La leyenda de Agamenón

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Por Luis Carlos Frómeta Agüero | 27 abril, 2026 |
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En los tiempos heroicos de la antigua Grecia, cuando los dioses jugaban al parchís con el destino de los mortales y las tragedias se cocinaban a fuego lento, por falta de carbón, gobernaba en Micenas un tal Agamenón, el rey más poderoso que el WiFi en una taberna griega.

Y créanme, era decir mucho, porque en esas cantinas se reunían desde filósofos, hasta borrachos profesionales por cuenta propia y picadores de cigarros.

Agamenón no solo era un guerrero temible, capaz de hacer temblar hasta a Zeus, otro jefe de ego tan inflado, que podría rellenar el Partenón dos veces sin problemas con el público.

El referido personaje tenía más orgullo que un gallo en plena madrugada y más ganas de mandar que un dios enfadado con el Olimpo. Gozaba de un talento especial para sacar de quicio a Aquiles, el campeón invencible y, por demás, poco sensible para ser el Dios de la guerra.

Todo empezó cuando Agamenón decidió conquistar a Briseida Fuló, la esclava y premio de guerra de Aquiles, porque, como buen monarca autárquico, pensó que “lo mío primero, lo tuyo también y lo que tienes tú, también”.

Cuentan que en los momentos más difíciles de la guerra hacía un alto al fuego para recitarle su poema favorito

El señor fue a ver a la negra,

que el capataz azotó;

la negra se quedó en cueros,

y el señor dijo: -¡Fuló..!

Ofendido más en el orgullo que en su famoso talón, Aquiles decidió que ni de broma iba a seguir peleando por un jefe que lo trataba peor que a un plato de chícharos medio hervido. Así que se apartó del combate, dejando a los griegos colgados de la brocha y a la guerra prolongándose más que una boda griega con música urbana y chismes incluidos.

El resultado fue un desastre épico: hombres sufriendo, héroes discutiendo, Fuló orgullosa de su cuerpo y Agamenón convirtiéndose en el rey que unió a todo un ejército… contra Troya y contra ellos mismos, por la mezcla explosiva de celos, orgullo y mala gestión de recursos humanos, por lo que fue depuesto del cargo.

Entre ofensas dignas de un reality show mitológico, batallas por doquier y un desfile interminable de héroes con armaduras más brillantes que espejos al sol, la leyenda de Agamenón  recuerda que hasta los épicos más famosos en cualquier momento meten la pata. ¡Y eso que el talón era su único punto débil!

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