
El Secretario de Estado de Estados Unidos, quien es católico, se reunirá esta semana con el Papa León XIV. Es también hijo de cubanos y ha hecho carrera política resaltando ese vínculo lejano con el país de origen de sus padres.
Se supone que los seguidores de la fe católica hablen con sinceridad cuando estén ante el Sumo Pontífice.
¿Mencionará Marco Rubio la guerra de castigo colectivo que él dice encabezar contra el pueblo cubano? ¿Alegará que ignora el daño humano que provoca? ¿Confesará que ha sido él personalmente impulsor y articulador de medidas que atrasan tecnológicamente el sistema de salud cubano, privan al país de acceso a combustibles, limitan la producción de alimentos, impiden el acceso a financiamientos y obstaculizan las fuentes de ingresos que necesita la economía cubana para funcionar?
¿Explicará con honestidad sus esfuerzos personales en presionar a gobiernos de países subdesarrollados para que renuncien a los programas de cooperación médica con Cuba y priven de ese modo a decenas o cientos de miles de personas del acceso a servicios de salud?
¿Aducirá que él no es responsable de tales atropellos, sino que cumple órdenes de un jefe exigente y protege su futura carrera política?
Es evidente que no se divulgará el contenido exacto del encuentro y nunca se sabrá si hubo sinceridad cristiana en el diálogo.
