Carlos Manuel de Céspedes: El padre de todos los cubanos

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Por Gislania Tamayo Cedeño | 23 febrero, 2016 |
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Carlos M. de Céspedes(…) por la libertad e independencia de mi patria sacrificaré toda mi vida, sin que haya ninguna circunstancia por difícil y aflictiva que sea, capaz de alterar esa inquebrantable voluntad (…)”

Así escribe Carlos Manuel de Céspedes en julio de 1871 a Ramón Martínez ratificando su posición de darlo todo por Cuba.

Había nacido en la villa de Bayamo el 19 de abril de 1819, hijo de padre bayamés y madre camagüeyana. Desde muy niño sintió el despotismo con que se gobernaba la Isla y las injusticias sociales que la hundían en el abismo de la dependencia al yugo colonialista, esas razones lo llevarían a emprender su ardua lucha contra España para crear una sociedad democrática y justa.

En febrero de 1842 obtuvo el título de abogado y en espera de que fuera legalizado comenzó un viaje por varios países europeos ampliando su horizonte cultural y político.

Fue el primer cubano que se levantó contra el poder colonial español al crear un movimiento revolucionario para la lucha por la independencia.

Su presencia se impone allí, en El ingenio La Demajagua situado a pocas leguas de Manzanillo en el Oriente cubano, iza su bandera y da lectura al Manifiesto de Independencia que inicia aquel 10 de octubre de 1868 la llamada Guerra de los Diez Años.

En aquel Manifiesto proclama: “Ciudadanos: hasta este momento habéis sido esclavos míos. Desde ahora sois tan libres como yo. Cuba necesita de todos sus hijos para conquistar su libertad e independencia: los que me quieran seguir que me sigan: los que se quieran quedar que se queden, todos serán tan libres como los demás.”

Es considerado por España peligroso y perturbador, además un destacado separatista que por defender sus principios sufre prisiones y destierros.

Es el hombre idóneo para encabezar aquella guerra que en las horas decisivas recibió el respaldo de hacendados, medianos y pequeños propietarios de tierras, trabajadores urbanos y rurales y esclavos liberados o en rebelión.

En Yara fue su primer revés, y ante uno de sus partidarios que se quejaba de tan infortunada suerte porque todo se había perdido, Céspedes se alzó sobre los estribos de su corcel y contestó:

“¡Aún quedamos doce hombres. Bastan para hacer la independencia de Cuba!”

No en balde en su Manifiesto del Diez de Octubre, el Padre de la Patria afirma: “No nos extravían rencores ni nos halagan ambiciones: solo queremos ser libres e iguales como hizo el Creador a todos los hombres.”

Céspedes tenía una vasta preparación cultural y política, había estudiado Filosofía en la Universidad de la Habana y graduado como abogado en España, dominaba cuatro idiomas.

Conoce de envidias y resquemores, pero ama demasiado a Cuba por encima de todo. En diciembre de 1870, le escribe a su esposa Ana de Quesada, ante la sospecha, que es casi una realidad, de que la Cámara de Representantes se propone deponerle:

“Si se comete semejante violencia, por mi nunca habrá perturbaciones y cualquiera que sea la ilegalidad del acto, me someteré y dejaré la Isla para seguir en el extranjero trabajando por el triunfo de la revolución (…)

Sin embargo duras y amargas situaciones le deparaba el destino; pero su entereza y valor fueron probadas cuando su hijo Oscar fue hecho prisionero, suceso que utilizó Caballero de Rodas para tratar de que Céspedes depusiera las armas a cambio de respetar la vida del joven.

Pero el amor a la Patria, el decoro y el respeto a su pueblo hicieron que se negara rotundamente.

Estas fueron sus palabras: “Oscar no es mi único hijo; yo soy el padre de todos los cubanos que han muerto por la Revolución”.

Carlos Manuel de Céspedes llamado “hombre de mármol” al final fue abandonado sin guardia alguna en la Sierra Maestra, no le permitieron ni siquiera viajar a Estados Unidos a ver a su esposa e hijos.

En un bohío de San Lorenzo, paraje intrincado de la Sierra Maestra, dedicado a enseñar a leer y a escribir a los niños campesinos de la comarca, el 27 de febrero de 1874, Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo, sorprendido por hombres del Batallón San Quintín, cayó por un barranco y fue muerto a balazos.

El ilustre veterano de la guerra de 1868 y 1895 Enrique Collazo citó: “Así fue como a los 55 años, murió el primero de los cubanos que consiguió dar a su país y a sus paisanos patria y honra.”

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