Son las seis de la mañana. Se escuchan los primeros coches, los pájaros y los pasos en la escalera. La noche terminó otra vez. Y yo sigo aquí, sentado en la cocina, con un café en la mano, viendo cómo el cielo se pone naranja.
Me mantengo despierta no por elección, por trabajo ni por una fiesta que se alargó demasiado, sino porque mi cuerpo no me deja dormir. Y llevo así tanto tiempo que ya no recuerdo cómo era eso de acostarse y simplemente quedarse dormido.
En la madrugada no hay máscaras, ruido, ni distracciones. Solo tú y tu cabeza, cara a cara, sin testigos. Y en esa hora, todo lo que durante el día parecía manejable se vuelve enorme : las deudas, las discusiones, las decisiones pendientes, la muerte, la vida. Todo cabe en las tres de la mañana, y pesa el doble.
Miro el techo. Ya lo conozco de memoria. Sé dónde está cada grieta, cada mancha, cada sombra que proyecta la lámpara de la calle. Podría dibujarlo con los ojos cerrados.
El insomnio es el trastorno del sueño más frecuente del mundo. Según la Organización Mundial de la Salud, alrededor del 30% de la población adulta ha sufrido insomnio en algún momento de su vida, y entre un 10% y un 15% lo padece de forma crónica. La medicina lo define como la dificultad para conciliar el sueño, mantenerlo o despertar demasiado temprano, con consecuencias durante el día: cansancio, irritabilidad, falta de concentración, problemas de memoria.
Se clasifica en agudo cuando dura menos de tres meses y crónico cuando sobrepasa ese tiempo. El mío ya lleva años. Ya no sé en qué categoría ponerlo.
Los médicos recomiendan higiene del sueño: acostarse a la misma hora, evitar pantallas, no tomar cafeína por la tarde, hacer ejercicio, mantener la habitación oscura y fresca. Yo he hecho todo eso.
He probado infusiones, meditación, respiración profunda, contar ovejas, contar hacia atrás desde mil, leer hasta que las letras se borran. Nada funciona del todo. O funciona una noche y luego deja de funcionar.
Ser insomne es pertenecer a una cofradía invisible. No tenemos carnet ni reuniones. Pero nos reconocemos en la mirada cansada, en el bostezo continuo, en esa manera de estar siempre un poco ausentes, como si una parte de nosotros siguiera en la cama, intentando dormir.
La noche es un territorio que los que duermen no conocen. No saben que a las tres hay un vecino que tose, que a las cuatro canta un gallo en algún patio cercano, que a las cinco empieza a clarear y que ese momento, el del amanecer, es el más cruel de todos, porque significa que has perdido otra noche.
Y sé, sobre todo, que la noche no es mi enemiga. El enemigo está dentro de mí, en mi cabeza, en esa vocecita que no para de hablar cuando debería callarse.
Durante el día, funciono. Voy al trabajo, hablo con la gente, sonrío, cumplo. Hago lo que hay que hacer. Nadie diría que no he dormido. Nadie diría que llevo años sin descansar de verdad. He aprendido a disimularlo. He aprendido a vivir con el cansancio como se vive con una mochila que no te puedes quitar.
Pero hay momentos en que el cansancio me traiciona. Me quedo en blanco en medio de una conversación, se me olvida lo que iba a decir. Me duermo sentado en una silla, me irrito por cosas que no tienen importancia y me dan ganas de llorar sin motivo.
Esos momentos son los que me recuerdan que no estoy bien. Que el insomnio no es solo desvelarse. Es no vivir del todo. Es estar siempre a medias. Es como mirar la vida desde detrás de un cristal empañado.
A las personas que sufren de insomnio le diría que hay millones de personas despiertas a las tres de la mañana, mirando el techo, preguntándose lo mismo que él. Le diría que no es culpa suya. Que no es falta de voluntad. Que no es debilidad. Que el insomnio es una enfermedad, no un capricho.
Que busque ayuda, vaya al médico y no se automedique. Que no se avergüence y pruebe cosas, todas las que pueda, hasta encontrar la que le funcione.
Con los años, he aprendido a ver el insomnio como un maestro cruel pero honesto. Me ha enseñado a estar solo, a escucharme, a conocer mis límites. He aprendido a pedir ayuda y a valorar el sueño como se valora el agua en el desierto.
Al final, he aprendido que la noche también tiene su belleza, el silencio su música y estar despierto también es una forma de estar vivo.
