Céspedes, un hombre de carácter

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Por Miguel Antonio Muñoz López | 13 abril, 2019 |
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FOTO/ Rafael Martínez Arias

Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo, Padre de la Patria cubana, ha trascendido por sus ideas radicales y acción revolucionaria, que lo convirtieron en protagonista principal del inicio de las gestas del pueblo cubano por su independencia, en la segunda mitad del siglo XIX.

Su vida estuvo plagada de acontecimientos que despertaron la admiración y respeto de sus contemporáneos, y le ganaron una preminencia consustancial al liderazgo que ostentó durante las luchas libertarias.

Pero, remedando las palabras de un conocido dúo musical, quien da la luz más brillante, provoca también las sombras más oscuras. Por ello, y aún desde antes de iniciar la insurrección anticolonialista, en la mañana gloriosa del 10 de octubre de 1868, Céspedes tuvo, entre las misma filas patrioticas, grnades antagonistas, algunos de los cuales lo criticaron y adversaron hats el final de sus días.

Esta actitud de algunos importantes personajes de la revolución del ´68 estuvo determinada, en mi opinión, por dos factores principales: a) la radicalidad y perspicuidad de las ideas cespedistas, especialmente  en temas tan relevantes como el mejor sistema de gobierno, para una nación, en formación todavía, que se enfrentaba en una guerra cruel y destructiva, contra una potencia extranjera; y b) el carácter fuerte y resuelto del propio Céspedes, cualidades personológicas heredadas por él de sus ancestros, en particular de su padre, Jesús María de Céspedes y Luque; quien fuera conocido en Bayamo como individuo de talante conservador y dominante. Y no es que el Padrazo fuera un ser intolerante y rígido en sus relaciones con sus semejantes; sino que sabía expresar y defender claramente sus ideas, cuando sabía que estanan respaldadas por la justicia y la razón.

Céspedes no era intransigente ni orgulloso en extremo, como algunos de sus críticos le señalaron: fehacientes muestras de humildad supo dar, en circunstancias que así lo ameritaban. Recuérdese, aunque no es el único ejemplo, el famoso episodio de la Asamblea Constituyente de Guáimaro; cónclave político donde el caudillo bayamés se plegó prácticamente a todas las exigencias y condiciones propuestas por los delegados del centro y occidente del país; a pesar de que algunos de estos no tenían, ni de lejos, el historial y prestigio revolucionarios que Céspedes ostentaba.

Pero, urgido como estaba de lograr la imprescindible unidad de acción entre todos los insurgentes, para enfrentar con posibilidad de éxito el poderió militar de España, Céspedes cedió.

Luego de ser electo como primer presidente de la República de Cuba en Armas, sin embargo, Céspedes supo mostrar la debida firmeza de carácter en toda ocasión, para hacer respetar la Ley y la dignidad del alto cargo que ocupaba. De estas enemistades, quizás la más divulgada haya sido la que lo alejó de Ignacio Agramonte y Loynaz, el “Bayardo Camagüeyano”. La disputa entre estos dos patriotas excelsos estuvo dada, en lo esencial, por la disparidad de criterios en torno a la forma de gobierno más adecuada para Cuba; cuestión está zanjada en Guáimaro,  cuando el texto constitucional allí nacido subordinó la figura del Presidente al arbitrio de la Cámara de Representantes.

Ello, por más que simbolizara un logro en materia legal y social en el contexto latinoamericano, constituyó un error político, a largo plazo; ya que entorpeció no sólo la gestión ejecutiva, sino también la planificación y desarrollo de las operaciones militares. Otro motivo de desavenencia fue le ofrecimiento de Céspedes de costearle a Agramonte los gastos para su mantenimiento, y el de su familia en el exilio, cuando el Mayor renunciara a la jefatura de la División de Camagüey, en 1872. Agramonte, joven de carácter también impetuoso, y con no poca dosis de orgullo personal, se ofendió al punto de retar a duelo al Presidente.

Meses después, sin embargo, comprendió las razones de Céspedes para su postura, cuando pudo ver las nefastas consecuencias que el excesivo relajamiento moral y disciplinario tenían para el Ejército Libertador. Se inició entonces un franco proceso de reconciliación, que se sellaría con la reincorporación del adalid camagüeyano a su puesto de General, desde donde activó al máximo las operaciones contra los españoles en todo el territorio central de la Isla.

La prematura caída de Agramonte en el combate de Jimaguayú truncó ese saludable entendimiento entre dos de las figuras más importantes de la Guerra Grande.

Otros encontronazos de Céspedes con figuras de realce en la revolución independentista fueron los que padeció con los generales Donato Mármol Máximo Gómez, Felix Figueredo, Calixto García y Francisco Maceo Osorio. En cada uno de ellos, se mostró siempre el celo de Céspedes por hacerse respetar, desde una posición eminentemente ética.

