
En un aula manzanillera, donde la historia no es pasado sino pulso vivo, Miriam Leonor Brito Pérez habla con la serenidad de quien ha hecho de la enseñanza una forma de vida.
La profesora de Historia de duodécimo grado acumula dos décadas frente a estudiantes que, más que fechas, buscan sentido. “Me gradué en el 2005 y ya llevo 20 años de trabajo, y corre hoy el 21”, dice sin énfasis, como quien deja que los hechos hablen por sí solos.
Para ella, educar no es solo una profesión, sino una responsabilidad que se asume con orgullo. “La Historia es una asignatura importante, porque su estudio permite aferrarnos a nuestras raíces, conocer de dónde venimos, hacia dónde vamos, y lo más importante, qué vamos a defender”.
En su visión, la clase trasciende el contenido académico y se convierte en una herramienta para formar identidad, carácter y conciencia.
La profe Miriam no cree en la enseñanza fría ni distante. Su método parte de la convicción profunda de que “usted no puede hablar de lo que no sabe, no puede amar lo que no conoce y no puede convencer de lo que no está convencido”.
Insiste en que el docente “debe estar consagrado a su labor, estar seguro de su deber en el aula. No es politizar, es hacer llegar la historia con hechos, demostrar, hablar de las principales figuras, no como ídolos, sino como personas de sangre, carne y hueso”.
En un aula manzanillera, donde la historia no es pasado sino pulso vivo, Miriam Leonor Brito Pérez habla con la serenidad de quien ha hecho de la enseñanza una forma de vida.
La profesora de Historia de duodécimo grado acumula dos décadas frente a estudiantes que, más que fechas, buscan sentido. “Me gradué en el 2005 y ya llevo 20 años de trabajo, y corre hoy el 21”, dice sin énfasis, como quien deja que los hechos hablen por sí solos.
Para ella, educar no es solo una profesión, sino una responsabilidad que se asume con orgullo. “La Historia es una asignatura importante, porque su estudio permite aferrarnos a nuestras raíces, conocer de dónde venimos, hacia dónde vamos, y lo más importante, qué vamos a defender”.
En su visión, la clase trasciende el contenido académico y se convierte en una herramienta para formar identidad, carácter y conciencia.
La profe Miriam no cree en la enseñanza fría ni distante. Su método parte de la convicción profunda de que “usted no puede hablar de lo que no sabe, no puede amar lo que no conoce y no puede convencer de lo que no está convencido”.
Insiste en que el docente “debe estar consagrado a su labor, estar seguro de su deber en el aula. No es politizar, es hacer llegar la historia con hechos, demostrar, hablar de las principales figuras, no como ídolos, sino como personas de sangre, carne y hueso”.
En tiempos de carencias y limitaciones, reconoce los retos y busca caminos habituales para acercar a sus estudiantes al cuidado de la Patria. “Usted dona sangre, ayuda a un anciano, cuida su puerquito y también el del vecino, de esa manera también la defiende”.
Así precisa sus ideas sobre lo cotidiano. “Ser cubano es ser solidario, es dar los buenos días, ayudar a tu vecino, es lo que nos identifica, a pesar de nuestros defectos y virtudes”.
Frente al pizarrón, siembra esas nociones desde lo cercano. Cuando pregunta qué es amar a la patria, guía a sus estudiantes hacia una respuesta íntima: “Si no eres capaz de amar a tu familia, no puedes amar a nadie”.
Esa “patria chica”, como la llama, es el punto de partida para construir valores mayores; “Porque no se trata de convencer, sino de enseñar a los adolescentes y a los jóvenes a ser mejores personas”.
Tras 20 años de carrera, Miriam no mide su legado en estadísticas, sino en huellas humanas. “Haber formado varias generaciones es mi mayor logro”, dice. Y en ese recorrido, hay una satisfacción especial, “que te vean en la calle y te saluden, que te digan gracias; que te llamen profe, aun cuando han transcurrido los años”. Incluso aquellos estudiantes más difíciles, asegura, terminan siendo los más agradecidos.
Esta educadora que conjuga en sí entereza, rectitud, sencillez y humildad, no recurre a conceptos abstractos ni a expresiones elaboradas. Su palabra es fiel a la personalidad, a
Esta educadora que conjuga en sí entereza, rectitud, sencillez y humildad, no recurre a conceptos abstractos ni a expresiones elaboradas. Su palabra es fiel a la personalidad, a la imagen que proyecta frente a los educandos, a la historia que preserva y defiende. Es aquella que le permite definir a Cuba con una frase breve y aleccionadora: “Mi casa”.
