
En la antigua Roma, donde los senadores discutían por deporte y los gladiadores afinaban sus músculos para la arena, había un hombre capaz de acaparar más atención que un león con hambre vieja: Claudio Constantino, auto llamado El pregonero en verso.
Algo así como el “influencer” del Imperio, pero sin redes sociales y con más voz que un coro de centuriones. Su oficio era serio en teoría: anunciar leyes, decretos, impuestos y novedades comerciales.
En la práctica, era un espectáculo ambulante. Convertía cualquier anuncio, por más tedioso que fuera, en una función digna del Coliseo. No faltaban, por supuesto, los decretos del mismísimo Cayo Julio César, que Claudio recitaba como si fueran tragedias… o comedias, según el ánimo:
“Al amanecer de este domingo, Roma pasará de calendario lunar a solar-Proclamaba -Se prohíbe el funcionamiento de clubes y gremios no autorizados para vender azuquín, guarapín y otros “pines” no aprobados por las mipymes imperiales…“
La gente no siempre entendía el decreto, pero lo aplaudía igual.
Un día le encargaron anunciar una nueva ley de impuestos. Cualquier otro habría leído el texto con solemnidad. Claudio no. Apareció envuelto en una toga hecha de pergaminos pegados, con rimas escritas por todas partes, como si fuera una biblioteca rodante.
-Galleticas de sabores, aprovechen que se fueron los inspectores…
-Torticas de Terencio Rosa, ¿le va a comprar una a su esposa?
-¡Compro cigarros criollos y pago bien, o los cambio por aceite también!
La multitud se detenía fascinada a leer los anuncios. Unos reían, otros sospechaban, y unos pocos intentaban entender si aquello era comercio, poesía o una nueva forma de locura romana.
Claudio dominaba el arte de captar atención: gesticulaba como actor trágico, hacía piruetas de dudosa elegancia y soltaba chistes filosófico-matemáticos:
-Atención, atención… ¿saben lo que dijo un cero a otro cero?
-Compadre… no somos nada.
Silencio. Luego risas. Y sin perder el ritmo anunció:
-Vendo velas por montones, para atenuar los apagones…
-Pránganas de San Andrés, si te comes una, me compras tres…
De pronto, alguien gritó:
-¡Aguaaa… vienen los inspectores! Y Claudio, sin perder la compostura, bajó el volumen con una dignidad casi heroica:
-Agotadas las galleticas de sabores… casualmente, regresaron los inspectores…
Se decía en las tabernas que incluso los dioses del Olimpo se asomaban para escucharlo. Algunos afirmaban que Marte se reía, otros juraban que Júpiter asentía. Lo cierto es que Claudio no vendía solo productos: vendía espectáculo.
Era locutor, actor, comerciante… lo cual, en Roma, ya era una matemática sospechosa, inclinada al pluriempleo.
-Compro pomitos de perfume vacíos… -anunciaba.
-¡Mejor compra uno lleno!- le gritaban los plebeyos.
Pero Claudio seguía, inmune al público y fiel a su arte.
-Traigo veneno para guayabitas, líquidos para insectos… -y luego, elevando la voz para que lo escuchara el mismísimo César:
-¡Ave, Caesar, morituri te salutant! (¡Los que van a morir… te saludan!)
La gente compraba. Nadie sabía bien qué, pero compraba…y dicen que, años después, el Senado intentó prohibir los pregones rimados por considerarlos “peligrosamente entretenidos”. Pero ya era tarde. Claudio había demostrado una verdad imposible de legislar.
