Celia, fragancia de Revolución

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Por Denia Fleitas Rosales | 9 mayo, 2026 |
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Celia Sánchez Manduley emerge de la cubanía como flor silvestre de Sierra Maestra, con pétalos forjados en el estallido de las balas y aroma de viento con ecos de horizonte.

El 9 de mayo de 1920, en Media Luna, brotó para asirse a las entrañas de Cuba, y cambiar el rumbo de la historia sin alzar la voz, con el tierno susurro de su humanidad.

Del rincón humilde del oriente cubano, y de la enseñanza de su padre, el médico Manuel Sánchez Silveira, tomó su heredad: la naturaleza sanadora para el cuerpo y el alma, en sentido opuesto a la injusticia de la desigualdad, tal como presagió el De los Desamparados de su nombre.

Crecer entre el polvo de los campos y el abrazo del campesinado modesto, ver con sus propios ojos las asperezas de la sociedad, despertaron una conciencia temprana y avivaron el ansia de despojar del oprobio a la madre patria.

Sus pisadas hasta el Turquino, a temprana edad, señalaron un camino, y sus manos alzaron con firmeza las ideas y la imagen del Apóstol, cual guía hacia la soberanía.

Manzanillo vio a Celia Esther recorrer sus calles en edad de estudiante, y le guardó como refugio, tras sus pasos firmes de conspiración contra la tiranía.

La intrepidez de la niña que subía a la casa del árbol en Pilón, que se escabullía entre el verdor de la montaña, fue la misma con la que Norma, su apelativo de guerra, tejió redes clandestinas en el Guacanayabo, adscrita al Movimiento 26 de Julio. Desde allí, donde era útil, se alzó, insumisa, indómita, serena, ferviente de libertad.

La estela de Celia estuvo en el apoyo logístico al desembarco de los expedicionarios del yate Granma, en la conexión entre el llano manzanillero y la naciente guerrilla, en los primeros hombres, insumos, refuerzos que subieron a la Sierra, en la estratagema que salvó vidas por su capacidad para moverse en la agreste serranía y el tejido de contactos entre la clase campestre.

Entre arrullo de palmas y frescor como de manantiales, corrió por la montaña y fue la primera mujer combatiente del Ejército Rebelde. La gallardía y el temple al empuñar el arma en combate, como el de Uvero, le tornaron leyenda; también su perspicacia para llevar mensajes en pétalos de flor, en alas de mariposa.

Orden, disciplina, precisión, cimentaron su faena en retaguardia. Más que de medicinas, alimentos o municiones, abasteció a los rebeldes del ejemplo moral en la campaña, de la fortaleza que se sobreponía al adversario para perseverar en el impulso de hacer Revolución.

Vistió los pies descalzos con las botas cosidas por sus  manos. Pertrechó a las huestes con el ánimo femenino del batallón Mariana Grajales, y como de plata fue su brillo para unir voluntades y sensibilidad a la gesta.

Lealtad la nombró al fragor del combate, cualidad manifestada por gritos silenciosos en la defensa de un ideal, en el respaldo y confianza al Líder, en el hábito de atesorar para la memoria cada detalle de una contienda, y conquista de y para el pueblo.

En Revolución, ungió con la ternura y carácter maternal las causas sensibles. Desde la sombra, impulsó aquellas que tenían el bálsamo sutil de una caricia y el calor de un abrazo, como los programas de Salud y educación rural. En insignias como la reserva natural Pico Turquino y la Oficina de Asuntos Históricos, impregnó su esencia.

El 11 de enero de 1980 preservó por siempre su virtud. Se enraizó en la tierra que la vio vestirse de mujer, guerrillera, diputada, de hazaña. Y cual brote de autóctona fragancia, que perfuma a la Revolución, renace en cada mayo.

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