
La obtención de una medalla dorada por el equipo Code Avengers, de Granma, en el Concurso Internacional Universitario de Programación (ICPC), era una promesa que se repetía de curso en curso sin encontrar su punto de ebullición. Este 2026 la institución dejó de hablar en futuro y comenzó a hablar en presente, al alcanzar el oro en la categoría de preuniversitario, un hito sin precedentes en el territorio.
Tres jóvenes de esta enseñanza, unidos por la informática, se batieron de tú a tú con universitarios nacionales y extranjeros. Su desempeño fue extraordinario: resolvieron cinco problemas con 703 de penalización, colocándose en el puesto 15 entre 153 equipos participantes.
Detrás de ese resultado está el respaldo del profesor Hebert Hechavarría Morales, máster en Ciencias Informáticas con 20 años de magisterio, seis como entrenador de concursos, tres de ellos en la preselección nacional.
«Nunca habíamos alcanzado este resultado. Esta es una competencia de un nivel muy fuerte. Aquí el tiempo es oro y cada envío incorrecto se paga con penalizaciones que pueden sepultar horas de trabajo. Que un equipo de preuniversitario haya escalado a esta posición, es una prueba de que el talento granmense puede medirse en cualquier cancha».
LA ESCALADA
El oro no llegó de un día para otro. Ha sido una línea ascendente. Atestigua Hebert: «El curso antepasado obtuvimos una medalla de bronce, el año pasado el mismo equipo alcanzó una plata que supo a oro, por minutos de diferencia; y este año finalmente conquistamos el metal dorado que tanto deseábamos».
Para el joven Rodolfo Amauris Ojeda Marrón, estudiante de duodécimo grado, la vivencia siempre es renovadora. «Es importante el logro, pero más aún el conocimiento adquirido, la experiencia, los momentos que se comparten en equipo. Nosotros más que un grupo de estudio, somos amigos, hermanos. Nos llevamos muy bien».
LA FÓRMULA
El resultado que hoy se cosecha parte de una buena siembra en las enseñanzas primaria y secundaria, y una acertada captación de estudiantes para el centro provincial de entrenamiento, que luego son preparados en dependencia de sus habilidades.
Como parte de la capacitación se plantean ejercicios, se resuelven algoritmos, se analizan problemas y se utilizan jurados online.
Ya en la competencia, cada cual resuelve temas específicos para abarcar más campo en el menor tiempo. Después se debaten las soluciones.
CONTRA RELOJ
La competencia fue un terreno minado en el que cada minuto contaba. A punto de comenzar, al equipo se le agotaron los datos móviles. Lo que siguió fue una carrera contra el tiempo: llamadas telefónicas, carreras para cambiar de teléfono, recargar la tarjeta, la máquina que no se conectaba con los datos personales; hubo que cambiar de pc… Mientras tanto, el cronómetro de la plataforma no se detenía.
Los muchachos perdieron casi 20 minutos valiosos resolviendo el problema de conexión. La pantalla mostraba el ranking con equipos que ya habían resuelto los problemas. Cuando resolvieron el cuarto problema la alegría invadió el lugar.
Rodolfo trabajó en el quinto ejercicio, sobre matemática; pero Fernando, con su experticia, ajustó el rumbo de su solución. El bullicio del equipo lo dijo todo. El problema estaba resuelto, y con él, la certeza del triunfo.
EL ESLABÓN MÁS JOVEN
Jonathan David Fonseca Espinosa, estudiante de onceno grado, es la pieza más joven de este engranaje que ha aprendido a buscar su centro y a no dejarse arrastrar por la presión. A simple vista, su serenidad contrasta con la tempestad de una competencia que consume minutos y pone penalizaciones. Cuando se le pregunta cómo vive la adrenalina, asegura que «tranquilo». Su postura calmada habla de una madurez y confianza puesta en el conocimiento y el trabajo en equipo.
«Lo que más disfruto no es el brillo de la medalla, sino el calor del equipo, el trabajo en conjunto. Vivir esa tensión de la competencia entre todos es increíble», manifiesta Jonathan.
La comunicación y el entrenamiento fluyen como un río bien encauzado, en el que cada cual soluciona problemas específicos para abarcar más contenidos. Los nervios existen, pero se canalizan entre todos y eso hace que el resultado sea más placentero.
Fernando José Joa Cruz, de 12 grado, viene cosechando éxitos desde la secundaria básica. Su talento lo hizo despuntar, y sus progresos en olimpiadas internacionales de Matemática e Informática han dado siempre qué publicar.
«Mi consejo es que este tipo de eventos debe vivirse no con el estrés de una competencia, sino como algo que te gusta y disfrutas hacer. Si ganas bien, y si no, también».
EL PILAR INVISIBLE
Si hay un sostén que no aparece en las fotos de la premiación, ese es la familia. Hebert, el entrenador, reconoce que la de los tres es incondicional. Relata cómo, cuando falla el fluido eléctrico, gestionan algún ecoflow para que los chicos sigan preparándose. Ahí está el reto real en la atención al talento.
Durante la competencia, la familia sigue durante las primeras cuatro horas, vía online, el posicionamiento en el ranking. Tiempo después no hay acceso a la puntuación por equipos, ardid que acrecienta los nervios. La incertidumbre perdura. En casa, hay quienes se comen las uñas para canalizar los nervios o caminan de un lado para otro, hasta que una llamada telefónica comunica la victoria y llueven los abrazos.
REINVENTARSE
En tiempos en los que el odio absurdo impone a la Isla tantas limitaciones de combustible, energía, de agua y alimentos, la institución ha tenido que replantearse su sistema de trabajo: preparar a distancia, supervisar ejercicios por WhatsApp, gestionar una laptop y datos móviles institucionales y personales, permiten que la capacitación no se detenga.
«Trabajar con el talento en el contexto actual y seguir incorporando estudiantes a estos equipos nacionales ha exigido entrega de nuestros entrenadores, compromiso de la familia, del estudiante y de los municipios. No es lo mismo aprender con el profesor en frente que a distancia; acumular dudas y trasladarse kilómetros hasta donde haya conexión, como hacen estudiantes de Bartolomé Masó para comunicarse con su entrenador y conciliar sus inquietudes.
«Por eso, en medio de estas circunstancias, cuando se logra un éxito como este, la emoción es inconmensurable. Que estos jóvenes quedaran en el puesto 15 de 153 es un indicador de que nuestros educandos han desarrollado habilidades. No cabe duda que vale la pena seguirse levantando cada día y dar lo mejor para asegurar, al menos, los elementos básicos, porque un joven con talento es lo mismo que un deportista: requiere atención, alimentación, condiciones. Ahí están los retos hacia lo interno», describe Torres Ramírez.
Los tres concursantes ya tienen asegurada su carrera universitaria, aunque solo dos de ellos se gradúan este curso de bachiller, de manera que el equipo se fragmenta para luego recomponerse. Jonathan quedará como el eslabón que conserva la memoria de este oro histórico. Él aprendió de sus hermanos mayores; el curso venidero, deberá convertirse en guía de quienes vienen detrás.
