El náufrago del vaso

Share Button
Por Leiza María Pompa Figueredo (Estudiante de Periodismo) | 21 junio, 2026 |
0
GETTY//THAUMATROPE

Mi día siempre comienza con el mismo sonido: el tintineo de una botella contra el borde de un vaso turbio.Son las seis de la mañana y el sol aún no se atreve a entrar por la ventana empañada de mi departamento, como si también le diera vergüenza verme.

El primer trago no es para celebrar, es para apagar el temblor de las manos, ese baile involuntario que me delata ante el espejo y me recuerda que mi cuerpo ya no me pertenece. Que desde el día del accidente en el que perdí a mi esposa y mi hija, no tengo el control, esas pérdidas no las he logrado superar, siento que bebiendo es como único logro olvidar este dolor tan grande.

A las ocho, salgo a la calle, el ruido de los autos es un martillo y las luces de los semáforos son cuchillas. En la esquina, José, el vendedor de periódicos, me saluda con un “¿Cómo amaneció, joven?”, pero yo sé que su mirada ya ha hecho el diagnóstico. Huele el alcohol que sale de mis poros, un perfume barato que ningún desodorante puede disimular. Camino con la lentitud de quien pisa un campo minado, esquivando mi propia sombra.

El trabajo es un escenario donde interpreto al hombre funcional. Frente a la computadora, mis dedos escriben informes que no recuerdo haber redactado, mientras mi mente viaja a la botella escondida en el cajón inferior del escritorio. Las reuniones son ejercicios de contorsionismo mental; asiento con la cabeza y simulo interés, pero solo escucho el zumbido de mi propia sangre pidiendo su dosis de olvido. Soy un actor de método, y mi único texto es la mentira de que tengo el control.

Los momentos más temidos son el mediodía y la tarde.  El hambre se confunde con la ansiedad. Camino hacia el bar de la esquina, un templo donde nadie pregunta tu nombre, solo tu veneno favorito. Allí me siento en familia. Las historias de los demás bebedores son un espejo roto: el ingeniero que perdió su trabajo, el mecánico que se quedó solo. Todos somos náufragos en el mismo vaso.

El ocaso es el momento más honesto. Cuando la luz se apaga, las máscaras también caen. Me siento en el borde de la cama y el silencio se vuelve un rugido ensordecedor. Es entonces cuando el fantasma de las promesas incumplidas desfila frente a mí. “Hoy es el último día”, me repito,  mientras mi mano busca el cuello de la botella que dejé bajo la almohada. El ritual de la promesa y la traición se repite con la precisión de un reloj suizo.

La madrugada es mi confesionario. Con la botella vacía en el suelo y la cabeza dando vueltas, lloro sin lágrimas, porque el alcohol ha secado hasta mis emociones. . En esos momentos de lucidez borrosa, entiendo que el alcoholismo no es un vicio, es un abrazo mortal que se niega a soltarme, un espejismo en el desierto de mi soledad.

Al amanecer de un nuevo día, el ciclo empieza otra vez. El tintineo de la botella contra el vaso me da la bienvenida a esta realidad distorsionada. Sé que hay una salida, que existen centros de rehabilitación y manos tendidas, pero el miedo a enfrentarme a mí mismo sin el disfraz del alcohol es más grande que el infierno en el que vivo. La vida de un alcohólico no es una caída libre, sino un descenso por escalones resbaladizos que huelen a alcohol de caña.Esta es mi historia, la de un hombre que se ahoga en un vaso, esperando, quizás, aprender a nadar antes de que la botella se convierta en mi ataúd.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *