
La situación política de Cuba en 1952 estaba marcada, fundamentalmente, por las elecciones que se celebrarían en junio de ese año. Entonces se perfilaban las candidaturas que competirían, las cuales se movían en un ambiente de gran desgaste del autenticismo después del periodo presidencial de Ramón Grau San Martín y, con mayor fuerza, durante el de Carlos Prío.
Ante esto, había un innegable ascenso de la ortodoxia con importante base popular, que heredaba la movilización de la conciencia cívica por las campañas de Eduardo Chibás y el impacto de su suicidio el año anterior. El triunfo ortodoxo estaba anunciado por las encuestas realizadas, lo que preocupaba a no pocos grupos de poder.
De acuerdo con la encuesta de la revista Bohemia, en diciembre de 1951, el primer lugar era del ortodoxo Roberto Agramonte con 29,29 %, mientras Batista estaba en el tercer lugar con 14,21 %. La encuesta de Carteles, de enero de 1952, mantenía a Agramonte en el primer escaño con más del 29 %, mientras Batista había llegado al segundo lugar, pero con menos del 24 %.
Esta información resultaba muy alarmante pues la ortodoxia, al margen de los compromisos que pudiera hacer, tenía un fuerte compromiso popular que debía presionar su política si ocupaba el poder, lo que se unía a las ambiciones de Batista de volver a la Presidencia.
En este contexto, hay que tomar en cuenta las conclusiones de la investigación del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (birf) de 1951, el conocido como Informe Truslow, que describía la crisis estructural cubana, planteaba que la solución era crear un clima propicio para las inversiones, y establecía que el país iría a un crónico caos donde la solución sería una dictadura, que veía en tres variantes, una de las cuales era «poner a los trabajadores en su lugar». Entonces, entre sus recomendaciones estaba la restricción de las conquistas laborales y el fortalecimiento patronal.
En ese ambiente, Prío había recibido informes del Jefe del Servicio de Inteligencia Militar acerca de la conspiración militar para un golpe de Estado, pero no tomó medidas.
En Estados Unidos, en septiembre de 1951, el editorialista del Miami Herald, Edward Tomlinson, vocero de poderosos intereses navieros, había publicado un par de artículos en los que planteaba que los cubanos «más sensatos» veían la solución en un golpe de Estado que llevara a los militares al poder con una personalidad fuerte, quizá Batista como el hombre indicado para ello.
Ya el 2 de septiembre de 1951, la revista Carteles había publicado un artículo de Tomlinson, «Los líderes obreros ponen en peligro las inversiones norteamericanas en Cuba», donde planteaba el vínculo de dirigentes como Eusebio Mujal con el Gobierno, y cómo este mantenía concesiones para conservar el apoyo del «obrerismo», más aún ante las próximas elecciones, al tiempo que reseñaba protestas de las corporaciones patronales, como un problema en la sociedad cubana.
Este era el ambiente interno que precedía la realización de las elecciones, lo que se unía al contexto continental, que estaba marcado por el predominio de la política de guerra fría y la ocurrencia de golpes de Estado organizados o apoyados desde ee. uu., que impusieron dictaduras militares en varios países: en 1948 en Perú, el golpe del general Manuel Odría; en Venezuela, con Marcos Pérez Jiménez; y en Honduras, con la renuncia de Carias a favor de Juan Manuel Gálvez; además del apoyo a Somoza y Trujillo en Nicaragua y República Dominicana.
El caso más complicado sería el de Guatemala, donde la presidencia de Jacobo Árbenz resultaba muy incómoda y se resolvió con su derrocamiento en 1954. En ese entorno se produjo el golpe de Estado en Cuba, el 10 de marzo de 1952, con Batista al frente.
