La misión de mujeres y hombres cultos

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Por Zeide Balada Camps | 10 diciembre, 2015 |
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Atesorar conocimientos sobre temas de arte y literartura u otras áreas, para obtener alguna distinción o endiosarnos ante los demás, haciendo alarde de cuánto sabemos, no nos confiere ningún mérito ; al contrario, quienes así actúen esconden detrás de la aparente imagen del conocedor a un mendigo de espíritu.

El hecho de acopiar saberes, disfrutar de la historia y la trayectoria artística o científica que ha seguido la humanidad, claro que enriquece la existencia y permite elaborar juicios propios, de lo contrario la ignorancia se convierte en la puerta hacia la esclavitud.

Pero el hecho de ser cultos no se microlocaliza solo en este aspecto que también es primordial, en tanto nos convierte en jueces de nuestra propia existencia, capaces de sopesar el entorno en el cual nos movemos, sino que abarca también el espectro de lo que construimos y aportamos a la sociedad; lo que añadimos a la naturaleza y el modo en el que lo hacemos.

En este caso no puedo olvidar el mensaje del querido pedagogo bayamés Víctor Montero -ya fallecido- , cuando en cada encuentro con jóvenes y en otros eventos nos recuerda a todos, su interpretación, como profundo estudioso del pensamiento del Apóstol, de la máxima martiana sobre la esencia de una persona culta.

Me hago eco de las palabras de Montero también como defensora de este criterio cuando nos recuerda que culto es aquel que realiza con excelencia una tarea en la sociedad, es aquella persona que ama un oficio o una profesión y cada día busca calidad en lo que hace, consciente de que la obra humana es perfectible y aunque nunca se llegue al horizonte, cada escaño adelantado es un paso de refinamiento en la obra, en el carácter y en la voluntad de quien la realiza.

No importa que sea un simple zapatero, hacedor de pan, cuentero, albañil, custodio, médico o barrendero, cada uno de ellos irá por el camino de ser cultos si en cada jornada se propone hacer con maestría su trabajo, si sale de sus manos algo que pueda ser útil a los demás; entonces habrá dejado una huella, y quizás lo recuerden como el mejor lustrador de zapatos del barrio, o el maestro más querido, con el que mejor aprendieron varias generaciones de alumnos en el pueblo.

Crecer con esa aspiración depende de la familia, de los valores que madre y padre formen en el pequeño o pequeña, depende del ejemplo y exigencia de los maestros.

Por eso es fundamental el hogar, esa escuela individual en la que nacemos y que muchas veces carece de buenos patrones, en la que más bien se deforma y cercena el futuro.

Aún así queda la esperanza de encontrar fuera de casa, en el colegio, algún profe que sea un evangelio vivo, y deje sembrada la semilla de luchar por ser mejores, de no conformarse, de entrenar la voluntad para vencer y no calificar en el bando de los mediocres, chapuceros, de los que dejan por la tierra una estela de manchas y oprobios.

Este es el momento para mirarnos internamente y meditar cuanto tiempo hemos dejado de ser honestos con nosotros mismos y con el prójimo, cuanto hemos opacado el espíritu con una falsa apariencia.

No posterguemos la misión de ser cultos, que no es más que cumplir cabalmente el sagrado deber de darle utilidad a la virtud que cada uno posee.

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