia Nacional, se ha convertido en un aula para los estudiantes de la escuela técnica, que encuentran aquí una calurosa acogida y una óptima preparación.
UNA MIRADA AL FUTURO
El año 2026 trae consigo un programa inversionista que incluye mejoras constructivas, con el objetivo de incrementar la capacidad productiva en más de un 60 %. El propósito es consolidar este centro como referencia técnica en el Oriente, no solo en la reconstrucción de equipos, sino en la asesoría y formación de las nuevas generaciones.
En un contexto de alta demanda y de severas limitaciones, el trabajo de este taller adquiere una dimensión social que va más allá de sus instalaciones. Quienes lo integran saben que su quehacer impacta directamente en la vida de comunidades y familias. Esa vinculación tangible con el exterior es la que dota de significado a su rutina diaria.
