Aun en tiempos de escasez de alimentos, existen recursos valiosos que con frecuencia desaprovechamos, por desconocer sus propiedades.
Entre ellos destacan las semillas, no solo como material de siembra, sino también como alimentos de alta densidad nutricional, y en Cuba abundan especies poco conocidas con ese fin o escasamente aprovechadas.
Sin pretender sustituir los platos tradicionales, conviene recordar que varias semillas aportan proteínas, grasas insaturadas, fibra, vitaminas, minerales y compuestos antioxidantes.
En términos generales, son concentrados naturales de energía y nutrientes, y por eso han sido valoradas en la alimentación humana por muchas culturas.
Su utilidad aumenta cuando, también, se consumen en pequeñas porciones, tostadas, molidas o incorporadas a panes, caldos, ensaladas, cremas, batidos y salsas.
Entre las más destacadas están las de calabaza, girasol y sésamo o ajonjolí. Las primeras sobresalen por su aporte de proteínas, fibra, magnesio, zinc, hierro, fósforo y grasas beneficiosas, incluidos ácidos grasos insaturados. Las de girasol son especialmente ricas en vitamina E, además de contener vitaminas del complejo B, fósforo, potasio, zinc y otros minerales. El sésamo, por su parte, se reconoce por su contenido de calcio, magnesio, hierro, zinc y vitamina B1, y puede utilizarse en panes, dulces, pastas y condimentos.
Las semillas de granada aportan compuestos antioxidantes que ayudan a combatir el estrés oxidativo, un proceso vinculado al envejecimiento celular y a varias enfermedades crónicas. En Cuba se usan poco, aunque es viable incorporarlas a ensaladas, yogures, postres o jugos.
Igualmente, merece atención el anacardo o marañón, distinguido internacionalmente tanto por su nuez como por el fruto. En Cuba, su uso culinario sigue siendo escaso. Sus semillas son apreciadas por su contenido de grasas insaturadas, proteínas, magnesio, zinc, hierro y vitaminas del complejo B, y se asocian con beneficios para la salud cardiovascular cuando forman parte de una dieta equilibrada.
Tostadas, picadas o convertidas en crema, posibilitan enriquecer platos dulces y salados. Además, permiten elaborar una leche vegetal de forma sencilla: basta con remojarlas durante tres o cuatro horas, escurrirlas, batirlas con agua nueva y colarlas, en proporción de una taza de semillas por cuatro de agua.
El amaranto es otro ejemplo valioso. Lástima que el intento de extender su cultivo no haya prosperado, pues se trata de un alimento nutritivo que aporta proteínas, hierro, calcio, magnesio, fibra y diversos micronutrientes.
Su perfil nutricional lo hace interesante para diversificar la dieta y sustituir parcialmente harinas o cereales más comunes. Puede emplearse en sopas, galletas, panes, natillas, croquetas y mezclado con otros granos.
También hay especies que merecen mayor propagación, como el frijol caballero, una leguminosa de alto potencial, cultivables, incluso, en zonas urbanas, incluidos balcones y pequeños espacios domésticos.
Una ventaja de muchas semillas es que se incorporan a la cocina mediante técnicas sencillas: tostadas, como las de girasol, y calabaza; en pastas, como el ajonjolí; o integradas en panes, como el amaranto.
Otra opción consiste en elaborar mezclas de semillas tostadas y molidas para espolvorear sobre otros alimentos, lo cual enriquece platos sencillos, como congríes, purés, sopas, ensaladas de vegetales, yogur o pan.
También se añaden a las masas para croquetas, albóndigas vegetales y tortas, tanto saladas como dulces, con un aporte nutricional adicional.
En circunstancias de escasez de alimentos, resulta aún más importante promover el conocimiento sobre estas especies, así como su producción y aprovechamiento. Diversas fuentes señalan, además, que el consumo regular de semillas se relaciona con mejor salud cardiovascular y metabólica, siempre dentro de una alimentación variada y equilibrada.
De este modo, no solo se valoraría mejor la biodiversidad agrícola del país, sino que también se fortalecería la soberanía alimentaria.
