
Para muchos siempre resultó una gran incógnita, un enigma, el hecho de que el Comandante en Jefe Fidel Castro hubiese aceptado la invitación de Oswaldo Guayasamín para un encuentro, luego repetido otras veces, lienzo por medio.
La de ellos fue inobjetablemente una amistad a primera vista, que echó raíces en lo profundo de la tierra.
En un período de 35 años, entre el inicial y último de los cuadros, ambas personalidades cimentaron una relación a largo plazo, solo interrumpida por la muerte del retratista el 10 de marzo de 1999.
Posó el líder cubano para el pintor en cuatro oportunidades: 1961, 1981, 1986 y 1996.

El primero de esos intercambios transcurrió en la sede del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), en la noche del sábado 6 de mayo de 1961. Esa pieza pionera, luego de exhibida en la Embajada de Ecuador en La Habana, desapareció sin dejar huellas. Sólo quedan testimonios fotográficos. Se supone engrose alguna colección privada.
Para la aparición de la segunda entrega hubo que esperar 20 años. Fue en 1981, en la propia capital cubana, donde tras otro lustro nació la tercera.
Al paso de una década se reeditó la experiencia, ahora en ocasión de los 70 años de Fidel, de nuevo en la capital.
Las imágenes de 1981 y 1996 pertenecen a la Fundación Guayasamín, en tanto la correspondiente a 1986 engrosa los fondos de la Fundación de la Naturaleza y el Hombre Antonio Núñez Jiménez.
Excepto la desaparecida, las restantes piezas se conservan y formaron parte del centenar de originales de tan especial embajador del país andino, las cuales integraron la exposición Un abrazo de Guayasamín para Fidel, cuya inauguración ocurrió el 13 de agosto del 2006, en el Museo Nacional de Bellas Artes.
Esa iniciativa, junto al concierto titulado Todas las voces todas y un Coloquio, en el Palacio de Convenciones, también en La Habana, constituyeron el homenaje cultural preparado por la Fundación que lleva el nombre del llamado Pintor de Iberoamérica, en ocasión entonces de los ocho decenios de existencia fructífera del Presidente de Cuba.
La prensa recogió en aquella fecha estas palabras: “Ahora que el Comandante cumple 80 años no podemos estar ausentes, porque mi padre no lo perdonaría”, así lo ratificó en ese momento Pablo, uno de los hijos del ya fallecido artista quiteño y quien presidia dicha ONG.

SENTIMIENTO DE FAMILIA
Con tal determinación, esa familia solo daba continuidad a los deseos de Oswaldo, quien le celebró a su hermano de la mayor de las Antillas los onomásticos 62 en 1988, en Quito, y 70, en 1996, en La Habana.
Dada la persistencia del autor de más de tres mil retratos por plasmar la figura del legendario luchador del Moncada, de la Sierra Maestra, del Granma y otras tantas batallas, emergió una entrañable amistad y las muestras que para la posteridad reflejan su visión pictórica sobre Fidel Castro.
Sin dudas, al posar para Guayasamín, el mandatario reconoció también el talento del pintor indígena.
Cada uno explicó por sí mismo cuáles fueron los lazos comunicantes de tal identificación de pareceres.
“Cuando pinto a Fidel -dijo el artista- siento como si Bolívar o Rumiñahui me hubieran convocado. Pero también siento que estoy pintando el futuro.
Tiene muchas facetas y cada una merece un retrato: su ternura, su memoria, sus conocimientos, su oratoria, su firmeza, su fe en los pueblos, sus principios, su generosidad, su dignidad… tendré que pintarlo 20, 30 veces para captar cada una de sus maneras profundas de ser…”, confesó el auténtico representante iberoamericano.

GLADIADOR DE LA DIGNIDAD
Mientras, para el líder revolucionario, Guayasamín “era un genio de las artes plásticas, un gladiador de la dignidad humana y un profeta del porvenir”, como lo calificó durante la inauguración de su obra cumbre la Capilla del Hombre, en la capital ecuatoriana, en noviembre del 2002.
“Recuerdo, narró entonces, aquella vez muy al principio de la Revolución cubana, cuando, en medio de agitados días, un hombre de rostro indígena, tenaz e inquieto, ya conocido y admirado por muchos de nuestros intelectuales, quiso hacerme un retrato.
Por primera vez me vi sometido a la torturante tarea. Tenía que estar de pie y quieto, tal como me indicaban. No sabía si duraría una hora o un siglo.
Nunca vi a alguien moverse a tal velocidad, mezclar pinturas que venían en tubos de aluminio como pasta de dientes, revolver, añadir líquidos, mirar persistente con ojos de águila, dar brochazos a diestra y siniestra sobre un lienzo en lo que dura un relámpago, y volver sus ojos sobre el asombrado objeto viviente de su febril actividad, respirando fuerte como un atleta sobre la pista en una carrera de velocidad.
Al final, observaba lo que salía de todo aquello. No era yo. Era lo que él deseaba que fuera, tal como quería verme: una mezcla de Quijote con rasgos de personajes famosos de las guerras independentistas de Bolívar.
Con el precedente de la fama que ya entonces gozaba el pintor, no me atrevía a pronunciar una palabra (…) Estaba nada menos que en presencia de un gran maestro y una persona excepcional, que después conocería con creciente admiración y profundo afecto: Oswaldo Guayasamín”.
Conforme entonces, muchos todavía no se explicaban cómo hubo varios encuentros lienzo por medio, entre ambos titanes, ahora tampoco comprenden porqué la descendencia del prominente y galardonado creador promovió los festejos por los 80 años.
Estudiante universitario en Cuba, su nieto, Santiago Guayasamín, se encargó de despejar las dudas: “Nos mueve un sentimiento de familia, es como hacerle el cumpleaños a un hermano. Es el homenaje de un hermano a otro hermano. Es el amor de una familia hacia un ser humano maravilloso como es él”.
Guayasamín siempre se creyó un privilegiado por estar tan cerca de una de las más grandes figuras de la política dentro y fuera de las fronteras de su nación.
Pero el Comandante también se sabía privilegiado: fue inspiración de un gigante de las artes. Esos retratos forman parte ya del gran acervo artístico de un continente.
Ahora que se acerca el onomástico número 100 del querido Jefe rebelde se recuerdan aquellos vínculos entre un estadista y un maestro del pincel, ambas figuras auténticas, las cuales ubicaron a la región en el mapa mundial.
