Niños y niñas, no bayonetas (+ fotos)

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Por Osviel Castro Medel | 24 febrero, 2019 |
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FOTO Omar Moreno Suárez

Han pasado 26 años, pero todavía recuerdo con nitidez aquel diálogo que, mediante la televisión, impactó a millones de personas. Ocurrió en el distrito José Martí, de Santiago de Cuba, entre el presidente de la nación y un niño, jefe del Colectivo del seminternado Manuel Isla.

Fidel, entonces nominado como candidato por la indómita ciudad, llegó junto a otros futuros parlamentarios a la escuela y, fiel a su costumbre, preguntó profuso sobre diversos tópicos vinculados con la enseñanza, la vida cotidiana.

El pequeño, nombrado Fernando Rojas López, le contestó con apresto y naturalidad varias de las interrogantes, algo que no solo asombró al Comandante en Jefe.

Varias semanas después, cuando el Líder de la Revolución fue a depositar su voto en las elecciones generales, encontró, vestido impecablemente de pionero, a Fernando. Y volvió a conmoverse al límite.

Fue tal el entusiasmo de Fidel que mencionó al pequeño en un discurso posterior, en marzo de 1993: “Qué limpieza la de nuestras elecciones, cómo aquí, a pesar de estar en período especial, no hacían falta ni policías ni soldados para cuidar las urnas; y en muchos lugares son soldados con bayonetas y fusiles, no niños, como Fernandito, los que cuidan las urnas”.

Hoy, a horas de las votaciones para refrendar la Constitución de la República, me ha saltado una y otra vez aquella imagen del mismísimo Jefe de Estado depositando su boleta frente al peculiar cuidador de “arcas” electorales.

He cavilado, a la sazón, en el valor gigantesco de los símbolos, porque las pañoletas le pusieron paz a los domingos de escrutinios, los uniformes escolares sepultaron para siempre el traje amarillo de los guardias rurales, de quienes me hablaba con pavor mi querido padre, que en gloria esté. “Solo tenían que pasarse la mano por la cintura para que la gente temblara”, solía decirme él sobre aquellos “protectores”.

También, acaso como otros progenitores, he pensado en mis tres hijos porque ya Mónica, de 14 años, vivió la experiencia de custodiar las cajas donde se depositan los sufragios y se sintió más que emocionada la mañana en que ayudó a una anciana temblorosa a depositar la boleta en el peculiar baúl. “Fue una jornada linda, en la que aprendí y me divertí al mismo tiempo”, me ha contado.

Ella tiene hermosos sueños de futuro, de Vocacional, Pediatría y crecimiento espiritual, que ni siquiera pudieran ser sopores si unos soldados armados garantizaran “orden y tranquilidad” en las votaciones del país.

Su hermano, Alejandro, de siete abriles, pronto vivirá, como otros 12 mil pioneros de Granma, la sacudida de verse en un colegio electoral, diciendo “votó” con todas las fuerzas de su garganta.  Hará que le preparen el uniforme desde la noche anterior, mirará de reojo a su compañerito cuando le salga desafinado el coro, entenderá la magnitud de su labor cuando sobrepase la estatura de sus antecesores biológicos.

La más pequeña de la familia, Selma, de tres años, algún día también se colocará al lado de una urna para sentir la alegría de la madrugada cómplice, la mirada orgullosa de sus padres, el deseo de que el tiempo se apresure para echar a volar fantasías y realidades.

Algún día, como Fernandito, hoy investigador de un centro cultural en La Habana, ellos y otros se empinarán para contar con sana vanidad cuánto se late y se suspira en unas votaciones en Cuba.

Pioneros custodian las urnas en esta jornada de reafirmación de soberanía y derecho del pueblo de la Isla a decidir su destino

Publicado por La Demajagua en Domingo, 24 de febrero de 2019

 

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