El martes 27 de octubre de 2026, la Asamblea General de las Naciones Unidas fue escenario de un choque sin precedentes.
El embajador estadounidense Mike Waltz exhibió una imagen de Fidel Castro con un reloj Rolex y lanzó acusaciones de confiscación contra la dirigencia cubana.
La delegación de Cuba invocó el artículo 71 del reglamento para interrumpir lo que calificó como un discurso ofensivo y exigió a la presidencia llamar al orden al diplomático.
Waltz redobló la provocación: “Estamos en los Estados Unidos de América, y aquí nadie me va a intimidar”.
El reglamento es claro. La Asamblea General no es territorio de soberanía nacional ni tribuna de campaña electoral. La infracción procedimental la cometió quien, desde el estrado, confundió el multilateralismo con una extensión de su política interna.
Sin embargo, horas después, la conversación digital ya no hablaba de la violación del artículo 71. Hablaba de un “intercambio tenso”, de “choque verbal” o, en el mejor de los casos, de un “incidente diplomático” sin culpable identificable”.
Y es aquí precisamente donde el algoritmo entra en escena. Los sistemas de clasificación que gobiernan X, Facebook, Instagram o YouTube no priorizan la exactitud procedimental ni el contexto reglamentario.
Priorizan la reactividad emocional. Un video de gritos, una imagen provocadora y una frase altisonante generan más retención que la explicación técnica de una moción de orden.
El resultado es una cobertura que desplaza el foco desde la infracción hacia el espectáculo, y en ese desplazamiento la postura estadounidense se ve favorecida: su narrativa “nosotros confrontamos, ellos gritan” circula con mayor fluidez porque encaja en el marco de conflicto que el propio algoritmo amplifica.
No es una teoría conspirativa. Investigaciones documentadas este mismo año demuestran que las cuentas institucionales cubanas han sido objeto de shadowban y reducción algorítmica de visibilidad en X desde marzo de 2026.
El patrón coincide con el observado en otros contextos geopolíticos como en Brasil recientemente: y es que el contenido que incomoda a los intereses de Washington pierde alcance orgánico, mientras el que los refuerza se amplifica.
La infracción del reglamento queda así, invisible por diseño, y la reacción cubana, legítima en términos procedimentales es reencuadrada como “agresividad” o “circo”.
La asimetría es doble. Primero, en el plano normativo: Estados Unidos violó las reglas de la Asamblea al convertir el estrado en un mitin. Segundo, en el plano algorítmico: esa violación no solo no se sanciona mediáticamente, sino que se diluye en el ruido que el propio algoritmo premia.
El reglamento de la ONU puede llamar al orden a un diplomático; ningún algoritmo llama al orden a una plataforma cuando decide que la infracción no es tendencia.
La pregunta que queda flotando no es quién gritó más fuerte en la sala. Es por qué, al día siguiente, millones de usuarios vieron el grito pero no el artículo 71.
Escrito por: Leandro Céspedes Noguera