Es evidente, al analizar en detalle cada una de estas rencillas, que había mucho de ego en los jefes de la cruzada independentista: cada quien quería prevalecer por encima de los demás, y todos pensaban que su asunto, misión o necesidad era la prioritaria. Pero Céspedes, desde su posición de máximo representante político de la Revolución, tanto ante el pueblo, como las naciones extranjeras, constituyó una especie de valladar donde todos los particularismos individuales fueron a estrellarse con fuerza inusitada.

En el caso de Mármol, hay que decir que fue peón de otros envidiosos, especialmente, de Felix Figueredo, quien sentía por Céspedes gran rencor desde los días previos al pronunciamiento de “La Demajagua”: no tenía Mármol ni la cultura, ni el liderazgo suficientes para pensar en sustituir al Padrazo cuando se insubordinó en Tacajó, proclamándose “Dictador”; hacía falta una dosis grande de vanidad, y no poca ignorancia política, para pretender tal cosa. Por ello el incidente se zanjó de manera incruenta, con los buenos oficios de Francisco Vicente Aguilera.

En los casos de Máximo Gómez y Calixto García, se trató de eventualidades menores, tales como el disgusto del dominicano por haber sido impedido de pasar, sin más ceremonias, a consultar con Céspedes, en ocasión de una importante operación militar que se gestaba. Pero el jefe dominicano sabía muy bien que Céspedes era tan celoso, como él, de la disciplina y el protocolo, y debía esperar su turno para hablar.

El general Gómez era ya uno de los militares más capacitado dentro del ejército mambí; pero el presidente tenía que atender muchos y variados asuntos, y los escoltas del Gabinete, instruidos sobre ello, hicieron esperar al general, provocando su ira.

El diferendo con Francisco Maceo Osorio venía desde antes de la guerra, cuando, allá por el año 1863, y siendo Juez de Primera Instancia de Bayamo, tuvo que enfrentarse a Céspedes durante el proceso incoado al también abogado Pedro Figueredo (Perucho); por injurias contra el alcalde mayor de la villa, don Jerónimo Suárez Ponte. Maceo Osorio aceptó el cargo de injuria presentado contra Perucho y lo sancionó a ocho meses de arresto domiciliario. Durante ese proceso, Figueredo nombró como su representante legal a Carlos Manuel de Céspedes, quien hizo una apasionada defensa de Perucho en la corte.

En opinión de Céspedes, Maceo Osorio debía haber renunciado antes que sentenciar al valiente bayamés, que tenía razón en tildar al funcionario de corrupto e incompetente. En defensa de Maceo, valga decir que sólo se limitó a aplicar lo que mandaba la ley; aunque hay que reconocer que las leyes españolas en Cuba resultaban obsoletas e injustas, pues tendían al sojuzgamiento de los cubanos, y violaban sus derechos naturales y ciudadanos. Esa era precisamente, la tesis de Céspedes. Pero Maceo era el juez actuante, y no podía mostrar parcialidad; por lo que tuvo que condenar a Perucho, aunque de seguro a la pena más leve posible. A partir de ese momento, nació entre Céspedes y Maceo Osorio una violenta enemistad, que perduró por el resto de sus vidas.

La peor de estas discrepancias, por las funestas consecuencias que tuvo tanto para el desarrollo de la lucha anticolonialista en general, como para Céspedes en lo individual, fue su polémica con la Cámara de Representantes.

El propio Céspedes hace referencia a sus motivaciones para encarar la sorda hostilidad que recibía por parte de los legisladores, al escribirle a su esposa: “…yo no estoy frente a la Cámara, yo estoy frente a la Historia, frente a mi país y frente a mí mismo. Cuando yo creo que debo poner mi veto a una ley, lo pongo, y así tranquilizo mi conciencia”.

El final de esta pugan es hartamente conocido: el 28 de octubre de 1873, en un lugar conocido como Bijagual, antigua jurisdicción de Jiguaní, se produjo la destitución de Céspedes de su cargo de presidente de la República en Armas por la Cámara, con menos de la mitad del quórum legal requerido para tal acto; y el acompañamiento de un contingente de más de mil hombres armados, bajo el mando del general Calixto García, otro de los resentidos contra Céspedes.

Por supuesto, desde entonces a la fecha, no han sido pocos los historiadores y expertos juristas que han rechazado la deposición como ilegítima; y el propio afectado expresó, en nota de su diario de campaña, que tenía todos los argumentos legales para impugnarla. Pero otra vez, y en circunstancias todavía más delicadas para el futuro de la Patria, supo Céspedes refrenar su carácter, aceptando una decisión a todas luces inconveniente.

Ante la insistencia de algunos oficiales del ejército, adictos a él, solicitándole permiso para “colgar a todos esos camarones de una ceiba”, el gran bayamés exclamó: “…por mí no se derramará sangre en Cuba”. Acató, pues, su destino, dando una suprema prueba de civismo y ética a sus detractores; y ejemplo inmortal de patriotismo a todos los cubanos de entonces y de ahora.

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