
Nunca me gustó indagar por el rendimiento en el terreno sin antes mirar la parte humana que hay detrás. Por eso, aquella mañana de 2009, después del regreso del equipo Cuba del II Clásico Mundial, no le pregunté a Alfredo Despaigne sobre los lanzamientos que no pudo conectar. Le pregunté por su hija.
Sabía que su pequeña Rachel, recién nacida, había estado ingresada mientras él jugaba el Clásico y esperaba que me dijera que por eso no había rendido. Sin embargo, me respondió mirándome a los ojos: “No hay razón para justificarme”.
Esa honestidad, esa negativa a echarle la culpa a la vida, me marcó más que cualquier jonrón. Despaigne, sin saberlo, me estaba enseñando que la verdadera grandeza no está en los números, sino en la manera de enfrentar las realidades con el pecho abierto.
Lo había visto por primera vez en el estadio Mártires de Barbados, de Bayamo, años antes de esa entrevista. Era apenas un muchacho, pero ya en su primer turno al bate algo me impactó: la velocidad de su swing y la manera caliente de jugar. No imaginaba entonces que estaba viendo a uno de los más grandes jonroneros de Cuba en todos los tiempos. Tampoco sabía que, años después, seguiría preguntándole sobre la vida, el béisbol y esa hermosa fidelidad que lo mantiene atado a una tierra que no lo vio nacer pero que lo adoptó como hijo.
Alfredo Despaigne Rodríguez nació en Contramaestre, Santiago de Cuba, el 17 de junio de 1986. Pero antes de los jonrones y los récords, hubo decepciones y golpes: a sus 16 iba todos los fines de semana a la EIDE santiaguera, jugaba, rendía, y nada: no integraba equipos. Pensó en alejarse de la pelota y estudiar Medicina hasta que la ESPA de Granma le abrió las puertas. No fue fácil. Empezó jugando en la segunda base y el campo corto, pero Ángel Ortega Liens, hoy Doctor en Ciencias de la Cultura Física, lo movió a los jardines. Esa decisión cambió su destino.
Todavía recuerdo aquella entrevista de 2010, en su primera casa propia, cercana a la terminal de ómnibus. Llegó sudando, en bicicleta y me dijo: “Ando loco con la escuela (se refería a la Universidad)”. Hoy, esa bicicleta ha quedado atrás, porque su desenvolvimiento económico ha cambiado, tiene carros, otra casa y el tiempo de la escuela ya pasó. Pero el hombre sigue siendo en esencia el mismo.
Cómo olvidar que en los dos primeros títulos de Granma estimuló de su bolsillo, sin reparos, a los peloteros más sobresalientes.
Nunca fue extraño verlo en su casa, jugando dominó con los amigos, como tampoco es extraño verlo ahora. Disfruta brindar buenos tragos, reírse de anécdotas pasadas, conversar como buen cubano.
Cierta vez le pregunté si se sentía granmense o santiaguero, se rió y me respondió: “Uno nunca olvida los orígenes, llevo a Santiago en el corazón. Pero aquí en Granma no solo me he hecho pelotero, he creado una familia, he crecido. Mi equipo es Granma y lo seguirá siendo”.
Pasó nueve años en Japón, “rompiéndola”, pero no fue tan fácil ni es una historia ligada a los millones, como muchos creen. “Cuando me fui el niño tenía un año y la niña cinco. Ahora ellos saben más, pueden ver más, quería estar más tiempo con ellos, compartir con la familia. Solo venía a Cuba dos meses prácticamente, era complicado no ver a los niños crecer”, me confesó.
No deberíamos olvidar que Despaigne es el tercer jugador en la historia en jugar cinco Clásicos Mundiales, después del venezolano Miguel Cabrera y el mexicano Oliver Pérez. O que acumula 294 jonrones en 17 series nacionales y promedia 342 de por vida, quinto en la historia de nuestros torneos.
Cuando alguien, hace poco, dijo que él se retiraba, respondió con su franqueza habitual: “Yo voy a seguir jugando con mi equipo Granma ahí hasta que pueda”.
Su hijo, Alfredo Despaigne Rivero, ya integra selecciones nacionales en categorías infantiles. Pero el padre no lo eleva demasiado: “Espero que siga así y sea un excelente atleta”, dice con cautela.
Sería injusto no señalar que en la carrera de Despaigne ha estado, como una estrella, Yalili Rivero, la esposa que lo ha sabido acompañar en las buenas y las malas.
Claro que Despaigne no es perfecto, no es un santo inmaculado, pero sus detractores no lo conocen, no saben de su bondad, su nobleza, su manera de ver el tiempo, la familia y la alegría.
Este 17 de junio el Despa cumpli{o 40 años y sigue siendo ese muchacho de Contramaestre, el que no quería fama, el que no se creía cosas, el que nunca usó excusas. Hoy solo queda agradecerle y desearle que siga sacando la pelota fuera del terreno, ganándose el cariño y ese mote singular: el Caballo de los Caballos.
(Tomado de ZonaDeStrike.net)
