
El río aún no había desbordado cuando de repente una masa de agua sucia se precipitó con furia imparable. Caseríos enteros quedaron sepultados bajo el agua, como víctimas silenciosas de un desastre anunciado.
Nadie pudo imaginar que el “Flora”, sexto ciclón de 1963, dejaría tras de sí una estela de muerte, pérdidas materiales incalculables, relatos desgarradores y profundas enseñanzas para nuestro pueblo.
El municipio de Río Cauto no escapó a esta tragedia. El 5 de octubre, cuando Flora descargó toda su furia en la desembocadura del río Cauto, bloqueando su paso hacia el mar, el desastre se desató con brutalidad. Las lluvias torrenciales, que duraron más de 120 horas ininterrumpidas, elevaron las aguas a niveles nunca antes vistos, extendiéndose hasta 20 kilómetros más allá de su cauce habitual.
En medio de la desesperación, la normalidad se rompió: los camiones dejaron paso a los tractores, que a su vez cedieron a los botes, y finalmente fueron sustituidos por helicópteros de las Fuerzas Aéreas Revolucionarias que volaban incansables, rescatando a centenares de familias atrapadas en los techos de sus casas o aferradas a las copas de los árboles.
Mientras la naturaleza desataba su furia, Fidel cambió su traje de gala por el uniforme verde olivo. En su empeño por ayudar, el carro anfibio que lo trasladaba se hundió, a punto de provocar una tragedia mayor si no fuera por la rápida acción de campesinos y soldados que lo salvaron de la muerte segura.
Cuando las aguas comenzaron a retirarse, quedó al descubierto una escena dantesca: casas destruidas o semi destruidas, cuerpos sin vida dispersos por doquier, cosechas arrasadas, animales domésticos exterminados y un barro pestilente que cubría casi un metro de altura el interior de las viviendas aún en pie.
La penetrante pestilencia se mezclaba con la visión de personas atrapadas y clavadas en cercas, mientras vecinos lloraban y enterraban a sus muertos, muchas veces en el mismo sitio donde fueron hallados, otros buscaban desesperadamente a familiares desaparecidos.
A pesar de los esfuerzos titánicos emprendidos, alrededor de 750 vidas se perdieron en la zona del Cauto. El país entero sentía el peso de daños materiales valorados en cientos de millones de pesos, devastación que parecía insuperable.
En medio de aquella catástrofe estaba Fidel, compartiendo el dolor de su gente, asumiendo riesgos, tomando decisiones. Y como suele ocurrir, entre quienes dudaban surgió un rumor: “Nuevamente el miedo le cogió miedo a Fidel”.
Solo cuatro días después del huracán, el 12 de octubre, con voz firme y decidida, sentenció:
“Nuestro pueblo se levantará de ese duro revés. Reconstruiremos todo lo destruido, y lo haremos mucho mejor. El país se levantará con mayor fuerza y pujanza. El dolor de uno es el dolor de todos, las pérdidas de uno son las pérdidas de todos”.
La amarga experiencia del Flora se transformó en un símbolo de resistencia y victoria. Dos años más tarde, el 12 de octubre de 1965, por indicación de Fidel, se inauguró el Instituto de Meteorología, y en julio de 1966 se estableció el Sistema de Defensa Civil, marcando el camino hacia la recuperación.
Por su parte Río Cauto retomó su curso, como testimonio vivo del espíritu indomable de un pueblo y su líder.
