El Trovador Codina

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Por Luis Carlos Frómeta Agüero | 4 mayo, 2026 |
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Foto Cortesia familiar

Cuentan que en las madrugadas habaneras, cuando el sol apenas comenzaba a colarse entre las calles empedradas de la capital cubana, emergía una voz del alma misma del Guacanayabo. Era el manzanillero Joaquín Codina, más conocido en los círculos musicales como el Trovador Codina, que con cada nota y rasgueo  prendía las cuerdas tensas de su guitarra, llenando el aire de un fervor nostálgico y alegre a la vez.

El pequeño taller del lutier valenciano Ramón Borrás, adornado al fondo por evocadoras fotografías de Manolete, el legendario torero español, se convirtió, para Codina, en uno de sus recodos predilectos, un refugio donde el sabor hispano se mezclaba con la esencia pura del son cubano.

Nacido junto al salitre del Guacanayabo el 2 de julio de 1907, Joaquín Codina llevó en sus entrañas el ritmo y la melodía desde muy joven. A partir de 1932, radicado en La Habana, comenzó a tomar forma su nombre en los escenarios y cabinas radiales, donde se hizo popular como el Trovador Codina.

Su voz se convirtió en un emblema que resonaba en los clubes nocturnos y en las emisoras locales, llevando el cancionero tradicional cubano desde la guapería callejera hasta el sofisticado ambiente de la ciudad.

Lo que distinguió a Codina fue no solo su talento vocal sino su innovador acercamiento a la guitarra. Rompiendo con la tradición de los dúos dominantes en la música popular cubana de la época, impuso el estilo de solista autoacompañado, una modalidad que le otorgaba mayor libertad expresiva y le permitía conectar de manera íntima con la audiencia.

Su técnica única consistía en tejer armonías con las cuerdas más agudas mientras los bordones sostenían la melodía principal, creando un entramado sonoro complejo que enriquecía cada bolero o canción romántica que interpretaba.

Sus grabaciones para la casa discográfica Gema a finales de los años cincuenta, unas veinticinco canciones recogidas en dos discos de larga duración, son hoy un legado  que testimonia su contribución a la música cubana.

Codina fue pionero en la utilización de armonías más nutridas, con acordes agrandados que añadían profundidad y color a la estructura tradicional de la canción romántica de los años treinta, dando un paso adelante en la evolución del género.

La Habana lo vio partir el 4 de mayo de 1975, a la edad de 67 años, pero dejó tras de sí un legado imborrable que aún resuena en las esquinas de su ciudad adoptiva y en el corazón de aquellos que saben apreciar la trova auténtica.

El Trovador Codina no fue solo un cantante ni un guitarrista; fue un artesano del sentimiento, un constructor de puentes entre la tradición y la innovación, un hombre que supo encapsular en sus acordes la esencia misma de Cuba.

 

 

 

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