
Ignacio Agramonte y Loynaz es uno de los más brillantes jefes militares de la guerra de independencia de Cuba, iniciada el 10 de octubre de 1868. Su muerte temprana en los potreros de Jimaguayú, el 11 de mayo de 1873, fue un duro golpe para el proceso revolucionario.
El Mayor, como es conocido por los cubanos, de manera autodidacta logro aplicar en sus acciones combativas principios del combate que le favorecieron el éxito en sus campañas militares.
El contacto con la sociedad cubana de mediados del siglo XIX, moldearon en gran medida su carácter y pensamiento. Favorecido, además, por la particularidad de que la burguesía criolla tuviera un pensamiento de avanzada que lo favorecía en las grandes extensiones de tierras y haciendas ganaderas con un gran dominio del capital criollo.
Contrae matrimonio, el 1 de agosto de 1866, con Amalia Simoni quien sería el gran amor de su vida. El matrimonio tiene lugar en la Iglesia de “Nuestra Señora de la Soledad”, de esta unión germinan sus dos hijos: Ernesto, nacido en la manigua, y Herminia, a la que no llegó a conocer.
La literatura epistolar que dirigió Ignacio a Amalia, se distingue por el profundo amor que le profesaba:
“Idolatrada esposa mía:
Mi pensamiento más constante en medio de tantos afanes es el de tu amor y el de mis hijos. Pensando en ti, bien mío, paso mis horas mejores, y toda mi dicha futura la cifro en volver a tu lado después de libre Cuba. ¡Cuántos sueños de amor y de ventura, Amalia mía! Los únicos días felices de mi vida pasaron rápidamente a tu lado embriagado de tus miradas y tus sonrisas. Hoy no te veo, no te escucho, y sufro con esta ausencia que el deber me impone. Por eso vivo en lo porvenir y cuento con afán las horas presentes que no pasan con tanta velocidad como yo quisiera (…)”.
Al regreso a su Camagüey natal se vincula con el pensamiento criollo más radical de la época, que unido a la influencia recibida en Europa complementan su reacción revolucionaria.
En 1867 se vincula a la fundación de la “Logia Tínima”, creada con fines conspirativos; además, Agramonte fue uno de los fundadores de la Junta Revolucionaria de la región camagüeyana.
Participó en las labores conspirativas que condujeron al alzamiento de la zona, el 4 de noviembre de 1868, en el paso del rio Las Clavellinas, en el que no figuró personalmente, pues se había decidido que permaneciera en la ciudad organizando el aseguramiento logístico de los alzados.
Se sumó a la campaña el día 11 de noviembre en el ingenio “El Oriente”, cerca de Sibanicú.
Desenmascaró la posición traidora de Napoleón Arango en la reunión celebrada el 26 de noviembre de 1868, en Minas.
Integró la Asamblea de Representantes del Centro, creada el 26 de febrero de 1869 y representó a Camagüey en la Asamblea Constituyente de Guáimaro, el 10 de abril de 1869, en esta última, fue elegido secretario.
Fue de los redactores de la primera Constitución de Cuba y elegido secretario de la Cámara de Representantes.
Carlos Manuel de Céspedes, en su condición de Presidente de la República en Armas, lo ascendió al grado de Mayor General y lo nombro jefe del Camagüey.
Bajo el mando de Agramonte el territorio adquirió una estructura estable, alta capacidad combativa y férrea disciplina.
Desde una formación autodidacta, alcanzaría elevados conocimientos y méritos militares en el campo de batalla, y fue uno de los más brillantes jefes de nuestras gestas independentistas.
Con habilidad y maestría, el mayor general Ignacio Agramonte conjugó métodos tácticos importantes que le permitieron vencer a un enemigo superior en fuerzas y medios.
En los combates de El Salado, Jacinto, Molina, Cocal de Olimpo y otros, puso de manifiesto la experiencia, acometividad y disciplina alcanzadas por las unidades que le estaban subordinadas.
Su método preferido de combate consistía en utilizar un pequeño grupo de hombres que fastidiara al enemigo, para luego simular una retirada atrayendo a este hacía el grueso de las fuerzas revolucionarias, las cuales se hallaban convenientemente emboscadas.
Los jinetes utilizaban el machete en el combate cuerpo a cuerpo, pero también poseían una excelente puntería a la hora de realizar el fuego sobre la marcha, ocasionándole así grandes pérdidas al adversario.
Otro método táctico empleado por el mayor general Agramonte, fue amenazar a las localidades urbanas o hacer llegar a ellas informaciones falsas sobre los movimientos de los patriotas para imponer al enemigo el combate en campo abierto, fuera de sus fortificaciones.
Estas acciones combativas de pequeña envergadura, mantuvieron el hostigamiento constante sobre el enemigo, obligándolo a la concentración de tropas para proteger los poblados y centro de operaciones, debilitando así las columnas y con ello su maniobrabilidad y capacidad para desarrollar acciones ofensivas.
De esta forma se logró alcanzar el equilibrio estratégico en el territorio bajo su mando, pasando a la ofensiva táctica.
Para él, la unidad de las fuerzas revolucionarias era factor determinante en el desarrollo de la guerra a favor de las armas cubanas, y dedicó grandes esfuerzos para lograrla.
Muestra de ello son sus palabras durante la realización de un pase de revista a las tropas, al ser extendido su mando al territorio de Las Villas, en mayo de 1872, ocasión en la que exhortó a los soldados de Camagüey y Las Villas a luchar como hermanos y a eliminar todo rasgo de regionalismo que los pudiera dividir.
Sin embargo, a pesar de su muerte hace 153 años su obra quedó materializada en la acción de los jefes y soldados que se formaron bajo sus órdenes, en los hombres que integraron su temible caballería, y en los aguerridos infantes del Camagüey y Las Villas.