El mismo día del golpe, apenas una hora después, el coronel Fred C. Hook Jr., jefe de la Misión de la Fuerza Aérea estadounidense en Cuba, recibió la llamada de Eulogio Cantillo, quien le pedía que fuera a la pista aérea. Así lo hizo Hook y tuvo un encuentro con Batista en el campamento militar de Columbia, quien le entregó un mensaje para el Embajador, donde le decía que estaba 100 % de acuerdo con sus deseos y que todos los acuerdos se mantenían en vigor, lo que implicaba el Tratado bilateral de Ayuda Mutua que se había firmado el 7 de ese mes.
Sobre el tema del papel estadounidense en el golpe de 1952, hay diferentes criterios entre los historiadores cubanos sobre los mecanismos e instancias involucrados en ello. Se conoce que Elliot Roosevelt –hijo de Franklin Delano Roosevelt– estaba en Cuba en los días previos al golpe, supuestamente para un negocio radial; pero tuvo varias entrevistas con Batista, el 10 de marzo comunicó telefónicamente a Washington que todo había salido conforme a los planes, y acudió a Palacio a saludar a Batista junto a un grupo de navieros norteamericanos.
Bohemia publicó una foto del hijo de Roosevelt con el secretario de Hacienda, Manuel Pérez Benitoa, a quien califica de «hombre de confianza del general Batista», y comentó la visita que hizo al general. También hubo un oficial de ese país en Columbia durante los sucesos del 10 de marzo, y otros dos oficiales de la Base Naval en Guantánamo estuvieron en el cuartel Moncada de Santiago de Cuba.
De acuerdo con los documentos desclasificados, publicados en Foreign relations of the United States 1952-1954, el 11 de marzo el nuevo secretario de Estado, Miguel Ángel de la Campa, envió mensaje al embajador Beaulac, ratificando la voluntad de cumplir los acuerdos bilaterales y multilaterales, lo que reiteró en conversación mutua el 22 de marzo, cuando Beaulac preguntó sobre la política que seguiría Batista en torno a los compromisos internacionales, los comunistas, el capital y la inversión privada, y el retorno a la constitucionalidad. Campa respondió satisfactoriamente para el Embajador, y le habló de la importancia de los hechos del 10 de marzo para los Estados Unidos, en cuanto a la política hacia el Caribe en especial.
De acuerdo con el protocolo establecido, Estados Unidos debía demorar unos días para hacer el reconocimiento oficial del Gobierno producto del golpe.
La prensa en Cuba siguió ese proceso diariamente, y ya el 13 de marzo el Diario de la Marina ponía en titular de primera página: «Estudia Estados Unidos reconocer el gobierno de Batista», a partir de declaraciones del secretario de Estado, Dean Acheson.
El 16, se dice que «Washington está satisfecho por la revolución feliz de Batista en Cuba»; el 22 vuelve a decir: «Se estudia en E.U. el reconocimiento del general Batista», con la respuesta a la prensa del secretario de Estado, Dean Acheson, en la cual expone los aspectos de la norma general para el reconocimiento.
El 26 se informa: «Hoy se anunciará el reconocimiento de Batista en E.U.». El periódico dice que, según fuentes oficiales, en 48 horas se haría, y el 28 ya se anunció el reconocimiento.
Por tanto, el golpe de Estado que impidió la realización de las elecciones e instauró un gobierno por la fuerza formó parte de una política que se venía expandiendo en el continente, donde los Estados Unidos tenían un papel protagónico a partir de su posición hegemónica y el impulso a la política de Guerra Fría, como parte de la pugna entre los dos bloques en que se había dividido el mundo después de la Segunda Guerra Mundial.
Herbert Mathews, en The New York Times, expuso que la prensa norteña, como el Journal of Commerce y el Wall Street Journal, comentaba «con no disimulado regocijo el golpe de Batista», a quien calificaba de «muy respetuoso de las entidades inversionistas estadounidenses en Cuba».
Así, vemos cómo Estados Unidos seguía su política continental en Cuba, a partir de su papel hegemónico, lo que se ha mantenido a lo largo del tiempo, con adaptaciones a diferentes épocas y circunstancias, hasta los tiempos actuales.
