Bolsillos agotados

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Por Luis Carlos Frómeta Agüero | 15 septiembre, 2026 |
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La crisis económica que atraviesa Cuba se siente con especial fuerza en el contenido de los platos hogareños donde la inflación tiene un rostro concreto: el de una familia que debe decidir qué alimento comprar y cuál dejar para después, cuando los salarios apenas alcanzan para cubrir las necesidades más elementales.

El asunto resulta preocupante. Un litro de aceite alcanza los 4.000 pesos, un huevo 200 y un litro de leche de vaca se comercializa en torno a los 250 pesos. Se trata de productos básicos, no de artículos de lujo. Sin embargo, sus precios los han convertido en bienes prácticamente inaccesibles para una amplia parte de la población.

La comparación con los ingresos permite dimensionar la gravedad del problema. Si el salario mínimo mensual en Cuba, desde 1 de julio de 2026,  es de 3.210 pesos, comprar un litro de aceite representa gastar más que todo el ingreso de un trabajador durante un mes.

En esas condiciones, resulta imposible hablar de alimentación equilibrada, planificación familiar o estabilidad económica. El salario deja de ser una herramienta para vivir y se transforma apenas en un recurso para intentar sobrevivir. Lo esencial se convierte en un lujo, aseguran muchos coterráneos.

A esta realidad se suma la permanente deformación de los precios. Lo que hoy se vende a determinado valor puede costar mucho más al día siguiente. En el mercado informal, la incertidumbre se ha vuelto parte de la vida cotidiana: los consumidores no saben cuánto tendrán que pagar mañana ni si encontrarán el producto que buscan. Esta inestabilidad dificulta cualquier presupuesto familiar y golpea con mayor fuerza a jubilados, trabajadores estatales y personas que dependen exclusivamente de ingresos fijos.

Detrás de las alzas confluyen diversos factores: la escasez de mercancías, la depreciación del peso cubano, los elevados costos de transporte, las dificultades para importar y la limitada producción nacional, fuertemente impactada por el genocida bloqueo norteamericano impuesto por más de 60 años.

También influye la existencia de un mercado informal que, ante la falta de oferta, fija precios sin relación con los salarios reales de la mayoría. Cuando un producto escasea, su valor aumenta; cuando vuelve a aparecer, lo hace a un precio que pocas familias pueden pagar.

La reforma monetaria impulsada por el Estado cubano en el marco de la llamada Tarea Ordenamiento, iniciada en enero de  2021, buscó eliminar el peso convertible, conocido como CUC, aumentar salarios y pensiones y corregir distorsiones acumuladas durante años. No obstante, el incremento de los precios terminó absorbiendo buena parte de esas mejoras nominales. En la práctica, muchas personas reciben más pesos, pero pueden comprar menos con ellos.

Ese es uno de los aspectos más dolorosos de la crisis: los ingresos aumentan sobre el papel, mientras el poder adquisitivo se reduce en la vida diaria. Una pensión o un salario pueden parecer mayores en términos numéricos, pero pierden valor frente a una inflación que avanza sin tregua. El resultado es una población obligada a recortar alimentos, depender de remesas, acudir a familiares en el exterior o buscar ingresos adicionales en actividades informales.

La situación también modifica los hábitos de consumo. Las familias sustituyen productos, reducen cantidades y abandonan alimentos que antes formaban parte de la dieta cotidiana. El aceite, los huevos, la leche, la carne y otros productos esenciales dejan de comprarse con regularidad.

No se trata únicamente de una dificultad económica: la reducción sostenida del consumo puede tener consecuencias en la nutrición, la salud y la calidad de vida, especialmente entre niños, ancianos y personas con enfermedades crónicas.

El problema no puede resolverse únicamente mediante controles administrativos o límites temporales a los precios. Mientras persistan la escasez, la baja producción, la falta de divisas y la pérdida de confianza en la moneda nacional, cualquier medida aislada tendrá un efecto limitado. Se necesitan políticas capaces de recuperar la producción, estimular la oferta, proteger los salarios y garantizar que los ingresos crezcan por encima de los precios.

La comparación entre salarios y alimentos resume la magnitud de la crisis. Cuando un litro de aceite cuesta más que el salario mínimo mensual, no estamos ante un simple aumento de precios, sino ante una ruptura profunda entre los ingresos de la población y el costo de la vida.

Me detengo entonces frente a los abusivos precios de un mercado cercano, acabo de cobrar la jubilación, apenas he comprado y mis bolsillos están agotados. Recuerdo entonces la novela Bertillón 166 del santiaguero José Soler Puig:

“El sordo entregó el periódico al gordo. Se volvió a su puesto, en la escalinata. Por la calle, pasaba la gente con la misma cara seria, la misma angustia. ¡HASTA CUÁNDO SEÑOR! ”.

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