El transhumanismo ya no es ciencia ficción: es un programa político

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Por Granma | 8 octubre, 2026 |
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FOTO/ Tomada de https://www.bioeticaweb.com/

Hay una idea que avanza sin ruido en laboratorios, parlamentos y consejos de administración, se llama transhumanismo (abreviado como H+ o h+). El transhumanismo agrupa a corrientes que comparten un objetivo: usar la tecnología para superar los límites biológicos.

Ingeniería genética, nanotecnología, inteligencia artificial y neurofarmacología son sus herramientas; su meta es producir seres «poseedores de capacidades vastamente mayores que las de los humanos actuales».

No es un club de soñadores, Silicon Valley financia sus proyectos más ambiciosos, Oxford le ha dado credibilidad académica y sus promotores incluyen a algunos de los hombres más ricos del planeta.

Analizar el transhumanismo fuera de su contexto cultural, económico y social, ajeno a la circunstancia en que nació, sería un grave error; se desarrolló en el marco de un sistema neoliberal globalizado.

Es el sueño «dorado» de la élite que pretende establecer el control sobre la humanidad, utilizar la superinteligencia y los adelantos científicos para garantizar sus privilegios, manteniendo marginado al resto de la humanidad.

Entre mejoras genéticas, implantes cerebrales, ia integrada y longevidad extrema, la humanidad se dividiría: unos pocos accederían a capacidades sobrehumanas y otros quedarían atrás; zonas de alta tecnología y abundancia conviviendo con regiones en crisis; varias «humanidades» coexistiendo con derechos y facultades muy desiguales.

La palabra tiene un padre identificable. En 1957, el biólogo Julian Huxley escribió: «La especie humana puede, si así lo desea, trascenderse a sí misma, no solo como individuo sino en su integridad, como humanidad».

Aquí empieza el problema político. ¿Quién decide qué se mejora? ¿Quién paga el acceso? ¿Qué ocurre con quienes quedan fuera?

Porque la convergencia de genómica, inteligencia artificial y biología sintética podría crear una estratificación trans y poshumana de la sociedad, con el poder, la oportunidad y la dignidad distribuidos según el acceso económico a las tecnologías de mejora.

No sería solo una brecha salarial, sería una brecha biológica, unos pocos comprarían memoria expandida, resistencia a enfermedades o vidas más largas, otros seguirían siendo lo que siempre fueron. La política tendría que gestionar algo inédito: ciudadanos de segunda categoría por diseño.

Las grandes tecnológicas ya moldean las políticas gubernamentales. El transhumanismo funciona como «un proyecto político que lleva a los Estados a replantearse sus prioridades» y a «desplazar la agencia humana hacia sistemas automatizados y modelos algorítmicos».

Una de las voces transhumanistas más citadas, Nick Bostrom, reconoce el problema y aboga por «un enfoque cuidadosamente regulatorio» y por políticas que «mitiguen las tendencias a la creciente desigualdad».

Ahora bien, la pregunta no es si habrá regulación, es si llegará antes, pero el ritmo de la ciencia supera al de la ley: el transhumanismo es una constelación de proyectos, intereses y creencias que ya influye en decisiones públicas.

Su promesa es enorme: menos sufrimiento, más capacidades, vidas más largas… Su riesgo en un mundo dominado por las grandes empresas tecnológicas, es igual de grande: una sociedad fracturada por castas biológicas, con Estados que llegan tarde y ciudadanos que no eligieron el futuro que les tocó.

La pregunta no es si la humanidad cambiará, ya lo está haciendo. La pregunta es quién decide cómo. (R.A.C.)

Fuente: La Academia Pontificia de Ciencias Sociales, Scielo Chile, KCI, Universidad de Chile.

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