
A las 2:00 de la tarde, bajo un sol radiante, típico de los meses de verano, René permanecía en la cola del Banco. Llevaba, desde el amanecer, apenas con el primer trago de café,más de cinco horaspara extraer su salario.
Cuando por fin logró acercarse a la puerta, el custodio anunció lo que ya muchos temían: “No queda efectivo”.
René, no dijo nada. Miró la tarjeta, la volvió a guardar y empezó a caminar. Por dentro, la frustración le apretaba el pecho: “Trabajar un mes entero para terminar así, con el dinero atrapado por la ineficiencia y las necesidades esperando”, pensó.
Cobrar el salario hoy ha dejado de ser una satisfacción, para convertirse en una odisea cotidiana.
Lo que debería ser un acto simple, acceder fácil al dinero ganado tras un mes laboral, se diluye entre apagones, largas colas, obsolescenciay limitaciones tecnológicas, además de una creciente falta de la moneda en el sistema bancario.
El problema no responde a una única causa. Confluyen, como piezas de un engranaje desajustado, la crisis energética nacional, el deterioro de la infraestructura bancaria y las tensiones propias de una bancarización que avanza, sin todas las condiciones creadas.
Los cajeros automáticos son insuficientes o presentan fallas, las sucursales operan con personal limitado y los cortes eléctricos,muchas veces imprevistos, paralizan servicios esenciales, en los instantes de mayor demanda.
A ello se suma un elemento estructural interno: la escasez de efectivo en los bancos, por lo que se ha reconocido que una parte significativa del dinero circulante no está en el sistema financiero formal, sino, concentrado en manos privadas o moviéndose en circuitos informales.
El resultado es evidente, incluso cuando hay electricidad, no siempre está disponible el dinero.
En este contexto, la bancarización, concebida como solución, funciona a medias o con insuficiencia.
El pago digital podría aliviar tensiones, pero tropieza con inconvenientes reales: falta de conectividad, zonas sin cobertura y limitaciones tecnológicas.
No pocos establecimientos estatales y privados rechazan estas modalidades, mientras otros dificultan su aplicación, lo que empuja a buscar efectivo a toda costa.
Ese “a toda costa”, tiene consecuencias visibles: alrededor de los bancos proliferan intermediarios que cobran por gestionar turnos, se intensifican las indisciplinas sociales y ya casi son normales las prácticas ilegales que traen como consecuencia la incomodidad y el irrespeto.
Cuando un servicio básico se vuelve inaccesible, emergen, inevitablemente, mecanismos distorsionados para obtenerlo.
El impacto no es homogéneo. Aunque se han adoptado medidas para priorizar a los jubilados, una decisión necesaria, amplios sectores de trabajadores, tanto estatales como no estatales, afrontan serias dificultades para disponer de su salario.
Las restricciones en los montos de extracción agravan el malestar, obligando a múltiples visitas al Banco y prolongando la incertidumbre de alcanzar el servicio.
Particularmente compleja es la situación en zonas rurales, donde, campesinos que deben trasladarse hasta cabeceras municipales, desafían no solo la escasez de efectivo, sino también el costo adicional de tiempo y transporte, en medio de un contexto de por sí tenso y lleno de complejidades.
Mientras tanto, proliferan mañas económicas paralelas: préstamos informales con altos intereses, pagos fuera del sistema bancario y una circulación de dinero que escapa al control legal.
Este fenómeno, además de profundizar en las desigualdades económicas, añade presión inflacionaria y debilita los propios objetivos de la bancarización.
Existen alternativas, como la llamada caja extra o mecanismos de extracción en entidades comerciales, pero su alcance es aún limitado ydisfuncional.
La falta de sistematicidad en su aplicación, reduce su impacto en un problema que exige respuestas más integrales y urgentes.
El escenario actual deja una certeza que no basta con identificar las causas.
La urgencia está en articular soluciones viables, coherentes y sostenidas que devuelvan al ciudadano la posibilidad de disponer, sin obstáculos, el fruto de su trabajo.
Cuando cobrar el salario se convierte en un suplicio, está en juego la eficiencia y la confianza de un sistema económico bancario.
