La familia entera —hijos, nietos, sobrinos, hasta esos parientes lejanos cuyo nombre nadie recordaba bien— se apretujaba alrededor de ellas. Pero las homenajeadas, las supuestas reinas de la fiesta, no paraban de moverse: servían café, traían dulces, atendían a todos, como si hubieran hecho un pacto secreto para ignorar que aquel día les pertenecía.
Así pasaron los años mayo tras mayo sin que nadie midiera bien la dimensión de esas mujeres que el tiempo iba doblando pero que nunca perdían la verticalidad del ejemplo. Hasta que un día comenzaron a irse.
La primera en marcharse fue Nena. Viuda durante treinta años, nunca dejó de cuidar a sus ocho hijos. Después se fue Mamá Jacinta con casi un siglo vivido. Doce de esos años los pasó en una silla de ruedas, luego de que una pared se le viniera encima. Le quebró las piernas pero no la voluntad, calló sus dolores para siempre, no se quejó ante ninguno de sus 11 hijos vivos (tuvo 13) y siguió luchando.
Hoy, cuando cierro los ojos y busco en la memoria a mis dos abuelas, no puedo evitar pensar en otras madres que tampoco están. En esas que cruzaban ríos a caballo para traer hijos al mundo en tiempos sin hospitales. En esas que sacaron adelante a sus familias solas, con uñas y dientes. En esas que un Día de las Madres estaban en tierra lejana, empapadas de lluvia y nostalgia, sin poder abrazar a los suyos.
El recuerdo llega de golpe y la garganta se cierra. Sube una humedad caliente a los ojos. Y entonces aparecen, como relámpagos, los últimos besos dados, las últimas manos sostenidas.
Pero la memoria también sirve para entender una lección que duele y alivia al mismo tiempo: los homenajes verdaderos no se guardan para un día. Pique las flores más hermosas se dan en vida y los detalles que quedan son los que nacen en la rutina, en una madrugada o tarde sin fecha.
Ellas, las que ya no están físicamente, nos miran desde sus silencios. Y nos lanzan preguntas que no podemos responder sin sentirnos pequeños. ¿Por qué las convertimos en diosas un solo día si el resto del año las llenamos de preocupaciones y descuidos? ¿Cuándo entenderemos que ser madre ha sido siempre una hazaña, tanto en tiempos de leña y candiles como en esta era de pantallas que todo lo distraen? ¿Por qué esperamos a que se vayan para darnos cuenta de que no debieron pasar tanta soledad, tanto dolor que alguien pudo evitar?
El poeta libanés Gibran Khalil Gibran escribió que madre es la palabra más hermosa que sale de los labios. Pero ellas, las que se fueron, nos susurran desde donde estén que no son solo una palabra bonita. Que todavía nos ven. Que todavía les duele o les alegra lo que hacemos. Que siguen vivas mientras nosotros mantengamos encendidas las lecciones que nos dejaron. No solo en mayo; no solo un domingos, sino todos los días de este mundo.
