Armando Hart: el hombre que no se daba en el pecho

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Por Osviel Castro Medel | 13 junio, 2026 |
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Uno lo imagina en su casa del Vedado, rodeado de libros, subrayando con aparente calma, en una hoja, algún pasaje de José Martí.

Esa imagen llega porque Armando Hart Dávalos parecía tener tiempo para lo grande y lo pequeño, pero especialmente para el Héroe Nacional, a quien estudió al detalle y con una pasión imposible de describir.

Una de sus más hermosas obsesiones fue ese diálogo entre generaciones que algunos no entendieron. Para él, el proyecto de país que se empezó a construir en 1959 no podía entenderse como un testamento que los viejos le dejan a los jóvenes, sino como una conversación que nunca debe terminar.

Hubo quienes lo acusaron de ingenuo, de confiar demasiado en una generación que no había vivido la clandestinidad ni la guerra en la Sierra, ni la Crisis de Octubre; pero no les hizo caso. Sabía que la confianza no se regala, se siembra.

Hart, un habanero nacido el 13 de junio de 1930, miraba a los ojos de los jóvenes y les comentaba que ellos eran el único relevo posible. A una edad a la que muchos se hubieran retirado, él conversaba, escribía, no se cansaba de hablar del ejemplo tremendo del Maestro.

Muchos años antes, al frente del Ministerio de Educación, el primero designado después de 1959, encabezó la Campaña de Alfabetización, reconocida como la más vasta y eficaz llevada a cabo en América Latina. Un millón de cubanos aprendieron a leer y escribir en aquellos años, y detrás de esa proeza estaba un hombre que entendía que la verdadera independencia comienza por la palabra.

Entonces recorrió el país, se sentó en los pupitres improvisados, habló con los maestros voluntarios que bajaron de la ciudad al campo con un manual bajo el brazo y el corazón en un puño. La Campaña no fue solo un logro estadístico, fue también una epopeya cultural que cambió para siempre la conciencia del país.

Luego estuvo más de veinte años como ministro de Cultura. Desde ese puesto, en el que se mantuvo hasta 1997, no se dedicó a firmar decretos, sino a entender y a fundar. Habló con escritores, discutió con músicos, se sentó en las universidades a escuchar a los estudiantes que veían en la cultura algo más que el arte. Creó las Casas de Cultura, articuló la red de enseñanza artística que llevó la creación a cada rincón del país.

Después, desde la Oficina del Programa Martiano, se dedicó con devoción a la difusión de la vida y obra de José Martí en Cuba y en el extranjero. Creó la Sociedad Cultural José Martí para enaltecer la vida y la obra del Héroe de Dos Ríos. Desde allí nos dijo que el Héroe Nacional  era un hombre incómodo, que sigue haciendo preguntas y todavía algunas no las  hemos sabido responder.

La extensa obra escrita de Hart —publicada en Perfiles, Aldabonazo, Poner en orden las ideas— es hoy referencia obligada para quien quiera entender el pensamiento cubano del siglo XX.

En cualquier caso, tendríamos que concluir que detrás de cada uno de sus cargos había una historia de sacrificio que rara vez contaba, porque la reserva era en él una virtud ejercitada hasta el extremo. Rara vez hablaba de sus años en el presidio político, adonde fue a parar por sus ideas. Rara vez hablaba de sus luchas como miembro de la Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio, organización que ayudó a fundar y en la que militó en la clandestinidad. Tampoco  hablaba dándose en el pecho de su participación en los preparativos del alzamiento del 30 de noviembre de 1956, aquella acción que debía coincidir con el desembarco del Granma y que, aunque no salió como estaba planeada, demostró la voluntad de fuego de toda una generación.

La muerte lo alcanzó el 26 de noviembre de 2017. No hubo, a la sazón, un enorme funeral, como él prefirió. Porque Armando Hart nunca necesitó que una multitud lo despidiera para sentirse importante.

Hoy, en el aniversario de su nacimiento, uno se pregunta qué hablaría con los jóvenes de este 2026. Seguramente les diría que la cultura no es un lujo, sino el único camino posible. Que la ética sin memoria es una jaula, y que la memoria sin diálogo no conduce a nada. Les diría que lean y sobre todo que nunca dejen de pensar.

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