Males que padeció el Padre

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Por Geidis Arias Peña | 22 abril, 2019 |
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Los campos cubanos no solo se entintaron con la sangre del combate, también se tiñeron mustios de cadáveres calcinados por las epidemias propagadas.

Familias enteras se extinguieron al vagar de un lugar a otro para evitar ser capturados y padecieron una de las más duras enfermedades, como el cólera, y otras se apagaban o mal lograban subsistir en la extrema miseria.

Apellidos de la talla de Figueredo, Aguilera, Céspedes, Quesada, entre otros tantos adinerados también sufrieron en el bregar las inclemencias del tiempo, y la escasez de recursos para atender a los azotados.

Cuenta Jame O´Kelly en su libro La tierra del mambí que sería imposible calcular con seguridad la pérdida de los cubanos, durante esos días de luto y desolación, pero en medio de tan terrible epidemia y tantas escenas de muerte, ninguno de aquellos héroes pensaba rendirse.

Para hombres como Carlos Manuel de Céspedes, tales contingencias, unidas a la edad (54), y las paupérrimas condiciones en su bohío de San Lorenzo, le hicieron padecer afecciones, que lo mantuvieron en cama por varios días con pésimo estado anímico y físico.

En sus diarios y cartas, el patricio señala entre los padecimientos más recurrentes dificultades oculares, a causa de lecturas o escrituras prolongadas, que le provocaban fatiga visual o astenopia.

Además de estas manifestaciones pueden asociarse otras como dolores en la espalda, cervical, hombros y brazos, ansiedad y depresión.

Wilkie Delgado Correa señala en el texto Carlos Manuel de Céspedes en las horas de gloria, dolor y enfermedad, que casi seguro el bayamés padecía de conjuntivitis, queratitis y presbicia, imposibilidad de ver con claridad los objetos próximos y distantes.

En el orden neurológico enfrentó fuertes dolores de cabeza por migraña, en muchas ocasiones derivadas del estrés, situaciones ambientales, entre otras causas.

Ante lo cual Céspedes considera una razón insoslayable la poca calidad de los alimentos; y estudios realizados corroboran además olores fuertes, sonidos chirriantes, ingestión de algunas bebidas, omitir comida, y violar los horarios de alimentación.

“…se me cortó el cuerpo y siguiéndome la imposición, degeneró una fuerte jaqueca con vómito que me duró bien entrada la noche…”, escribe el insurgente que en 37 ocasiones narra episodios similares.

Él sobrellevó frecuentemente el insomnio, relacionado con su estado anímico y preocupaciones constantes, que le hacían “pensar y calentarse la cabeza”.

Mientras, lidió con el paludismo, que durante la guerra constituyó una epidemia, que combatía con remedios naturales, en unas 43 veces hace alusión a la enfermedad y en algunas oportunidades aborda quienes lo padecen en el entorno.

En la precariedad de la manigua eran habituales trastornos digestivos, de los cuales tampoco salió ileso el emancipador, quien narra: “Hace días que estoy malo del estómago: tomé para remedio café amargo…”, lo que le provocó en su momento afecciones bucales.

También refleja la presencia de una hernia, crisis de catarro y lesiones en manos, piernas, dislocación del brazo, lastimadura de testículo, y más, que de manera accidental sufrió al trasladarse por paisajes inhóspitos.

“Un día, en una ladera, debilitado mi caballo… cayó sobre mi pierna izquierda, trató de levantarse y me vino encima muchas veces. Aquel día, transitando por una vereda estrechísima,… se me tiró encima y agarró la manga y el dedo anular de la mano izquierda, de cuyo brazo sabes que soy lisiado”.

Pese a los males anidados en sus últimos días, el hombre de mármol, que creció fuerte y saludable, se mantuvo incólume, capaz de desafiar hasta las adversidades y enfrentar el enemigo.

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