Teatro Manzanillo: entre luces, zarzuelas y aplausos

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Por Luis Carlos Frómeta Agüero | 14 septiembre, 2026 |
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Fotos Cortesia institucional

El florecimiento cultural  del siglo XIX dejó al pasar varias huellas, entre ellas el Teatro Manzanillo inaugurado  el 14 de septiembre de 1856, con la comedia en cuatro actos El arte de hacer fortuna, del dramaturgo español Tomás Rodríguez Díaz y Rubí, cuyo director de escena  fue el Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes.

La idea de construir un lugar dedicado a las artes escénicas surgió en un momento de particular efervescencia para la ciudad, coincidiendo con la llegada de Céspedes a la localidad. La iniciativa de aportar una contribución económica para levantar un teatro que animara la vida social encontró eco entre los habitantes, conscientes de que una  villa en crecimiento necesitaba también un espacio para el encuentro, la música, la palabra y la imaginación.

El edificio resultante respondía a los gustos arquitectónicos de su tiempo. De corte neoclásico y con elementos renacentistas inspirados en el arte italiano, el teatro fue concebido como un espacio elegante y solemne.

Su planta en forma de herradura favorecía la visibilidad y la acústica, mientras que los detalles ornamentales le otorgaban una atmósfera de distinción. Los frescos de sus paredes, los balcones y el terciopelo rojo fueron componiendo, con el paso de los años y las sucesivas remodelaciones, un escenario de apariencia casi irreal.

Entrar al referido coliseo es, todavía, realizar un viaje hacia otra época. Hay en sus paredes una silenciosa acumulación de historias: conversaciones de espectadores, ecos de orquestas, voces de actores, risas, aplausos y también momentos de recogimiento. Cada rincón parece conservar algo de quienes, durante más de un siglo, acudieron allí en busca de una noche diferente.

En los primeros años posteriores a la inauguración, la actividad fue intensa. Por su escenario desfilaron algunas de las compañías teatrales más importantes del país y se presentaron reconocidos artistas de la música instrumental y operística. La localidad, vinculada a las rutas comerciales y marítimas del oriente cubano, recibía visitantes, compañías y repertorios diversos. El teatro se convirtió así en una ventana abierta a las tendencias artísticas que circulaban por Cuba y por otras regiones.

Entre las presentaciones que dejaron huella se encuentra la de la Compañía de Teatro Española, que llevó a escena una zarzuela. Para muchos espectadores cubanos, aquel género, mezcla de música, diálogo y representación teatral, constituía una novedad. La función debió de ser, además de un acontecimiento artístico, una experiencia de descubrimiento para un público poco familiarizado con aquella combinación de melodía y drama.

Afamados artistas y compañías desfilaron desde entonces por su escenario: El Ballet de la Opera de París, Los Niños Cantores de Viena, Alicia Alonso e Igor Yuskevich , Ernesto Lecuona, Isaac Nicola, el Ballet de Camagüey, Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Manuel Navarro Luna, Capablanca, Arquímedes Pous, Enrique Arredondo,  Pedrito Rico…

Con el paso de los años, la institución no se limitó a reproducir los gustos de las élites ni a ofrecer únicamente espectáculos de entretenimiento. Su escenario fue reflejando las preocupaciones de la sociedad. Después de 1926, la actividad teatral se incrementó notablemente. Llegaron prácticamente todas las compañías criollas de importancia, muchas de las cuales utilizaban sus obras como forma de crítica y protesta política.

En tiempos de tensiones sociales y profundas desigualdades, el teatro se transformó en un espacio de debate. Detrás de la comedia, el drama o la sátira, el público podía reconocer las contradicciones del régimen imperante. Los actores decían desde el escenario aquello que en otros lugares resultaba difícil expresar. La risa, en ese contexto, convertía  en una forma de resistencia, y los aplausos, en una manera colectiva de tomar posición.

También el cine encontró allí refugio. Primero llegaron las funciones silentes, acompañadas en ocasiones por música en vivo; luego, las películas parlantes conquistaron la atención de los manzanilleros, entre ellos los mejores files mexicanos. El teatro se adaptó a aquella nueva forma de espectáculo y se convirtió en punto de reunión para quienes deseaban conocer las imágenes en movimiento, una de las grandes novedades culturales de la época.

La programación continuó enriqueciéndose con la presencia de compañías españolas dedicadas al drama y la comedia. A ellas se sumaron espectáculos de magia, conferencias, recitales y solos de declamación. Durante muchos años funcionó como una verdadera casa de cultura, mucho antes de que esa expresión se hiciera habitual.

El edificio, sin embargo, no permaneció idéntico a lo largo del tiempo. Las restauraciones fueron necesarias para conservar su estructura y devolverle parte de su antiguo esplendor. La intervención realizada en 2002 permitió recuperar elementos esenciales de su arquitectura y garantizar la continuidad de su uso. Gracias a esa restauración, el teatro pudo seguir siendo un espacio activo, conectado con el presente sin perder la memoria de sus orígenes.

En años recientes, su escenario ha recibido agrupaciones de reconocido prestigio, entre ellas el Ballet de Camagüey, Danza Contemporánea de Cuba, La Colmenita…. capaz de dialogar con las nuevas formas de creación escénica y de seguir convocando a públicos diversos.

El Teatro Manzanillo permanece como uno de los símbolos culturales más importantes de la ciudad. Su arquitectura guarda la huella de la época colonial; su escenario, la memoria artística y política de varias generaciones; y sus butacas, el recuerdo de un público que aprendió a reunirse allí para emocionarse, pensar y soñar.

Fotos Cortesia institucional

 

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