Carlos Manuel de Céspedes, el iniciador

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Por Yasel Toledo Garnache | 9 octubre, 2018 |
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Cuentan que llegó al mundo un domingo en la noche, cuando arreciaba un aguacero, con truenos y relámpagos, cual presagio de su vida tormentosa, de grandes decisiones, golpes y tiros.

   En la aristocrática casa, la número 4, del callejón de la Burruchaga, en Bayamo, había tremendo ajetreo aquel 18 de abril de 1819, pues estaba a punto de nacer el hijo primogénito de Jesús María de Céspedes y Luque y Francisca de Borja del Castillo y Ramírez de Aguilar, dama de excelente educación, inteligencia y bondad.
Momento singular aquel: la lluvia que aumentaba, el sonido de los truenos, la comadrona Gertrudis Fornaris, más conocida como doña Tula, y el médico José María Izaguirre, de origen venezolano, empeñados en que todo saliera bien, el nerviosismo de los familiares…
   Por fin, a las 11 de la noche, aproximadamente, se escuchó el llanto del pequeño Carlos Manuel Perfecto del Carmen de Céspedes y López del Castillo.
LA INFANCIA DEL PADRE DE LA PATRIA
   Poco se habla de esa etapa de su vida. El historiador Aldo Daniel Naranjo, quien trabaja en varios volúmenes sobre el quehacer y la obra del patricio, dijo a la ACN que su infancia fue característica de un niño rico, con muchas comodidades, y juegos como ponerle la cola al burro.
Le gustaban los ajiacos, las viandas y bañarse en el río, lo cual hizo con frecuencia cuando la familia se trasladó a la hacienda Santa Rosa, propiedad del abuelo materno Francisco del Castillo y Miranda, en el actual municipio granmense de Buey Arriba.
Había ocurrido un ataque de corsarios en la zona de Manzanillo y se especulaba sobre la posibilidad de otro y el avance hasta la Villa de San Salvador de Bayamo, por eso la familia de Céspedes estuvo algún tiempo en aquel sitio rural.
Casi nunca se menciona a su primera maestra Isabel Cisneros, quien lo recibió en la escuela a los cinco años de edad y seguramente caló muy hondo en él, pues, además de enseñarle a leer, escribir, y aspectos elementales del catolicismo, también le narraba leyendas de güijes y hadas del monte.
No encontramos referencias a una amistad desde la niñez, con otros infantes que se convirtieron en grandes patriotas, como Francisco Vicente Aguilera y Perucho Figueredo, pero no es descabellado pensar en esa posibilidad, pues vivían muy cerca y tenían edades y costumbres sociales similares. La historia demostró luego que también poseían maneras parecidas de pensar y comportarse.
De ese período, hay una anécdota que revela el profundo humanismo, valor y solidaridad del futuro Padre de la Patria, pues en una ocasión cuando salió de las clases vio como un niño más grande maltrataba a otro en el colegio, y le dijo “abusa conmigo, ven”. Minutos después, comenzó la pelea en la cual venció.
Más tarde, citaron al padre a la escuela, y el director lo felicitó por la gallardía y sentido de la justicia del hijo, quien tuvo cuatro hermanos, y, pasados algunos años, empezó los estudios del bachillerato en La Habana, los cuales terminó un semestre antes de lo habitual, gracias a su inteligencia elevada, reconocida por los profesores.
El historiador Miguel Antonio Muñoz López, especialista del Museo Casa Natal de Céspedes, resalta que la madre fue muy importante en su formación, quien tuvo la capacidad y mesura para mediar entre él y su padre, el cual también tenía un carácter fuerte y una manera de pensar muy diferente a la de quien se convirtió en el Primer Presidente de la República en Armas.
Aquel muchacho lleno de virtudes, amante del arte y los bailes, que ganaba con facilidad el agrado de las damas y sabía tocar música de piano, dejó la tranquilidad y los lujos por empuñar las armas e irse a la manigua en busca de un sueño para su país, y esa fue una de sus mejores enseñanzas.
    DEMAJAGUA Y EL 10 DE OCTUBRE
   El 10 de octubre de 1868, en  Demajagua, cerca del mar y a unos 13 kilómetros de la ciudad de Manzanillo, Céspedes, el abogado, el ser humano de ideales independentistas, el patriota cabal, alcanzó una estatura sin límites, cuando liberó a sus esclavos  y convocó a todos los presentes a la lucha.
Día de gloria aquel, cientos de hombres aguardaban desde la tarde anterior. La joven Candelaria Acosta, más conocida como Cambula, ya había elaborado la bandera que presidiría el momento, para la cual no encontraron la tela adecuada y emplearon entonces la única disponible, incluidos trozos de un vestido y un mosquitero.
Aquella mañana de coraje y decisión, la muchacha de piel blanca y pelo rubio platinado, entregó el estandarte al joven abanderado Emiliano Tamayo, y expresó:  “Primero mueran antes que verla deshonrada”, tremendas palabras de quien apenas tenía 17 años de edad.
Céspedes procedió a realizar el juramento a la bandera, a lo que todos respondieron ¡Juramos!, y el Padre agregó: “Por mi parte, juro que os acompañaré hasta el fin de mi vida, y que si tengo la gloria de sucumbir antes que vosotros, saldré de la tumba para recordaros vuestros deberes patrios y el odio que todos debemos al gobierno español, venganza, pues, y confiemos en que el cielo protegerá nuestra causa “.
En ese momento también se dio a conocer el Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba, prueba de que el alzamiento y la voluntad de luchar, tenían un profundo basamento en las ideas, con objetivos definidos más allá de lograr el triunfo.
 
   CÉSPEDES, SIEMPRE VIVO
   Su vida en lo adelante fue difícil, salpicada por contradicciones, tragos amargos y envidias hasta la muerte física el 27 de febrero de 1874 disparando su revolver contra los soldados enemigos en San Lorenzo, zona oriental. Sin embargo, tiene asegurada la inmortalidad, como parte de las esencias fundamentales de la nación.
En la primera plaza denominada de la Revolución en el país, ubicada en el Centro Histórico Urbano de Bayamo, su figura esbelta y segura, en forma de estatua, parece observar con su serenidad de siempre.
   Ahora, cuando se cumple el aniversario 150 del alzamiento en Demajagua, inicio de las guerras en Cuba, su ejemplo permanece fuerte, cual brújula de victoria y dignidad. (ACN)

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